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30-Septiembre-2007

El guardaespaldas de la URSS... en México

Pascal Beltrán del Río

Oleg Nechiporenko se incorporó al “Servicio” —como él llama a la KGB, la ex agencia de espionaje soviética— en 1958. Tenía una preparación formal en idiomas extranjeros, dominaba el español y era autodidacta en labores de espionaje.

Una de sus primeras órdenes fue cuidar al asesino de León Trotsky, Ramón Mercader, quien acababa de llegar a Moscú luego de pasar 20 años en la penitenciaría de Lecumberri, en el Distrito Federal. “Me dio la impresión de que Mercader vivía en dos mundos paralelos”, relata. “Físicamente estaba en el presente, pero sus pensamientos estaban en el pasado”.

Nechiporenko llegó a México en 1961. Era su tercera misión al extranjero y la primera de largo plazo. Lejos de haber sido planeada, dice, fue producto de la casualidad. “Yo estaba trabajando en el Departamento de Estados Unidos y estaban a punto de mandarme a la rezidentura en Nueva York. Sin embargo, sucedió que uno de los oficiales que estaba en México tenía que regresar y me pidieron que lo reemplazara”.

—¿Se decepcionó por el cambio de destino?

—De ninguna manera. Yo siempre sentí inclinación por trabajar con los latinos. Mis jefes me habían prometido que volvería al Departamento (de EU) a mi regreso de México, en 1965, pero después los movieron a todos. Así que en 1967, otra vez estaba en México.

Pese a ser considerado uno de los más intrépidos y avezados oficiales de contrainteligencia que tuvo la KGB, Nechiporenko no se toma demasiado en serio. Al presentarse, extiende una tarjeta con el logotipo de la corporación a la que perteneció —caracterizada por una espada y un escudo— y un texto que simplemente dice así: “Oleg M. Nechiporenko/Coronel, retirado/Conspirólogo/Ex espía”.

Entre las anécdotas que le gusta contar de su estancia en México está la del día en que se sentó en la silla del embajador de Estados Unidos. Invitado a la inauguración de la sede diplomática en Paseo de la Reforma, Nechiporenko se coló en un grupo de congresistas estadunidenses a quienes se haría conocer los pisos superiores del edificio mientras el resto de los convidados permanecía en el coctel en la planta baja.

La del embajador, cuenta, “era una oficina en una esquina, en el quinto piso, ni muy grande ni muy chica. Me acerqué al escritorio, lo rodeé, pero no pude negarme el placer de sentarme en la silla giratoria y hasta dar vueltas en ella… Como ve, la realidad siempre es más rica que la ficción”.

Y este hombre, de 75 años, ríe como un niño.

Con algunos de sus antiguos rivales ha llevado una relación cordial. Relata que una vez recibió una carta de Joseph B. Smith, el oficial de la CIA que relató en un libro cómo lo habían quemado.

“Nos pusimos de acuerdo para vernos en Washington. Estando allá quedamos de escribir juntos un texto para la revista de The New York Times, contando nuestra experiencia en México, cada quien desde su punto de vista”, narra Nechiporenko. “Lamentablemente, el proyecto no se pudo llevar a cabo porque él murió poco después”.

—Dígame la principal diferencia entre la CIA y la KGB.

—Las dos estaban sumamente burocratizadas. Quizá la diferencia es que las estaciones de la CIA tenían mucha más autonomía que las de la KGB. A ellos les fijaban algunas directrices y las cumplían a su manera. Nosotros teníamos que consultar todo.

Durante la caminata por la calle Lubyanka, nos detenemos en el restaurante Shchit i Miech (escudo y espada, en ruso), propiedad de un empresario armenio. Se trata de un negocio temático. Está adornado con uniformes, medallas y otros objetos de la KGB. El lugar vende comida, pero también nostalgia. En el piso superior, donde hay salones privados, un cuadro cuelga de la pared: un retrato al óleo de Vladimir Putin, vestido de judoka. El presidente ruso fue miembro de la KGB y estuvo comisionado en la República Democrática Alemana de 1985 a 1990, donde reclutaba y preparaba a agentes para espiar en Occidente.

“El viernes 27 de septiembre de 1963, aproximadamente a la una de la tarde, me llamó Valery Kóstikov (funcionario del departamento consular de la embajada soviética en México), quien se encontraba de guardia, y después de informarme que había un norteamericano solicitando una visa a la URSS, me pidió que viniera a ver de qué se trataba porque, como él se expresó, ‘parece que tiene que ver con tu trabajo’”.

