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La familia Badwan Páez radicaba en la zona más conflictiva del mundo y, desde hace un año, se esfuerzan por adaptarse a la vida en Sinaloa. Foto: Especial
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06-Junio-2008

Huyen de una guerra y llegan a otra

Moisés Castillo

Claudia y su esposo Alí decidieron buscar la paz en México tras los constantes ataques israelíes en Gaza, pero llegaron a Culiacán, ciudad que se disputan los capos

La sombra de la violencia persigue a la familia Badwan. Desde la Franja de Gaza hasta Culiacán, Sinaloa. La única familia mexicana que vivía en la zona más conflictiva del mundo decidió escapar de los bombardeos para tener una vida tranquila en México, pero a un año de distancia vive otro tipo de pesadilla: la narcoviolencia. “Estuvimos allá 16 años. Vengo de una guerra en Palestina y ahora en Culiacán lamentablemente se está viviendo una violencia incontrolable. Iba a proteger a mis hijos de la tragedia para que tuvieran una vida más sana y ya no es el Culiacán que yo dejé. Hay mucha muerte”, lamenta Claudia Páez de Badwan.

Con voz silenciosa, dice que no se arrepiente de haber dejado Gaza porque el nivel de violencia aún no es comparable. “Allá hay vuelos permanentes de aviones que te están bombardeando día y noche… Gracias a Dios pude salir y salvar a mis hijos, pero te lo digo entre comillas, porque aquí se vive una violencia distinta: asesinatos, secuestros, drogadicción, prostitución. Estoy escandalizada.”

“Los balazos del martes pasado me recordaron viejos tiempos”. Su casa está ubicada en la colonia Amistad, a 10 minutos de la colonia Miguel Hidalgo, donde el pasado 27 de mayo hubo un fuerte enfrentamiento entre policías federales y gatilleros, con un saldo de siete agentes acribillados. Hasta el momento, la batalla más sanguinaria de esta lucha contra el narcotráfico. “Ni por curiosidad nos hemos acercado al lugar, a pesar de que mis abuelos y mi tío viven en esa colonia”.

Las familias de la Miguel Hidalgo tuvieron que esconderse debajo de las camas ante el temor de que los alcanzara alguna bala perdida en aquella madrugada angustiante. “Mis abuelos me cuentan que muchas familias se fueron temporalmente de sus casas. Las desalojaron por las aguas turbulentas. Ojalá se termine esto con un acuerdo entre las autoridades y los narcos, porque la gente ya no soporta más sangre derramada.”

En varias colonias de Culiacán, los militares andan a pie revisando calle por calle, casa por casa. Los operativos ha alterado los horarios de la gente. Claudia tenía esperanzas de que el ambiente cambiaría con el ingreso del Ejército al estado, pero es igual o peor.

El presente de Claudia, Alí y sus hijos, es un laberinto. La violencia es ingrediente que pensaban habían enterrado en Gaza. El miedo es una extraña sensación que no los deja. Les da temor que haya algún enfrentamiento entre militares y narcos, que un día la mala suerte los ponga en el lugar y la hora equivocada. “Las ejecuciones no paran: sicarios asesinados, policías que huelen a pólvora y sangre. Un síntoma de que las cosas andan mal son los bajos salarios que les pagan a los policías, platicando con esposas de los uniformados me cuentan que no tienen ni seguro de vida, entonces un policía no va a arriesgar su vida por unos cuantos pesos.”

Luego de la terrible balacera, la familia Badwan trata de no andar por las calles “nos regresamos de la casa de mis abuelos temprano, en la noche nunca nos movemos”.

Claudia comenta que los militares han inaugurado un toque de queda de facto: a las 23:00 horas varios uniformados invitan a los jóvenes que se encuentran en parques o en las canchas de basquetbol y futbol, a que se retiren a sus hogares. “La gente ya no sale, prefiere estar en sus habitaciones. Las avenidas están desérticas, está muy sólo. El comercio ha bajado mucho, los restaurantes están vacíos”.

Claudia llegó con sus cuatro hijos a la Ciudad de México el 22 de junio de 2007, después de un largo viaje con escalas interminables: Gaza, Cisjordania-Ramala, Jerusalén, Jordania-Amman, Barcelona, Madrid. A pesar de tener un futuro incierto se le veía contenta, quería rehacer su vida y la de su familia.

Conoció a su esposo Alí Badwan en el verano de 1991, en un paseo que realizaban simultáneamente por Filipinas. Unas cuántas semanas después contrajeron matrimonio: dulce soplo de brisa entre los labios.

Claudia sólo regresó a Culiacán para empacar sus recuerdos y alcanzar a Alí en Gaza, quien dirigía una empresa particular. Palestina tenía una relativa calma, recuerda. “Con la llegada al poder de Yasser Arafat, el país creció. Había paz en el pueblo y parecía que la vida iba a mejorar, pero con la segunda Intifada empeoraron las cosas”.

El aire se volvió lodo con el recrudecimiento militar de Israel y su embargo económico. No paraban los tiroteos en las calles. Sólo las balas estaban a salvo. Para Claudia, Gaza era una cárcel gigante. “Nadie puede salir sin el permiso de Israel, es una ciudad vigilada permanente por los soldados israelitas”.

