Alfredo Rangel Buendía, El Chicles, era estratega de avanzada, el hombre que calculaba riesgos, tiempos y movimientos en la ejecución de crímenes. Tras las rejas, describe sus operaciones y revela el conjunto de normas “morales” que rigen la conducta de estos sicarios, rivales del grupo delictivo conocido como La Familia
Por ser el estratega, expone a detalle la operación de Los Zetas. Asegura que nada tienen que ver con los secuestros y las ejecuciones perpetrados recientemente en el Distrito Federal e incluso justifica al grupo de sicarios: cree firmemente que mantienen una lucha parecida a la del gobierno federal en contra de la delincuencia, pues buscan la tranquilidad y el bienestar de las familias.
Alfredo Rangel Buendía desmenuza la planeación logística de la red armada que —bajo las órdenes del cártel del Golfo y por medio de tiroteos, plagios y asesinatos— se enfrenta a la organización criminal conocida como La Familia michoacana; extorsiona a empresarios o particulares; custodia y traslada droga y protege a sus propios miembros, mediante patrullajes y movilizaciones calculadas con precisión.
Universitario, estudiante aventajado, empresario destacado, el hombre que perdió un ojo y aún tiene las piernas heridas debido a la explosión de una granada —ocurrida en Reynosa, Tamaulipas, durante uno de los enfrentamientos más recientes contra agentes federales, en enero pasado—, ya no peina la zona de agresión.
El tamaulipeco de 42 años, conocido como El Chicles o El Licenciado fue detenido el 15 de agosto pasado en la Ciudad de México, en la colonia Del Valle, cuando en su calendario personal faltaba una semana para asesinar a los líderes de los sicarios rivales.
Desde la Subprocuraduría de Investigación Especializada en Delincuencia Organizada (SIEDO) revela detalles de la organización de Los Zetas, que conoce a fondo gracias a que se desempeñó como táctico de tiempos y movimientos para cada crimen.
En la frontera tamaulipeca destacó por su habilidad para traficar mercancía, saltando sin problema la aduana de Nuevo Laredo, y conocido como vendedor de autos. Por su talento, Alfredo Rangel Buendía fue emboscado y levantado, dice él que en 2006.
A la vuelta de dos años, reconoce a quienes lo atraparon y encerraron en un ropero durante medio año, según su propia narración. “Eran militares todos, gente del comandante Rey, que es de Monterrey. Ahí me tuvieron como seis meses escondido, en un clóset; me daban de comer de vez en cuando…”, recuerda.
Sus secuestradores “eran Zetas; yo entonces no los conocía, pero eran militares (…) me dijeron que estaba vendiendo carros y que estaba cruzando droga a Estados Unidos; yo les dije que no era cierto”. Y se enteró, dice, de que lo querían reclutar debido a su fama como controlador de los puentes aduanales de la frontera con Laredo. Así, afirma, lo “metieron a trabajar en la compañía”.
Hasta hace un mes, El Chicles era el táctico de avanzada en las plazas donde estaban sus objetivos criminales: ubicaba y estudiaba a las víctimas, el ambiente; trazaba rutas de llegada y escape, además de ensayar tiempos y movimientos, alternativas. Y, lo más importante: calculaba riesgos y tenía lista la organización de las acciones.
Con seis hermanos, El Chicles vivió la infancia entre la primaria y las calles, voceando periódico para completar el gasto familiar en Nuevo Laredo, Tamaulipas, donde pasó casi toda la vida.
Destacó en la escuela y cursó sin problemas la secundaria y la preparatoria, para llegar a la Universidad Autónoma de Tamaulipas, donde, faltando dos semestres para terminar, abandonó la licenciatura en administración de empresas, en la cual llevaba buen promedio de calificación, pero déficit de dinero. Volvió a trabajar y la habilidad lo hizo ascender.
“Empecé desde abajo (…) luego trabajé en una maquila. Trabajé seis años para General Motors, llegué al nivel de ingeniero en preplaneación”, asegura el estratega que fue detenido en la colonia Del Valle, de la Ciudad de México, a bordo de un auto de lujo y con un arsenal considerable.