Así comienza la narración sobre la sorpresiva visita de Lee Harvey Oswald, en el libro Passport to Assassination, escrito por Nechiporenko. La obra lleva tres ediciones (agotadas) en ruso, y se editó en inglés en 1993, con motivo del trigésimo aniversario del magnicidio de John F. Kennedy. La traducción española aparecerá próximamente.

En más de 300 páginas, Nechiporenko lleva al lector en un recorrido por los escenarios de la Guerra Fría y ofrece algunos pasajes de su propia experiencia como oficial de contrainteligencia en México. Fue uno de los primeros libros escritos por ex oficiales de la KGB.

Está dedicado, sobre todo, a los hechos que rodearon el asesinato del presidente Kennedy y su personaje central es Oswald. El autor consultó los archivos de inteligencia y entrevistó a ex funcionarios del organismo para reconstruir los pasos de Oswald por la Unión Soviética, país donde vivió entre octubre de 1959 y agosto de 1962.

Tras comparar esa información con la de la Comisión Warren y otras investigaciones, Nechiporenko llega a la conclusión de que lo más probable es que Oswald haya actuado solo en el asesinato de Kennedy.

Obviamente, el libro no es el favorito de los partidarios de las teorías de la conspiración. Su publicación incluso le valió la crítica soterrada de algunos oficiales retirados de la KGB, quienes chismearon que su colega escribió el libro para exonerar a la CIA.

Aquel día de septiembre de 1963, Oswald estaba sumamente intranquilo. Hablando en ruso, explicó a Nechiporenko que había vivido en la URSS, que allá se había casado con la ciudadana soviética Marina Prusakova, que había vuelto a Estados Unidos y que el FBI le estaba haciendo la vida imposible. Decía que quería regresar a la URSS, pero que el consulado soviético en Washington se había negado a ayudarlo.

Nechiporenko le explicó que, por norma, siendo ciudadano estadunidense, debía hacer los trámites desde su país. Aun así, le ofreció las formas que debía llenar para emigrar a la URSS, pero le advirtió que dichos papeles serían enviados a Moscú y que la respuesta, que podría demorarse hasta cuatro meses, llegaría a su domicilio en Estados Unidos.

Molesto por la respuesta, en estado de gran agitación, Oswald se acercó a Nechiporenko y le gritó a la cara: “¡Eso no me basta, no es lo que yo necesito! ¡Para mí esto va a terminar en una tragedia!”.

Nechiporenko creyó que se había deshecho del hombre. No era el primer estadunidense que tocaba la puerta de la embajada; ahí llegaban desde los aparentemente lunáticos hasta quienes ofrecían “fragmentos de información de inteligencia”. Sin embargo, Oswald volvió al día siguiente, sábado, cuando el personal se preparaba para jugar volibol.

Esa vez fue recibido por Valery Kóstikov y Pável Yátskov, dos miembros de la rezidentura quienes oficialmente eran funcionarios del consulado. Oswald se veía nervioso y desa-liñado. Repitió lo dicho la víspera a Nechiporenko, aunque agregó que temía que el FBI lo mandara matar. Rogó que le dieran la visa y se soltó llorando. Luego, dijo que en México también se sentía perseguido, y sacó un revólver de la bolsa izquierda de su saco. “¡Vean lo que tengo que cargar para proteger mi vida!”, gritó, y puso la pistola sobre el escritorio.

Yátskov tomó el arma y vació la recámara. Nechiporenko, quien se había retrasado, escuchó la discusión y entró en la oficina. En ese momento, Kóstikov reiteraba la posición del consulado. Ante la nueva negativa, Oswald pidió a los soviéticos que le ayudaran a tramitar una visa para viajar a Cuba, pero éstos le respondieron que esa decisión correspondía únicamente a los cubanos. Antes de irse, el ex infante de Marina estadunidense soltó una amenaza: “Si no me dejan vivir tranquilo (en Estados Unidos), voy a tener que defenderme”.

Frases como ésa tomaron otro valor casi dos meses después. El 22 de noviembre de 1963, Kennedy era asesinado en Dallas, Texas. Al conocerse la noticia, y al dar la vuelta al mundo las imágenes, los recuerdos de esas dos visitas de Lee Harvey Oswald retumbarían en la cabeza de Nechiporenko.

