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La ciudad escuchó las peticiones —a veces divergentes— de campesinos y líderes respecto de las políticas que deben privar en el campo mexicano. Foto: Abdel Meza
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01-Febrero-2008

Los múltiples gritos del agro

Marcela Turati

El Zócalo parecía la sede de un congreso de Filibertos, Donacianos, Erasmos, Bertoldos, Anicetos y Gabinos

El Zócalo parecía la sede de un congreso de Filibertos, Donacianos, Erasmos, Bertoldos, Anicetos y Gabinos; de hombres de milpa, sombrero y Procampo llegados de todos los puntos del país para defender su supervivencia.

En su desfile por esta capital mostraron una enorme variedad de campos mexicanos y de propuestas de políticas públicas para atender sus necesidades.

Al frente del contingente, los norteños de jeans, camisa a cuadros y botas de piel iban montados en 160 tractores y se dieron el lujo de quemar uno. Ellos pidieron que les permitieran sembrar transgénicos y les bajaran los costos de diésel, luz y fertilizantes para sacarle provecho a la apertura comercial por el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN).

En la misma fila humana —que un líder calculó en 200 mil almas con sombreros—, los de camiseta amarilla de Milpa Alta con la leyenda “transgénicos ni mais” pedían subsidio para comprar dos mulas que les ayudaran a arar el campo.

En otro de los campos mexicanos se usa pantalón de manta, camiseta roída y huarache de correas. Es el de los indígenas veracruzanos, jaliscienses y sonorenses que, ayer, con tambores y danzas tradicionales, exigían lo mismo que sus abuelos: la repartición de las tierras que los ricos acapararon.

Entre el campesinado estaban los temporaleros, que dependen de las lluvias y de las remesas que les mandan sus hijos de Estados Unidos, quienes exigían proyectos productivos. Marchaban también algunos exportadores de chile beneficiados por el TLCAN, que solicitaban la reapertura de las petroquímicas que fabricaban fertilizantes.

Y estaba el campesinado famoso, el que habla siempre desde el templete. Desde ahí exigió la revisión del capítulo agropecuario firmado hace 15 años entre México, Estados Unidos y Canadá, y amenazaron con armar más protestas.

Una variedad de campos había en esta manifestación de Josés Dolores, Heliodoros, Bernabés o Gumersindos. Pero todos estaban hermanados por el grito “Sin maíz no hay país”.

En los costados del Zócalo, el guanajuatense Aniceto Rendón contemplaba los restos del viejo “McCormick” que horas antes tuvo un violento final: la muchedumbre le echó diésel y le prendió fuego bajo el grito “arde el campo”.

“Vamos a ponerlo en el museo donde hemos puesto a los otros tractores que hemos quemado en distintas partes”, dijo el joven de 21 años, las manos y el pantalón manchados de tizne.

El “McCormick” es el sexto vehículo que corre esa suerte. Hace tres semanas un “International turbo” pasó por lo mismo en Salamanca, Guanajuato; le precedieron uno de Silao y otros en Chihuahua.

Armando Villarreal fue el autor intelectual de las quemas. Es un ranchero chihuahuense que también tiene en su expediente 16 tomas a las oficinas de Comisión Federal de Electricidad, cuatro bloqueos a petroquímicas, infinidad de cierres de carreteras, oficinas y palacios de gobierno; 13 procesos judiciales por sabotaje, motín y obstrucción de vías; 45 mil campesinos organizados para no pagar la luz en protesta por las tarifas, y 18 meses de estancia en la cárcel por el incendio de una aduana.

Los integrantes de la organización Agrodinámica Nacional, con Villarreal a la cabeza, fueron los primeros en entrar al Zócalo. Ellos no están contra el Tratado de Libre Comercio. Sólo piden que el gobierno los proteja vendiéndoles el diésel a dos pesos y la luz a 0.14 por kilovatio, activando las plantas de fertilizantes y permitiéndoles sembrar semillas transgénicas para ahorrar una tercera parte de agua y producir 40% más.

En otro de los campos que se hicieron presentes en el Zócalo estaba la anciana Emilia Sosa, una morelense con una bandera nacional más grande que su cuerpo, quien opinó: “El gobierno tiene que oír que queremos maíz del pueblo, no del otro, transgénico, que viene envenenado”.

Ella estaba acompañada de un ejército de campesinos que crearon fusiles de palo y los decoraron con mazorcas, en alusión al EZLN. Erasmo Medina era uno de los soldados ficticios.

Él es de un ejido de Milpa Alta, integrado por 37 socios que explotan 28 hectáreas: “Tenemos que hacer maravillas para comer, por eso queremos apoyo del gobierno federal; que baje los precios de fertilizantes y combustibles o que nos compren mulas para trabajar en el campo, porque están muy caras: cuestan ocho mil pesos”, dijo.

En el mismo contingente estaba Bertoldo Jurado, un líder histórico de la zona que impidió que les expropiaran la tierra para construir el Instituto Politécnico Nacional. A unos metros pasaban los indígenas totonacos, vestidos de manta, igual que sus antepasados, que tuvieron que labrar la tierra en condiciones casi iguales a las de ellos.

“Mi abuelo no tuvo tierra para trabajar, mi papá no tuvo, nosotros somos jornaleros; vamos a Puebla a trabajar. También tienen que trabajar los niños, no alcanza pa’l gasto, pa’ vivirlo”, dijo uno de ellos, intimidado por la entrevista.

Mientras el líder de los electricistas, Francisco Hernández Juárez, hablaba de formar una “alianza clasista” para parar las “agresiones” del gobierno, por el Zócalo se paseaba, despistado, Filiberto Pérez, de Pozo Nuevo Porvenir, Guanajuato, quien se lamentaba por lo caro de la luz que usan para activar su pozo de agua y de que tres de sus nueve hijos, los tres que viven en Estados Unidos, son los que subsidian sus tierras.

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