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Los mexicanos que viajan a EU son dos veces más propensos a contraer el VIH. Foto: David Hernández
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31-Julio-2008

El virus se volvió remesa

Lucía Irabien

Los hábitos sexuales de los indocumentados mexicanos se alteran una vez que llegan a EU: tienen más parejas y recurren con mayor frecuencia a sexoservidoras. El problema aflora cuando vuelven a casa, ya que la esposa no tiene el valor de exigir al cónyuge el uso del condón o una prueba de sida

PUEBLA. Elodio camina en el centro de Manhattan sobre la 116 Oeste, muy cerca de Central Park, y entre la Primera y Segunda calle, la figura de una puertorriqueña roba su atención.

Cruzan unas cuantas palabras. La conversación es tan trivial que lo poco que ahora recuerda de ella es que tenía su misma edad, 21 años. No sabrá nunca si era casada o qué la llevó desde aquella isla caribeña a la Gran Manzana. También olvidó su nombre.

Unos minutos más tarde caminan juntos a buscar algo de intimidad en un hotel barato para disfrutar de un fugaz y único encuentro sexual.

Elodio desvía la mirada al suelo y susurra un “no” como respuesta a la pregunta de si hubo un pago de por medio. Aunque la muchacha le pidió prestados unos billetes, “seguramente para comprar drogas”.

Así de fácil es conseguir sexo en “el otro lado”.

Un estudio que comparó a habitantes de poblaciones rurales de Puebla y Michoacán reveló que quienes había ido y vuelto a Estados Unidos en el año anterior habían tenido en promedio el doble de parejas sexuales que los que no habían salido de su población, y además habían recurrido mucho más veces a los servicios de sexoservidoras y tenido más parejas casuales o de una sola noche.

Aquella morena boricua, chaparrita, delgadita y de cabellos rizados no volvió a pasar por la memoria de Elodio hasta casi un año después. Era el 12 de diciembre de 2002 y una orientadora social del Hospital Metropolitano de Manhattan le acababa de entregar un sobre que contenía un papel que no le decía nada, porque en el año y medio que llevaba viviendo en Nueva York apenas había empezado a comprender algunas frases en inglés. “Si aprendes a ser disciplinado y recuerdas siempre tomar los medicamentos puedes durar muchos años”. Elodio había contraído VIH y la trabajadora social le hablaba del sida y daba indicaciones que lo llevarían al sitio en el que podían darle los medicamentos de forma gratuita.

El joven dejó de escucharla, su mente viajó hacia atrás y se detuvo de golpe en la puertorriqueña y en un condón roto al que no le había dado importancia.

Dice que así fue como se contagió y que aunque esos 18 meses estuvo con muchas mujeres de las que también se olvidó, que siempre se previno usando el condón. Pero no culpa ni a la boricua ni a la mala suerte, “seguramente no sabía que tenía el VIH, como yo, como cualquiera, puedes contagiar sin saber, no es culpa de nadie”.

La prevalencia de VIH en Estados Unidos, es decir el número de portadores del virus por cada 100 mil habitantes, es de 0.6 por ciento, mientras que en México es de 0.3. Lo que significa que, comparado con México, los connacionales que están viviendo en Estados Unidos tienen al menos el doble de riesgo de adquirir el virus.

Sin embargo, no es sencillo establecer una relación directa entre la migración y la adquisición de la enfermedad, y la mayoría de los investigadores son cautelosos: no es que los migrantes adquieran más el virus, pero el haber vivido en Estados Unidos es un factor de riesgo que, aunque no se ha podido medir, debe tomarse en cuenta.

El secretario de Salud de México, José Ángel Córdova, señala que todavía “no hay una estadística que, de manera contundente, indique que la migración está influyendo en el aumento de casos en áreas rurales expulsoras de migrantes” o en las mujeres que permanecen esperando a sus maridos en México. Pero admite que muy probablemente no han encontrado esas estadísticas porque no las han buscado. “Es algo que adelante vamos a tener que buscar en las encuestas de manera más dirigida. Ponemos especial atención en las enfermedades más frecuentes, y en el caso del VIH por lo menos es el doble; insisto, sólo entre quienes se hacen la prueba, pero creemos que puede ser mucho mayor”.