Ese día, una mujer se paró frente a la embajada y, mientras sacudía los barrotes de la reja, no cesaba de gritar, entre sollozos: “¡Lo mataron, mataron al presidente de Estados Unidos, mataron a Kennedy!”. Al día siguiente, se pudo ver por primera vez por televisión al presunto asesino. “Soy inocente”, alegaba ante los micrófonos. “Yo no maté a nadie”.

La prensa estadunidense supo pronto que Oswald había estado en la embajada soviética en México. La CIA había grabado una conversación telefónica entre el cónsul cubano Eusebio Azcué y Pável Yátskov, en la que el primero informó que Oswald había estado en el consulado de Cuba y que se le había negado la visa que solicitaba.

En los días siguientes al magnicidio, las cosas se pusieron tensas en la rezidentura, recuerda Nechiporenko. “Preguntamos a Moscú qué hacer. Nos dijeron que nos tranquilizáramos. Felizmente, unos días después, el Centro nos informó que la KGB nunca se involucró con Oswald”.

Cuarenta y cuatro años después de los hechos, Nechiporenko se alegra de que él y sus colegas hayan informado “al Centro”, oportunamente y con todo detalle, de las visitas de Oswald. “Sólo eso nos salvó de ser considerados como cómplices de un magnicidio”.

La primera vez que Oleg Nechiporenko recuerda haber estado con Miguel Nazar Haro —que llegó a ser director de la hoy desaparecida Dirección Federal de Seguridad (DFS)— fue durante la visita a México de Yuri Gagarin.

La llegada del cosmonauta soviético al aeropuerto Benito Juárez, el 11 de octubre de 1963, causó una conmoción. La expectativa de ver al primer hombre en el espacio, quien llegaba acompañado de la primera cosmonauta, Valentina Tereshkova, rebasó todas las previsiones de seguridad. Para cumplir con su encomienda, Nechiporenko recibió el apoyo de dos agentes de la DFS, entre ellos el de un joven de apellido Nazar.

Los encuentros con éste se fueron volviendo recurrentes. Nechiporenko relata que, durante los primeros meses de su estancia en México, iba con frecuencia al aeropuerto, a recibir la valija diplomática. También le tocaba viajar a Cuba, y le llamaba la atención que los pasajeros con destino a La Habana fueran fotografiados. Esas fotos, asegura, eran después entregadas por la DFS a la estación de la CIA.

—¿Le tomaban fotos a usted también? –le pregunto.

—Al principio, sí. Pero dejaron de hacerlo, porque ya tenían muchas —y suelta una carcajada.

En una ocasión que llegó la valija diplomática, soviéticos y mexicanos tuvieron una discusión sobre un maletín que portaba uno de los correos. Los mexicanos exigían ver el contenido y los soviéticos se negaban a abrir el portafolios. “Al final, acordamos abrirlo, pero sin dejarles tocar lo que había dentro de él”.

La relación con la DFS se fue volviendo difícil con el paso del tiempo, afirma Nechiporenko. El ex oficial de la KGB veía la mano del servicio secreto mexicano detrás de muchos de los intentos de reclutamiento de ciudadanos soviéticos por parte de la CIA.

“Al principio me llevé muy bien con Nazar, hasta nos tomábamos tragos juntos. Pero con el tiempo supe que él estaba vendido a la CIA. Hacía los trabajos que le pedían los gringos, como conseguir gente para sus operaciones de deep cover (infiltración). También sabíamos que la vigilancia móvil de nuestras actividades la hacía la DFS”.

—¿Nazar tuvo que ver con la deserción de Raya Kiselnikova?

—Fue el encargado de su estancia, eso le puedo decir.

—En la conferencia de prensa del 4 de marzo de 1970, ella acusó a la KGB de estar detrás de las protestas estudiantiles de 1968. Hay gente en México que sigue pensando eso…

—La verdad es un mito. Moscú tenía una visión muy negativa de los propósitos y la conducción del movimiento estudiantil. El ambiente en que se desarrolló estaba embebido en una multiplicación de las tendencias de izquierda, muchas de las cuales se alejaban de nuestra visión del socialismo. Había ideas maoístas, castristas, eurocomunistas, anarquistas, incluso de lucha armada. Además, había habido protestas estudiantiles en Francia y otros países. Por eso, porque se le sentía como algo ajeno y negativo, recibimos instrucciones precisas de no involucrarnos.