En el trabajo, El Chicles descubrió que tenía facilidad para las transacciones comerciales y, sobre todo, para la organización de las operaciones.
Estas habilidades las trasladó al tráfico ilegal de mercancía en la aduana de Nuevo Laredo, Campo 1, donde comandó a diez personas hasta mecanizar el paso de tráilers con electrónicos, ropa, discos, licores y tabaco, ligados al transporte por conducto de tractores en Monterrey.
“Has de cuenta que uno se arregla con el fiscal, con los administradores… cobran cinco mil dólares por cada caja de tráiler (que no pase revisión)”, describe.
Se le conoció por tener una mente ordenada y sistemática… hasta que cometió un error: “Tenía conocimientos de la papelería de la aduana y se me hizo fácil hacer un requerimiento (de mercancía)… luego me pusieron el dedo y ya fui a la cárcel”, donde purgó una condena de 1997 a 2002.
Dentro del penal de La Loma, en Nuevo Laredo, siguió dirigiendo con su cuadrilla el tráfico de fayuca. Y los internos lo investigaron, a fin de conocer de cerca su método para organizar operaciones. Ya sereno, el sicario cuenta cómo fueron los últimos días en la cárcel.
“Me contactaron (Los Zetas) en el penal, ahí estaba el director, Edmundo Lizondo y Elizaldi. Como yo le hacía favores ahí en enfermería —sé de enfermería, y los atendía ahí a todos, me dijo: ‘Ahora, cuando salgas, ¿qué vas a hacer?’ Dije que yo nunca he sido malandrín ni nada; a mí me metieron de barbas a la cárcel. Él dijo: ‘Cuando se te ofrezca, esta es la clave’. Y de ahí empecé.”
Explica la nomenclatura: “Zetas son militares; L son locales (civiles) de Laredo. En Monterrey hay puros L. El bueno-bueno de Los Zetas es el comandante Lazcano: el Z-14. Luego de él sigue el 40 (Miguel Ángel Treviño Morales) y a él le reportaba directamente, entre Monterrey y Reynosa”.
Cuando él o alguno de sus subordinados tienen problemas con la justicia, hay un bufete de abogados en Matamoros, Tamaulipas, que envía a alguno de sus integrantes para representar al detenido. Los honorarios los “pagan los contadores”, el eslabón del dinero.
El detenido explica que los sueldos y el dinero para costear los gastos de las movilizaciones llegan en correos humanos con rostro, pero sin nombre. A él le pagaba El Conta, que se desplazaba desde Reynosa, se subía a su auto y le daba entre 20 mil y 40 mil pesos cada semana destinados a viáticos.
Si alguien desobedece las órdenes, recibe castigo. “Te vetan; te quedas esperando, sin nada (de operaciones especiales que cobran por separado). Nada más viviendo de tu sueldo”.
-¿Qué es disciplina para ti? –le interrogan en la SIEDO.
“Disciplina, para mí, es no meterme con la ciudadanía, seguir con las reglas, no pelear con los soldados, sólo controlar la ciudad. No robar.
“Por ejemplo, cuando hubo lo del chamaco que secuestraron (Fernando Martí), eso no hacemos. Aquel hombre (El 40) me dijo: ‘Éntrale con todo’. A uno, cuando lo meten a trabajar en la compañía, nos enseñan a tratar bien a la población civil, a corresponderle a la gente que lo necesita, a respetar la ley, a las autoridades de ambos rangos (civil y militar).”
-¿Qué sientes tú de ser un Zeta?
“Me siento… no le puedo llamar orgulloso, pero sí con la frente en alto, de que me inculcaron muchas cosas: desde principios hasta reglas ante la sociedad. Y, como ya tenía el poder, tengo que enseñarme a respetar a la gente que no está a mi nivel, como es la ciudadanía.”
