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La vecindad, en la calle Peñón 78, en el barrio viejo de Tepito, permanece sin vigilancia especial.Foto: Raúl Tortolero
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19-Febrero-2008

“Uno quiere a los hijos, hagan lo que hagan”

Raúl Tortolero

La tarde de ayer, la mamá de la víctima de la explosión del viernes se enteró, en charla con Excélsior, de que su hija había pasado de ser testigo a indiciada, por su posible participación en los hechos en avenida Chapultepec. La noticia la consternó, pero sostuvo la inocencia de Tania, a quien, dice, le están levantando falsos

Sentada en el filo de la banqueta del oscuro estacionamiento del Hospital Rubén Leñero, LuchaLuz María Muñoz— aguardaba cualquier noticia sobre la salud de su hija Tania Vázquez Muñoz —quien resultó con quemaduras y lesiones luego de la explosión de un artefacto el pasado viernes en avenida Chapultepec 346—.

Eran cerca de las 9 de la noche de este lunes 18. El estado de su hija era “grave, pero estable”. Sin embargo, había algo que le preocupaba igual, o más aún, que la salud de Tania: la posibilidad de que no sólo estuviera ahí como víctima, sino como detenida.

Lucha, como es conocida en el barrio, hacía tiempo hablando por su viejo celular. Pasaría ahí la noche entera, como las tres anteriores, montando guardia por lo que se ofreciera. Envuelta ahora en su sleeping bag negro, vestida con su chaleco azul, playera de rayas horizontales, de colores, chamarra negra, pelo largo teñido de castaño medio, agarrado atrás en una cola. Sus ojos claros intentaban no mostrar emociones a la prensa.

Al platicar largo con ella, se adivinaba que le habían aconsejado no decir una sola palabra que pudiera ser usada en su contra, o aun como pista.

Cuando la abordamos, dentro del hospital, donde estuvimos con ella un par de horas, se mostró renuente. Dijo que los medios estaban inventando muchas mentiras sobre su hija sin primero haber investigado. Que le estaban destruyendo la buena fama. Que Tania no es terrorista, ni narcotraficante. Sólo una buena mujer que trabaja. Que hasta la querían relacionar con “Los Guzmán”.

Me senté con ella en las sillas de espera de la sala de Urgencias y luego salimos a la banqueta. Le dije que debía decirle algo delicado. Que me habían informado por teléfono que el procurador del DF, Rodolfo Félix Cárdenas, había hecho públicas unas grabaciones de video que mostraban a Tania caminando abrazada con Juan Manuel Meza Campos, alias El Pipen. Y que con ello la condición jurídica de su hija cambiaba: ahora era “indiciada”.

Lucha rompió en lágrimas. Estaba destrozada por la noticia. Antes había reiterado estar tranquila porque, a pesar de estar gravemente herida su hija, no debía nada, y la prueba de eso era que las autoridades no la tenían en calidad de detenida.

Pero ahora todo cambiaba. Lucha se sintió descubierta, desprotegida. Pidió un momento para estar sola y siguió llorando. Sola. Porque en el hospital Rubén Leñero sólo se permite la entrada de un familiar por paciente. Habló con una señora que conoció ahí mismo, también de Tepito. Hubo solidaridad entre ellas.

Pasadas las 9 de la noche, llegó un hombre vestido de rojo, moreno, de barba canosa, en cuyos brazos Lucha se sintió reconfortada por unos minutos. Su día no había sido nada fácil.

Autoridades del hospital le habían negado hablar con su hija en el horario de visitas normal, cuando lo intentó cerca de las 6 de la tarde, en la oficina de Trabajo Social, la antesala de Terapia Intensiva, en el primer piso del nosocomio.

Ese piso, y el edificio entero estuvo copado de policías: federales, encubiertos y judiciales y azules de la capital, quienes tenían la consigna de impedir el paso a cualquier representante de la prensa.

A Lucha le preocupaba poder encontrar la credencial de elector de Tania, que se había traspapelado en alguna oficina, tal vez la del procurador, en días anteriores, ya que sin ella el estudio socioeconómico que le aplicarían para no pagar gastos hospitalarios, o pagar poco, no podía proceder.

Porque la señora Luz María Muñoz se ve una persona humilde, no usa nada ostentoso. Asegura dedicarse al hogar, vivir de lo que le daba de dinero su hija Tania.

Cuando le preguntamos qué hacía su hija en la Zona Rosa aquel explosivo viernes, responde que, como cualquiera, fue a pasear o a comer.

Pero en la charla, no desea ser grabada y no está de acuerdo con que la prensa haga su trabajo e investigue los sucesos.

Todo en su actitud indica que, tal vez en el fondo, sepa, o sospeche, que algo no anda nada bien para su hija. Sólo se defiende argumentando que su único problema es vivir en Tepito. “No tengo nada qué temer”.

—Pero Tania ya declaró al Ministerio Público que conocía al hombre a quien le explotó la bomba, ¿o no? le inquirimos.

—No, nada de eso. Está todo el tiempo sedada.

Una señora le regala el Evangelio según San Juan. Lo agradece en medio de unas 40 personas afligidas por sus familiares internados.

—Sean quienes sean nuestros hijos, no podemos abandonarlos, ¿verdad? se le comenta.

—Así es, uno quiere a los hijos, hagan lo que hagan, y nunca deja de amarlos —asiente, nerviosa. No quiere comer ni beber nada.

—¿Tienes hijos? —me pregunta. ¿Sabes qué puedan estar haciendo ahorita?

—Ni idea.

—Pues es lo mismo.

En la mañana, Excélsior estuvo en su casa, un departamento austero —el J-201— en la calle Peñón 78, en una unidad habitacional conocida como la zona rosa, porque está pintada de este color, y con azul. En el tuétano de Tepito.

Adentro hay heces fecales caninas en los pasillos y una gran estatua de la Santa Muerte. También una de la Virgen de Guadalupe.

En uno de los edificios de la vecindad el “J”vive Lucha, y un piso arriba —en el departamento J-301— vive Tania, con su hijo de seis años, que va a un jardín de niños cercano.

Está ahí Ivonne, hermana de Lucha más morena y tía de Tania, que vive en la Magdalena Contreras. Con un hijo suyo alto y bronceado. Dice que Tania estudió sólo hasta la secundaria, en la 42, y ya no siguió la prepa. Que es casada. Que vende ropa, pero, igual que Lucha, no precisa en dónde en ningún momento, en qué calle. Que es sociable. Que tiene 22 años. Que no tenía problemas con nadie. Que tiene dos hermanos hombres, uno de 12 años y otro que ya se casó.

El padre de Tania trabaja, pero Ivonne no explica en dónde ni en qué. Y suelta: “Es una reverenda estupidez que anduviera con el tipo de la bomba, porque si así hubiera sido, Tania estaría muerta”.

Eso es lo que pensaba su tía a las 2 de la tarde. Había que esperar hasta la noche para cambiar de opinión.

Finalmente, Lucha permanece ahí, húmedo su rostro por un largo llanto, sentada en la banqueta del estacionamiento.

Más allá de todo, su sufrimiento de madre le cala hondo. Explica que el amor por su hija es mayor que lo que sea.

La noche ha caído con todo su peso.

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