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03-Mayo-2009

Ni virus ni burocracia le arrebataron la vida

Raúl Tortolero

Afectada por la influenza, Nova Hosain evitó el destino de su sobrino Mamum, quien falleció enfermo por aquel mal

Pálida, alzada en vilo por Marta Villarreal y por Atik Hosain, se desvanecía estando de pie. Aquejada por una debilidad creciente y por la fiebre que la precipitaba a la muerte, la llevaron de urgencia al Instituto Nacional de Enfermedades Respiratorias (INER) el sábado 18 de abril, con claros síntomas de influenza humana. Y encontraron sólo espinas: los policías y el personal “de ventanilla” deciden quién vive y quién no. La rechazaron. “Busquen un hospital privado. ¿Son extranjeros? No hay lugar…”, fueron las frases con que vapulearon a los asiáticos.

Nova Hosain es una chica de 24 años, de exótico encanto, ojos de misterioso negro, llegada a México proveniente de Bangladesh, su tierra, en octubre pasado. Viste ropajes orientales, su cabello azabache se extiende hasta la cintura y está desmayada. Su sobrino, Mamun Hosain, está desahuciado en un camastro dentro de ese mismo instituto. “Tiene 98% de posibilidades de morir”, habían dicho del veinteañero, sin tacto, algunos médicos a Atik Hosain, el hermano de Nova, quien de toda esta comunidad de Bangladesh habla más español, y el primero en ser aceptado en México como refugiado político hace años.

“No hay lugar para la muchacha”, se desenfada un médico. Todo está saturado.

“¡Pero Nova se está muriendo!”, interviene valiente Marta Villarreal, una amiga de los bengalíes que trabajó antes en Sin Fronteras, ONG que apoya a refugiados, donde tejió amistad con Atik.

“Busquen otro hospital. O si prefieren, esperen a que muera su familiar (Mamun Hosain) y habrá entonces una cama para internar a esta señorita…”

A Nova un frío le escaldó los huesos .

Ésa fue la realidad que enfrentaban ella, Atik, los demás bengalíes y Marta aquel día.

De ahí Nova fue relegada al Hospital Manuel Gea González, situado a unos metros, en la zona de nosocomios de Tlalpan, en el DF. Ahí regresarían luego los demás bengalíes, sólo para que les cobraran “mil 200 pesos” por ocho inyecciones que debían ser gratuitas, en prevención de que desarrollaran la influenza.

Un papel decisivo para que Nova no falleciera ante los obstáculos del idioma y de la burocracia médica, aun en tiempos epidémicos, fue sin duda Marta Villarreal Ruvalcaba.

En el Manuel Gea González relata Marta “nos dimos cuenta de que ya había una alerta sanitaria, porque el personal se puso de pronto doble tapabocas, pero a la gente que atestaba la sala de espera nadie le dijo que se pusiera nada ni qué estaba pasando. Eso es una irresponsabilidad”. Los cercanos cuidados prodigados por Marta a Nova le significaron contagiarse también de influenza.

En tal sitio sólo le tomaron una radiografía a la bengalí. De ahí, su gente la llevó al Hospital Belisario Domínguez, donde hubo asimismo problemas para internarla. Se les advirtió algo que nadie sabía aún afuera, que había un cerco sanitario de influenza.

“Ahí me tuve que pelear con ellos para que la atendieran”, reconoce Marta. Les advirtió: “Se está muriendo, tienen que dejarla pasar. Viene diferida de otros hospitales y su sobrino infectado no va a vivir más de 24 horas”. Nova lloraban, tenía una fiebre altísima y lucía terrible.

“El único médico que estaba ahí nos tomó una radiografía a todos y nos dejaron ir. Pero ya se pudo quedar Nova”. Recuerda Marta que las enfermeras se carcajeaban al saber que Nova era musulmana y al oír sus gritos de terror cuando la estaban “canalizando” (pinchándole la aguja del suero en la mano). No le avisaban qué le iban a hacer ni dejaban que entrara un pariente suyo a que tradujera. Sin embargo, días después, el 26 de abril, Nova fue dada de alta. Huelga decir que Mamun Hosain ya había muerto.

Pero Marta, contagiada, al sentir los primeros síntomas actuó rápido. Fue a varios hospitales, todos repletos, y no quiso esperar. Fue también al INER. No le hicieron exámenes, pero, presuntamente corrida la voz de la epidemia, sin hacerle análisis alguno le dieron un fosfato, una medicina. “Es un jarabe. Con el puro jarabe yo la libré, porque no tuve neumonía”, expresa Marta. “Si tienes neumonía ya te dan más cosas”.

Ahora ella está sana y el viernes 1 de mayo regresó al INER. “No estaban haciendo pruebas a nadie hasta este viernes, ya que les llegó el aparato. A mí, como a muchos, me diagnosticaron influenza humana sin ninguna prueba de laboratorio. Así están las cosas”, explica. Pero detrás de todas las piedras en su camino, guarda una honda satisfacción por saberse solidaria, humanista, incluso pese a su propia salud, aun sobre el riesgo de haber muerto. Por eso puede sonreír.

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