La doctora Indiana Torres, especialista en medicina tropical, lleva más de 15 años trabajando con pacientes infectados, tanto en la práctica como en la academia. Es investigadora en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP), un estado con zonas rurales en las que la expulsión de migrantes hacia Estados Unidos está aumentando.

Y desde ahí ha dirigido varias investigaciones, algunas enfocadas en la población migrante. Los reportes que notifican a la Secretaría de Salud uno a uno los nuevos casos que son detectados indican que cuatro por ciento del total de las infecciones en el estado tienen como antecedente a la migración, ya sea porque quién lo contrae estuvo en aquél país o porque su cónyuge lo hizo. Pero investigaciones más profundas elaboradas por la BUAP arrojan que los antecedentes migratorios alcanzan a por lo menos entre un 11 y 20 por ciento de los enfermos que ya han sido detectados.

Y, a falta de estudios que den evidencias más contundentes de la problemática, el argumento de que la migración es un foco rojo se refuerzan con las historias que escucha la doctora Torres día a día en uno de los dos Centros Ambulatorios de Prevención y Atención para VIH y otras Infecciones de Transmisión Sexual (CAPACITS), el que dirige en la Ciudad de Puebla. Amas de casa que fueron infectadas por sus esposos cuando volvieron de Estados Unidos y que muchas veces ya enviudaron; y hombres y mujeres que decidieron volver a sus tierras al saberse enfermos.

“El problema es que el hecho de haber migrado no implica necesariamente que el contagio haya sido en Estados Unidos, perfectamente podrían haber viajado siendo portadores y no sabiendo que lo son. Es difícil establecer esa diferencia”, explica.

Por ello los estudios suelen arrojar resultados muy divergentes dependiendo de la población a la que hayan sido dirigidos y, de acuerdo con Torres, los hay desde los que han encontrado cero presencia del VIH hasta quienes hablan del 70%, porque los dirigieron a grupos especialmente vulnerables.

Efectivamente, los estudios son pocos y, como miden únicamente las variables que se presentan en personas que a las que ya se les aplicó la prueba y salieron positivo, dan cuenta de un momento de la realidad que ya pasó.

Carlos Magis, director de Investigación Operativa del Centro Nacional para la Prevención y Control del VIH/sida (Censida) coincide en que es difícil atribuirle a la migración hacia Estados Unidos responsabilidad directa en el comportamiento de la epidemia en México. “No es un salto tan fácil porque siendo francos los casos de VIH reflejan lo que sucedió hace diez años (que el tiempo que en promedio pasa entre la adquisición de la infección y su detección mediante una prueba), para tener una foto de la realidad actual es necesario aplicar encuestas y otro tipo de estudios”.

Como la falta de datos contundentes no sirve para evadir las evidencias de que la migración es un foco rojo en cuanto infecciones de VIH, Magis recomienda reflexionar sobre las políticas de prevención pensando no en los números que reflejan la incidencia de la enfermedad, sino en el comportamiento de los migrantes.

Y en ese terreno hay menor especulación porque los datos son más concluyentes. Los mexicanos que llegan a vivir a Estados Unidos modifican en poco tiempo su comportamiento sexual y se exponen a más riesgos: tiene más parejas sexuales, más encuentros casuales, más sexo pagado, y además usan más drogas inyectables.

Evodio, que ahora tiene 28 años, vivió su adolescencia en Acapulco, y es en esa época en donde ubica sus primeras referencias a la enfermedad con la que lleva siete años viviendo. A los 19 años volvió a Puebla y, la historia repetida en 400 mil mexicanos que cada año tratan de ir a Estados Unidos, el poco dinero que ganaba fabricando ladrillos en un micronegocio familiar lo orilló a imitar a sus hermanos y abandonó Cholula para ir a Nueva York.