—¿Qué tan seguido informaba a Moscú de la situación?

—Casi todos los días. No hay que olvidar que venían los Juegos Olímpicos, y nosotros esperábamos una gran delegación de deportistas, funcionarios y turistas. Para nosotros, la prioridad era la seguridad de nuestra delegación. No queríamos estar metidos en nada más.

—¿Cómo vivió el 2 de octubre, coronel?

—En esos días yo estuve en la rezidentura. Déjeme decirle que los Juegos estuvieron a punto de cancelarse después de los hechos de Tlatelolco. Había mucha indignación entre los periodistas y los deportistas. Había quienes pensaban retirarse. Creo que el apoyo que dio el jefe de nuestra delegación fue fundamental para que los Juegos se celebraran.

Después de la conferencia de prensa de Raya, que fue ampliamente comentada en los medios, Nechiporenko volvió a su trabajo. Unas semanas después se inauguraría el Mundial de Futbol en México y él tenía la responsabilidad de cuidar la seguridad del equipo soviético.

La selección se hospedó en un hotel de Insurgentes, cerca del Polifórum, que aún estaba en construcción. “Siqueiros accedió a dar una explicación a los futbolistas, y a mí me tocó traducir”.

En diciembre de 1970, Nechiporenko regresó a Moscú para pasar una temporada. Ahí pidió a sus jefes que lo sacaran de México, pues “las cosas estaban muy calientes allá”. Sin embargo, le dijeron que fuera preparando a uno de sus asistentes para tomar su lugar en un futuro cercano. “Regresé, decidido a hacer justamente eso, pero no dio tiempo…”

Como parte de su trabajo de contrainteligencia, Nechiporenko solía viajar a las comunidades de emigrados estadunidenses, como San Miguel de Allende, Valle de Bravo, Cuernavaca y la presa Endhó, antes de que ésta se convirtiera en la cloaca más grande del mundo.

Uno de sus objetivos de reclutamiento y una fuente de información eran los estudiantes extranjeros de la Escuela de Verano de Lini de Vries, una exiliada estadunidense, a quien también monitoreaba la CIA.

En marzo de 1971 se encontraba en uno de esos viajes, en Cuernavaca, cuando dice que se enteró por la prensa de la detención de una veintena de guerrilleros, miembros del Movimiento de Acción Revolucionaria (MAR), algunos de los cuales acababan de regresar de Corea del Norte, donde habían recibido entrenamiento militar.

Los miembros originales del MAR, como Fabricio Gómez Souza, habían estudiado en la Universidad de los Pueblos “Patricio Lumumba”, en Moscú, luego de recibir una invitación del Instituto de Relaciones Culturales México-URSS. Las visas de los estudiantes habían sido firmadas por Nechiporenko, en su calidad de representante consular.

Cuando la policía dio con los integrantes del MAR —quienes cometieron el error de rentar una casa en Xalapa, Veracruz, a un ex policía judicial—, la organización celebraba negociaciones de fusión con un remanente de la guerrilla chihuahuense que atacó el cuartel de Madera en 1965, llamado Movimiento 23 de Septiembre. Por eso, entre los detenidos había miembros de las dos organizaciones armadas.

La reacción del gobierno del presidente Luis Echeverría fue declarar personas non gratas a cinco diplomáticos soviéticos, entre ellos el encargado de negocios de la legación, Dmitri Diákonov. Los periódicos se llenaron de desplegados felicitando al presidente por su acción.

En ausencia del embajador Igor Kolosovsky, quien se encontraba de vacaciones en la URSS, Diákonov acudió a la Cancillería, donde el secretario Emilio O. Rabasa le informó de la expulsión de Boris Kolomiakov, el primer secretario, pero también jefe de la rezidentura de la KGB; Boris Voskovoinikov, segundo secretario y titular del Instituto de Relaciones Culturales; Aleksandr Bolshakov, responsable de intercambios tecnológicos y científicos, y Oleg Nechiporenko, además de Diákonov.

La expulsión de los cuatro primeros se llevó a cabo el 21 de marzo de 1971. Ese día, a las 4 de la tarde, salieron en un vuelo de la aerolínea belga Sabena hacia Bruselas, y de ahí a Moscú. Diákonov viajó al día siguiente. “Él era un ideólogo del Partido (Comunista) que no tenía nada que ver con labores de inteligencia y de esa manera quiso desmarcarse de los demás”, explica Nechiporenko.