Cuando fue detenido en la colonia Del Valle, el 15 de agosto, Alfredo Rangel Buendía llevaba un mes en el Distrito Federal. Comandaba a 30 sicarios que, según revela, están en Ecatepec, “con 20 equipos completos: fornituras, largas, cortas y cargadores”.
Su misión era pelear contra La Familia. Pasó una semana en un hotel, luego se fue a otro y después rentó un departamento en la colonia Del Valle. El día que lo detuvieron, en un auto de lujo viajaban él y su terapeuta.
“El objetivo eran El Chango Méndez y Nazario Moreno, alias El Loco (líderes de La Familia michoacana), por la situación que se está manejando ante la sociedad. Ellos son personas que están degollando, decapitando gente, mutilando; y le hacen creer a la sociedad que somos nosotros. Pero nosotros no nos mandamos solos para hacer esas cosas y no las podemos hacer”. Agrega que le faltaba una semana para cumplir su encomienda.
-¿Qué filosofía tiene el Zeta?, ¿cuál es su fin?
“Es ser disciplinado y leal a un mando” responde serio y sereno.
Afirma que las lecturas de rigor, al ser reclutado, son libros de sicología, historia universal e historia de México, además de algunas narraciones. Él prefiere Caballo de Troya, del periodista español Juan José Benítez.
-¿Tú crees que ser Zeta es bueno?
“De este lado creo que sí; de este lado.”
-¿Es mejor ser Zeta que estar bajo el imperio de la ley?
“Tenemos muy claro que nunca vamos a estar por arriba de la ley, nunca. Eso es ilógico.”
-¿Cómo te sientes anímicamente ahorita, tras tu detención?
“Me siento tranquilo, porque sabía que un día esto iba a suceder y creo que el día se llegó. Uno está preparado, creo que sabe uno en lo que anda y sabes que un día puedes caer y está preparado para enfrentar las cosas que vengan.”
Lo dice sereno. Explica que se desligó de su esposa y de sus hijos. Que está listo para su proceso.
Le preguntan qué piensa del gobierno mexicano y responde que, considera, está luchando para que haya la tranquilidad que merecen las familias mexicanas.
Y, con seguridad, agrega: “La corporación de Zetas también lucha para que a la gente necesitada le llegue algo; que siempre tenga algo qué disfrutar. No para traer (dinero consigo), sino para que también disfrute, por medio de un trabajo”.
Y cree que, de haber cumplido con el encargo de ejecutar a los líderes de La Familia michoacana, habría hecho un favor.
“La ciudadanía hubiera estado contenta de que ya no iba a haber más decapitados; nada de secuestros como los que están pasando últimamente aquí en la Ciudad de México”.
Y asegura que tenía un plan para después de acabar con los líderes de los sicarios rivales. Regresaría a Nuevo Laredo. A terminar su terapia de desintoxicación y sicológica. A hacer su vida. Su otra vida en la frontera.
La captura de un cerebro criminal:
1. El 15 de agosto de este año, en las inmediaciones de la colonia Del Valle, fue detenido Alfredo Rangel Buendía, alias El Chicles o El Licenciado o L-46, considerado uno de los principales operadores de Heriberto Lazcano Lazcano, El Lazca (identificado por la PGR como líder del grupo criminal conocido como Los Zetas), y de Miguel Ángel Treviño Morales, El 40 (uno de los jefes del cártel del Golfo); así como a seis de sus cómplices.
2. El pasado sábado 20 de septiembre, Rangel recibió auto de formal prisión por parte del juez quinto de distrito en materia penal en el estado de Jalisco, luego de considerarlo probable responsable de los delitos de delincuencia organizada en la hipótesis de cometer ilícitos contra la salud.
3. El día de la caída de Alfredo Rangel Buendía, los detenidos, el armamento, los vehículos y demás objetos asegurados fueron trasladados a las oficinas de la Subprocuraduría de Investigación Especializada en Delincuencia Organizada (SIEDO), en la Ciudad de México, para ser presentados ante el Agente del Ministerio Público.