El encuentro con la puertorriqueña debió haber sucedido cuando tenía ocho meses allá. Había dejado el trabajo como repartidor en un restaurante y hacía panes en un negocio cercano al lugar en el que ocurrió el encuentro.

Uno de muchos. En Acapulco había tenido una novia con la que se iba a casar y lo experimentado con ella era todo lo que había en su vida sexual antes de viajar a la Gran Manzana.

El expediente se fue ensanchando con el transcurrir del tiempo. “La falta de relaciones sexuales hace que muchos hombres caigan con las mujeres que están cerca. Estás sólo, te invitan a comer, convive uno con los compañeros, una cerveza, un mezcal, vas en busca de amistades conociendo lugares y así empieza uno”.

Y sigue. Conocer mujeres, ir a los centros nocturnos El Matamoros era su favorito — observar correr drogas con más fluidez que en Acapulco y como nunca hubiera visto en su tierra. Centros y de baile y luego, prostitución.

Fue en El Matamoros donde aprendió a cuidarse. El uso del condón era un requisito que no se prestaba a la negociación si quería estar con las muchachas. Pero en la calle nadie los obliga, las chicas que se enganchan en la calle cobran menos y es más fácil que accedan a una relación sin protección.

En 2002, Carlos Magis, junto con otros investigadores publicaron una encuesta que realizaron a pobladores de áreas rurales de Michoacán y Puebla. Al preguntar sobre sus prácticas sexuales encontraron que los hombres que habían estado en Estados Unidos en el año anterior habían tenido en promedio 3.3 parejas, mientras que los que habían permanecido en sus comunidades sólo 1.8. Pero además de esas parejas que consideraban relativamente estables, los migrantes habían tenido con mucha mayor frecuencia sexo casual y habían acudido a sexoservidoras. En el caso de las mujeres la diferencia fue menos, 1.2 para las que se quedaron en casa y 1.5 para las que salieron.

El 37% de quienes han estado en Estados Unidos usaron condón con su pareja estable contra 13 por ciento de los que no han migrado. Además sólo 57% de los no migrantes utilizaron protección al tener relaciones con una sexoservidora, mientras que 77% de los que estuvieron en Estados Unidos se protegió adecuadamente.

Otros estudios, también en grupos pequeños de migrantes en California, que no necesariamente reflejan el comportamiento de los migrantes en general, revelan que 10% de los hombres mexicanos que participaron en el estudio admitió haber tenido relaciones sexuales con otros hombres y el 57% reconoció haber tenido sexo pagado sin protección.

Las investigaciones de Magis revelan que aunque no se puede establecer una relación directa entre migración y VIH, cuando se estudian los casos específicos de poblaciones rurales hay una correlación mayor. Nuevamente los datos no son nuevos, sin embargo indican que en el año 2000, 13% de los casos de infecciones en poblaciones rurales tenía como antecedente la migración. Pero en estados como Michoacán, Durango y Zacatecas la cuarta parte de los portadores del virus había vivido en Estados Unidos.

Laura y su esposo Remedios se casaron hace cinco años y hace tres, estando en Nueva York, el frío del invierno dañó los pulmones de Remedios, cantante de un mariachi. Se sintió tan mal que tomó el primer avión que pudo de regreso a Puebla porque creía que iba a morir y deseaba hacerlo en su tierra. Tres meses después los médicos dieron con el diagnóstico. Al enterarse, Laura no se precipitó a hacerse la prueba, de inmediato tomó la noticia con resignación.

Antes de casarse, ambos habían tenido otras parejas; él había ido y venido varias veces a Estados Unidos y, en medio de la tragedia, decidieron no repartir culpas. Quién infectó a quién les terminó dando lo mismo.

Pero su caso es excepción, de acuerdo con la doctora Indiana Torres no son muchas las parejas de matrimonio que acuden juntas a tratamiento, y por lo general con el contagio vienen las recriminaciones y las uniones se disuelven.

