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Las casas fueron prácticamente desmanteladas, a toda prisa. Al ganado lo soltaron para que buscara alimento por sí mismo.Fotos: Erica Mora Diez personas han sido asesinadas, en medio año, en El Pozo.
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15-Julio-2008

Narcos borran población con las balas y el miedo

Erica Mora

Hasta El Chapo llegó a ir a festejar, pero tras dos tiroteos todos se fueron. El temor fundó un Comala en el norte del país

CULIACÁN.— A 40 minutos de esta ciudad está El Pozo. Visto desde las lomas cercanas es evidente que este pueblo hace honor a su nombre. Está hundido en el calor. Hundido en sus calles de tierra tan llenas de animales y tan pobres de gente. Los habitantes se han ido poco a poco, amenazados por el narcotráfico. El Pozo está inundado de miedo.

Doña Adelaida —sin apellido porque así lo pidió— explica, quedito: “En El Pozo, el miedo sabe a zopilote. Vivimos con el temor de otra balacera”. De otra nube de tiros, como la del 25 de junio, cuando un grupo de 40 sicarios desparramó el terror en la comunidad.

“Eran cerca de las ocho de la noche”, recuerda otro vecino. “Todavía había luz y los chamacos estaban jugando, cuando llegó, en siete camionetas Suburban y Cherokee, un grupo de gatilleros. Traían los vidrios un poco abajo, con las armas de fuera”. Quien habla tampoco quiere dar su nombre.

Los matones entraron por el único camino que lleva a la sindicatura. Ya sabían por quiénes iban. “Nomás se escuchaban las bolas de fuego explotar. Algunos gritaban que se iban a chingar a todo el pueblo y a todo aquel que se asomara”, dice susurrando doña Adelaida, la anciana vecina de una de las casas de donde los pistoleros sacaron y mataron a los dueños.

En lo que va del año, la comunidad de El Pozo, en el municipio de Imala, ha sido víctima de dos asaltos perpetrados por sicarios. El primero fue en marzo, el jueves y viernes santos. En esa ocasión, 50 sujetos armados con fusiles AK-47, lanzagranadas y ametralladoras Barret los atacaron.

Las cosas eran diferentes hace un año, cuando en la localidad habitaban 200 familias. “Llegó El Chapo Guzmán escoltado por 150 hombres. Cerraron la entrada y la salida del pueblo para festejar con banda. Nadie dijo nada. Hay veces que la memoria es silenciada, porque a nadie le conviene decir nada”, confiesa otro vecino.

Parece un pueblo fantasma, como ya lo son Guiyapan, Chilar, Santa Apolonia, Campanillas, El Verano, Ajoya, Platanar, Carrizal, Guaracha, El Palmar y el Llano en San Ignacio, donde en los últimos comicios el Consejo Estatal Electoral (CEE) suspendió la instalación de casillas por la ausencia de pobladores.

Estas comunidades llegaron a tener entre 100 y más de un millar de habitantes. Ahora no hay ni un perro que ladre.

En El Pozo todavía quedan algunos, pero son los más viejos, y si permanecen ahí no es por gusto. A una anciana, que ha quedado amurallada entre dos casas solas, se le pregunta: “¿Y por qué usted no se va?”—¡A dónde, si no tenemos nada!

Pero no en todos los casos el éxodo tiene sabor a miedo. “Pues uno no sabe por qué se va la gente. Ha de ser porque andan en cosas malas ¿o no?”, sugiere la señora Socorro.

De acuerdo con reportes policiacos, los integrantes del grupo armado que ha atacado la comunidad forman parte de una gavilla identificada como Los Charritos, que operan en la zona serrada de Tepuche e Imala, y a los que se les vincula con el cártel de Sinaloa.

La amenaza está latente. “No se le ve para cuándo vaya a terminar esta matazón”, dice la señora Socorro, y, por eso, ante el temor de convertirse en alguno de los próximos objetivos del grupo de gatilleros, las familias abandonaron la comunidad escoltadas por el Ejército mexicano, cuatro días después de la última masacre, en la que perdieron la vida cuatro personas.

Los familiares de las cuatro víctimas habían abandonado sus domicilios desde el mismo día de los crímenes. Regresaron acompañados de los militares, pero sólo para recoger sus pertenencias y abandonar para siempre la comunidad.

“Volvieron el domingo por la tarde. Venían acompañados de un camión con varios soldados y empezaron a sacar todas las cosas de sus domicilios mientras los militares los cuidaban”, comentó doña Prudencia, la única vecina que habita la última calle del poblado.

“Se llevaron todo lo que pudieron, nomás dejaron las vacas. Pero dicen que pronto van a volver para venderlas”, agregó mientras señalaba las casas abandonadas por las familias.

Los burros y algunos caballos, propiedad de las familias que abandonaron sus casas, deambulan por las estrechas calles. El ganado está encerrado. Está tan flaco que chupa todo lo que parezca agua. Las casas están cerradas con candados y las ventanas están tapadas con cobijas.

Es una fiel estampa del Comala de Pedro Páramo. Las calles, laberintos del pueblo, lucen vacías de gente y sobrepobladas de fantasmas, de miedo, de recuerdos de muerto reciente. La atmósfera quema y uno tiene que refugiarse bajo las sombras de los mangos en los patios de las casas abandonadas.

En el otro extremo del pueblo hay visos de vida. El comisario y su mujer aún siguen aquí, pero desde la balacera enviaron a sus hijos a Culiacán.

Las pocas familias que quedan sólo salen a darle comida a las vacas y regresan a encerrarse. Por la noche, el silencio es el dueño del pueblo.

Los que quedan también acusan que ni la policía hace rondines. Así le pagan a esta comunidad, eminentemente priista, en la que nadie quiere estar y nadie quiere recordar.

“La gente se fue, tiene miedo; y los soldados sólo vienen cuando hay muertitos”, dice el señor Jesús, mirando hacia las calles polvorientas.

El miedo, dice doña Adelaida también mata. Nutre el hambre: “Ya nadie se preocupa por ordeñar y hacer quesos. Tampoco hacen pan ni requesón, a quién le va a importar”.

No es fácil abrir la boca en estas calles. “Hay que oír y callar”, dice uno de los vecinos.

Un testimonio más coincide. “Tenemos miedo. Mejor guarde su libreta, que no la vean apuntar, no sea la de malas”, y sugiere: “Sólo le quiero pedir un favor, no diga mi nombre. Ya ve cómo andan las cosas”.

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