En el panteón Jardines del Humaya se encuentran los restos de afamados integrantes del crimen
CULIACÁN.— A los familiares de los narcos ya no les basta enterrarlos a todo lujo, sin escatimar presupuestos, ahora los quieren inmortalizar con mausoleos erigidos en su memoria.
Aquí, entre pasillos arbolados y céspedes primorosamente cortados se levantan capillas de hasta cuatro metros de altura talladas en mármol y cantera con incrustaciones de piedras preciosas, cristales templados con blindaje, hierro forjado y polvo de oro sobre diseños minimalistas, jónicos, griegos, salomónicos y barrocos.
Semejan catedrales en miniatura y en sus altares hay fotografías amplificadas hasta cinco metros con los rostros de los finados, en su mayoría, jóvenes de entre 15 y 30 años, con su cuerno de chivo en las manos o dibujan las avionetas donde solían transportar la droga.
Las fotografías cubren paredes completas de los mausoleos del panteón Jardines del Humaya, localizado a las fueras de la capital de Sinaloa, donde son sepultados los más afamados narcotraficantes de la región.
“Qué difícil es saber que ya no estás con nosotros, qué difícil es ya no escuchar tu voz, tu risa, qué difícil es no tocarte, abrazarte, qué difícil es no vivir sin ti”, reza la leyenda de la novia de un narco sin nombre.
El poema está escrito sobre la foto de un joven, no más de veinte años, impresa a color en una lona de dos por cinco metros, y por las flores, todavía frescas, no hace mucho que lo enterraron.
Jardines del Humaya fue concesionado en 1969 con el objetivo de hacer de él el camposanto local más exclusivo, y ahora, aquí, varios de los muertos de las familias Beltrán Leyva y Guzmán Loera —amigas antes, hoy rivales— comparten pasillo.
Con toda opulencia descansa ahí Lamberto Quintero y Gonzalo El Chalo Araujo, uno de los más peligrosos operadores del cártel de Sinaloa, ejecutado en 2006.
Ser parte de este mundo limpio, ordenado y colosal tiene un precio, y a últimas fechas, sólo los que mueren después de dedicar parte de su vida al narco pueden pagarlo.
Los precios por descansar a todo lujo van desde los 400 mil pesos hasta millón y medio de pesos.
Pegando en sus tumbas fotografías impresas en proporciones reales de los difuntos y escribiéndoles poemas.
En Culiacán han proliferado en los últimos años las joyerías, las florerías y las funerarias de lujo. Hay clientes de sobra con las muertes cotidianas de lugartenientes, pistoleros y vendedores de los capos.
Siete nuevas funerarias se disputan en Culiacán “el honor de atender esos servicios”. Algunas como la San Martín han abierto sucursales en otras localidades del estado, como Navolato o Mocorito.
Cuenta un empleado de una funeraria: “la orden de los familiares es que no reparemos en gastos. Quieren lo mejor, lo más caro, y de unos dos años a la fecha, ya no les basta con los arreglos florares, también solicitan mantas con poemas y fotografías a tamaño real”.
“Escogen las mejores flores, en cantidad exagerada, muchas veces nos solicitan en su mayoría rosas rojas y alcatraces”, relata el empleado.
El gasto del funeral sube si la familia quiere música. Contratan una tambora para que toquen durante el trayecto a sepultarlo y al pie de la tumba.
Al momento de pagar los deudos del difunto muestran generosidad. Nosotros les cobramos “3 mil 500 pesos la hora, pero ellos cuando nos pagan nos dan hasta 15 mil pesos por cada hora”, según cuenta un músico.
A veces, dice, han tocado hasta 10 horas seguidas en la procesión hasta la tumba.
Considerado un puente estratégico para el paso de la droga y territorio donde nacieron los jefes de los principales cárteles del país, Sinaloa es uno de los estados que contribuye a que México ocupe el quinto lugar por asesinatos en el mundo, de acuerdo al último estudio de tendencias criminales mundiales, de la Oficina de Drogas y Crimen de la Organización de las Naciones Unidas (ONU).
Años atrás, los peritos forenses podían revisar los cuerpos en las funerarias antes de que fueran preparados para el sepelio. Ahora, el Servicio Médico Forense de Culiacán (Semefo), dobló su número de trabajadores y amplio sus instalaciones para recibir los siete cuerpos que ha veces han llegado en un solo día. “Todos son por arma de fuego”, dice un perito que prefiere no dar su nombre.
De acuerdo con las funerarias de Culiacán, los que mueren son los jóvenes. Las edades oscilan entre los 15 y los 30 años, y esta situación se ve reflejada en el panteón de Jardines del Humaya.
Al caminar por los pasillos del panteón las probabilidades de que sean tumbas de jóvenes son muy altas. En cada corredor por lo menos 14 de 30 mausoleos tienen fotografías de gente joven.
En los últimos años ese lugar se ha convertido en un punto de encuentro de las familias de los narcos. Llegan acompañados de guardaespaldas fortísimos vestidos de mezclilla, gafas negras, camisas desfajadas (para disimular las armas) y radiocomunicadores.
En los sepelios, entran en sus camionetas hasta el punto más cercano donde será enterrado el difunto. Los acompañan, por lo menos, tres camionetas de flores, mientras la tambora ya espera al pie de la tumba, o en algunos casos, hace el recorrido fúnebre con ellos.
Sus esposas o novias impecablemente vestidas de negro. Saltan a la vista por sus cabelleras largas, alaciadas, por su figura casi escultórica y sus uñas largas y decoradas.
Frente de los sepulcros colocan fotografías amplificadas de los difuntos, aunque en algunos casos, prefieren omitir el nombre, pero no su sentir.