En Puebla y Tlaxcala el VIH se ha comportado de forma diferente al resto del país con las mujeres. Mientras que a nivel nacional por cada mujer con la infección hay seis hombres en la misma situación en estas entidades la relación es de una mujer por cada tres o cuatro hombres. El secretario de Salud, José Ángel Córdova, señaló que ya se planean estudios que determinen si la migración está influyendo en la feminización del VIH o no, pero en tanto los tienen, promoverán campañas que rompan con la vulnerabilidad de las mujeres que esperan a sus maridos y cuando vuelven, no se atreven a exigirles el uso de condón o una prueba que descarte que tienen VIH.

Indiana Torres señala que en el fenómeno de la migración, los principales factores de riesgo asociados a la feminización del VIH son el ser ama de casa, el total desconocimiento de la vida sexual de la pareja y una incapacidad absoluta de negociar el uso del condón.

María atiende un salón de belleza en la capital de Puebla. Tiene 40 años pero fácilmente podría parecer de menos, va siempre muy arreglada, es bastante atractiva y de hablar muy dulce, tiene rasgos finos, es morena, no muy alta y esbelta. Pretendientes le sobran, la rondan todos los días en el salón. “Si supieran lo que tengo”.

La imagen que tiene ahora, su caminar, contrastan radicalmente con la dice que tenía hace 18 años, cuando cree que adquirió el virus. Vivía en rancho Nuevo, Zacapal, una población que por entonces no pasaba de los 100 habitantes. Subida en un burro, cargaba en brazos, sobre la panza en la que llevaba a su segundo bebé, a la primera hija de su matrimonio.

El exceso de trabajo en el campo al que la obligaba su esposo la hizo perder el producto un mes antes de los nueve meses. El peregrinar de un día entero por clínicas de la sierra poblana y perder litros y litros de sangre, quedar sin matriz y encima tener que enterrar a un niño que nunca vio el mundo, creyó que eran lo peor que podía pasarle en la vida.

Pero ocho años después, separada del marido y viviendo en Nueva York, se enteró de que tenía el virus. Ella cree que fue la transfusión de sangre que recibió cuando perdió a su hijo. Lo cree porque aunque su ex marido había ido y vuelto muchas veces de Estados Unidos se pasea campante por el pueblo y no parece estar enfermo. Después de separarse ella nunca volvió a hablarle y no le informó de la enfermedad.

El estigma social es uno de los principales obstáculos para la prevención de más contagios. Los especialistas consultados coinciden en que al enterarse de que han contraído el virus, muchos connacionales que viven en Estados Unidos deciden regresar a su tierra, entre otras cosas porque su condición de ilegales dificulta su tratamiento. Pero la mayoría se apoya sólo en unos cuantos familiares y al resto ocultan su situación.

Las tres personas infectadas con VIH que compartieron su historia con Excélsior tomaron esa decisión. Evodio, lo hizo dos días después de recibir el diagnóstico a pesar de que le ofrecieron tratamiento en Nueva York. Le tomó unos meses dar con en Hospital General de Puebla en donde recibe no sólo tratamiento sino terapias grupales. Tal y como se lo dijo la orientadora social en Nueva York, la disciplina en la toma de su tratamiento le ha dado una excelente calidad de vida, tanto que no ha vuelto a recaer y trabaja fabricando ladrillos en el viejo negocio de la familia. Un trabajo duro que le da a su cuerpo una apariencia atlética y de mucha vitalidad.

María, en cambio, vivió seis años en Nueva York, pues pudo conservar su trabajo todo ese tiempo como afanadora. Sin embargo, la empresa quebró tres años después del diagnóstico y perdió el seguro médico que le garantizaba tres cuartas partes del costo de los antirretrovirales. Permaneció en Estados Unidos tres años más sin tomarlos hasta que cayó gravemente enferma y regresó a México porque creyó que iba a morir y quería dejar a su hija con su mamá. Después de un año consiguió retomar su tratamiento y desde entonces no ha vuelto a enfermar.

Laura regresó a México después de que su marido recibió la noticia de que había sido infectado con VIH para comprobar que ella también era portadora. Los dos reciben tratamiento desde entonces.

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