Ante el terror cotidiano, tomó la decisión de huir de la guerra justo cuando aumentaron los enfrentamientos entre los grupos palestinos rivales Hamas y Al-Fatah. “Es imposible vivir en Gaza… No se asoma la luz, no hay trabajo. Hay miedo”, decía hace un año Claudia en una sala del aeropuerto internacional de la Ciudad de México.

El 12 de mayo de 2007, la embajada de México en Israel y la Oficina ante la Autoridad Nacional Palestina iniciaron sus trámites de repatriación, los cuales concluyeron cuatro semanas después. El 19 de junio, ella y sus hijos dejaron casa, amigos, costumbres, imágenes de tiempo. El esposo de Claudia, Alí Badwan, los alcanzaría ocho meses más tarde, el 7 de febrero de este año.

El proceso de adaptación no ha sido nada fácil para la familia Badwan. A la narcoviolencia se le suma el desempleo y la mala educación. Mientras esperaba la llegada de Alí, Claudia tuvo que trabajar. Puso una cocina económica para que sus cuatro hijos acudieran a la escuela y poder pagar renta, luz, agua y teléfono: empezar de cero.

“Todo ha sido complicado para los niños, para mi esposo y para mí. La Cancillería nos ayudó para que no bajaran de grado escolar a mis hijos. Este fue el problema recién llegamos a Culiacán. Luego no teníamos donde vivir. Mi esposo ahorita no tiene empleo, tiene dificultad con el idioma. Allá teníamos todo y de repente aquí no tienes nada…”

Sus hijos ya no son los de antes, por lo menos físicamente. Mohamed, de 17 años, es el mayor y cursa la preparatoria; Ismael, de 14, va en segundo de secundaria; Hussein, de 13, cursa primero de secundaria; y la pequeña Sara, de 10 años, va en cuarto de primaria. Ella ha resentido más el cambio de Gaza a México, ya que sus hermanos hablan mejor el español. “No quería estar aquí, pero poco a poco se fue incorporando a la escuela, con nuevos amigos. Batalló mucho con el idioma, ahora ya lo escribe, lo habla y lo lee un poco mejor”, detalla Claudia.

Asegura que la educación en Gaza es muy estricta, pero mejor que en Culiacán. “Ojalá Calderón instale otro sistema porque en secundaria hay niños que no saben ni escribir. En Gaza el nivel educativo es más alto. Mi hijo Mohamed llegó con un promedio de 95 de 100.

A pesar de la guerra y embargos, la educación es mejor, dice Claudia, “los profesores son estrictos, pero te enseñan con el alma. Aquí los maestros enseñan con el lema: el que aprendió, aprendió, y el que no, a la fregada”.

El caso de Alí es diferente, no habla español y no encuentra trabajo a pesar de ser ingeniero industrial. Le gusta Culiacán, pero se queja de su calor sofocante.

Tiene planeado dar clases de inglés mientras llega un empleo. Comenta Claudia que anda un poco desesperado desde que llegó a suelo sinaloense, tras huir de Gaza de manera ilegal por el paso fronterizo de Rafah, el único que une a Franja con Egipto.

Los representantes de la Cancillería mexicana le comentaron que Alí no tenía otra opción. Tendría que salir sin papeles porque las fronteras estaban cerradas. No podía salir vía diplomática. Alí, con maleta en mano, llegó a El Arish, ciudad egipcia, tras diez horas de camino lluvioso. Pasó por el Cairo, Barcelona, Madrid, Ciudad de México y finalmente Culiacán.

“Los palestinos destruyeron un cerco y él aprovechó para escapar junto con otros miles de hombres que estaban en la misma situación que nosotros, casados con extranjeras, por lo que sus respectivas embajadas les dieron cobijo. Mi esposo logró cruzar. Como los mexicanos a Estados Unidos”, recuerda con ironía.

A Claudia le duele la imagen violenta que proyecta México al mundo. No sabe por qué se permitió y no sabe cuándo terminen las narcoejecuciones en la tierra de El Chapo Guzmán y de los Beltrán Leyva.

“Es una lástima. México es un país grande pero con mucha pobreza. Los sueldos que se pagan acá son una miseria. En el extranjero se tiene la idea de que es un país rico, el nivel de vida debería ser más elevado. Es por eso que muchas personas se dedican a otro tipo de trabajos y se van por el dinero fácil”.

En tiempos de ocio Claudia escucha música y lee. Su escritor favorito es Gabriel García Márquez, con su El amor en los tiempos del cólera y no deja de cantar canciones de Vicente Fernández, Shakira y Juanes. Quizá para escapar de la realidad de Sinaloa. Compleja, casi irreconocible.

“Me gusta mucho Culiacán, la gente es muy amable y es una lástima lo que se vive acá… Hay mujeres muy bonitas, la playa de Mazatlán es hermosa. Hay muchos centros comerciales, malecón nuevo, se modernizó la ribera del río Tamazula- Humaya, está hermosísimo. Se construyeron varios edificios modernos, todo está pavimentado, limpio. Hay cosas rescatables.”

La gente de Culiacán ha tratado bien a la familia Badwan. No han sentido discriminación por practicar la religión musulmana o hablar árabe. “Es mejor vivir aquí que allá”, afirma Claudia sin titubear. Dice que si sobrevivió a una guerra en Medio Oriente saldrá adelante con su familia en Culiacán, donde el reloj marca horas de zozobra y se forma una niebla rojiza a través de la cual se ve a los hombres desplomarse y sus cabezas inocentes o culpables estrellarse contra el suelo.

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