—¿Cómo lo trataron a su regreso?

—Muy bien, incluso me dieron un ascenso poco tiempo después. Se entendió que esto no había sido culpa nuestra.

—¿En verdad no estuvo involucrada la URSS en el entrenamiento del MAR en Corea del Norte? Los estudiantes estuvieron en la “Lumumba” y pasaron por Moscú con pasaportes coreanos falsos…

—En la rezidentura no lo supimos. En Moscú quizá conocieron los movimientos de estos jóvenes, pero yo no he encontrado ninguna referencia de ello en los archivos que he revisado. Además, la URSS no comulgaba con este tipo de movimientos armados ni con su ideología. Esto se parece más a algo que hubieran planeado los chinos. Finalmente, ellos tenían una relación más cercana con Corea del Norte que nosotros.

Y agrega: “Recuerde que Echeverría estuvo de visita en Moscú unos meses después de nuestra expulsión. Ahí le dijo al gobierno soviético que no tenía nada contra nosotros y que podíamos volver a México cuando quisiéramos. Años después, Boris Kolomiakov quiso probar si eso era cierto. Tenía que viajar a Sudamérica y decidió pasar por México. Pidió la visa y, efectivamente, se la dieron”.

En 1974, el periodista John Barron publicó su libro El trabajo secreto de los agentes secretos soviéticos, en el que atribuye a la KGB y a Nechiporenko la creación del MAR. Respetado por unos, el trabajo de Barron también ha sido señalado como material de propaganda de la CIA. En su libro, John B. Smith afirma que la agencia estadunidense proporcionó a Barron material para su obra.

Convertido en especialista sobre grupos terroristas y crimen organizado —temas sobre los que es entrevistado con frecuencia en medios de muchos países y sobre los que dicta conferencias—, Nechiporenko dice que a consecuencia del “golpe final” que le dio la CIA en 1971, ya no pudo tener misiones de largo plazo.

Aun así, fue enviado a Vietnam durante la guerra en ese país y una vez participó en el interrogatorio de un agente de la CIA capturado por los vietnamitas. Años más tarde, ayudó a los sandinistas a formar sus servicios especiales. Durante esas misiones, a menudo viajaba disfrazado y con pasaporte falso, “para despistar al enemigo”.

—¿Ha vuelto a México?

—Nunca, pero me encantaría hacerlo. Como dije al pie de la escalerilla del avión que me sacó del país: como México no hay dos.

Por ahora, Nechiporenko dice que comienza a sentirse como en el México en los años sesenta. Y es que, en el actual proceso de sucesión del presidente Putin, apunta, “Rusia ha comenzado a desarrollar esa fascinante tradición política priista: el tapadismo”.

La URSS no comulgaba con este tipo de movimientos armados ni con su ideología. Esto (la guerrilla MAR)se parece más a algo que hubieran planeado los chinos.”

Seguridad Espacial

Yuri Gagarin, el primer ser humano en ir al espacio, visitó la Ciudad de México en octubre del 1963. La rezidentura estuvo a cargo de su seguridad.

El fin de la misión

El 19 de marzo de 1971, Excélsior dio la noticia: cinco diplomáticos soviéticos eran expulsados por el gobierno de Echeverría. Entre ellos estaba el entonces espía, que había firmado las visas de presuntos guerrilleros.

Dos años antes del homicidio

Lee Harvey Oswald (izq.), junto a un oficial soviético encubierto, en 1961, en Minsk, Bielorrusia. En 1963, Oswald mataría, presuntamente, a Kennedy, dos meses después de pedir, en México, una visa de la URSS.

“Conspirólogo/Ex espía”

Nechiporenko, durante una reunión internacional sobre antiterrorismo celebrada en febrero del 93 cerca de Moscú. El coronel trabajó una década para la KGB en México.

Nazar y la CIA

Para Nechiporenko, Miguel Nazar Haro trabajaba para la CIA, la contraparte estadunidense de la KGB.

Nazar fue titular de la ahora desaparecida Dirección Federal de Seguridad (DFS), la agencia mexicana de inteligencia.

En 2004 fue detenido acusado de la desaparición del revolucionario Jesús Piedra Ibarra.

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