El Servicio Secreto, la DIPD y las policías judiciales del DF y la federal tienen la misma estirpe: “Era un mal necesario”, dice un ex sargento que pasó por tres de esas corporaciones. Esas dependencias, que han vuelto a la luz pública porque el sospechoso de haber secuestrado y asesinado a Fernando Martí trabajó para dos de ellas, son explicadas por un ex policía que añora la mano dura
Del Servicio Secreto pasó a la División de Investigaciones para la Prevención de la Delincuencia (DIPD) y terminó su carrera de policía como judicial de la Ciudad de México. Ahora vende chuchulucos en la puerta de su casa.
Si existe una descripción del policía típico, él la encarna: nunca mantiene la vista fija en un lugar, siempre mira hacia donde la persona con la que está hablando fija su atención por más de dos segundos, observa a la gente tratando de adivinar qué va a hacer en el siguiente instante. Da la impresión de ser desconfiado y siempre estar alerta.
Pero su cuerpo ya está cansado: tiene varias y notorias tasajeadas en el torso y el abdomen, de donde le sacaron balas de la delincuencia; su cabello es blanco y ya perdió la figura atlética de cuando estaba en el grupo 23 de robos de la DIPD, como se ve en la fotografía que prestó a Excélsior y que fue tomada en la última borrachera de ese grupo de dipos, en diciembre de 1982, días antes de que la corporación fuera borrada mediante un decretazo del presidente Miguel de la Madrid.
Es un policía de la vieja guardia, empírico, que aprendió a investigar caminando las calles de La Merced y a punta de mentadas de madre de sus superiores, insultos que tenían como respuesta un “¡Gracias, mi teniente!”. Supo qué calibre de bala era el que había matado a una persona metiendo los dedos en las perforaciones asesinas: el meñique era .22, el anular, .38, y el medio equivalía a .45. En la DIPD lo conocían como El Negro. Nada que ver con El Negro más célebre de la policía capitalina: Arturo Durazo, que la dirigió.
“Decían que yo era muy duro, pero así me enseñaron, y así tenía que ser.”
Este ex policía cuenta que una vez, en el hospital Rubén Leñero, un doctor le criticó sus métodos de vigilancia. “Cuando yo llegaba en la noche a los hospitales a custodiar a homicidas, rateros o lo que fuera, ¿sabes qué hacía? Los esposaba y los amarraba como momias. Cuántas veces no se les fugaron con el suero y la sangre. Yo no quería que me pasara eso, mejor los esposaba y los hacía un taco.
“Una noche un doctor me dijo: ‘Es usted muy inhumano.’ ‘Doctor, no se meta en mi trabajo, yo no me meto en el suyo; yo no le digo cómo curarlos.’ ‘Lo voy a reportar’, me dijo. ‘Adelante, señor.’”
Rogelio Cuervo Bautista, comandante de la DIPD, con clave Blanco 26, se apersonó en el hospital para recibir la queja contra su subalterno.
“¿Si al señor se le va el detenido usted se va a ir por él? ¿Lo consigamos a usted si se le fuga, doctor?... Entonces no se meta en su trabajo, él sabe cómo hacerlo”, cuenta El Negro que Cuervo Bautista le dijo al médico.
“Y sí, dicen que éramos muy duros, pero no se puede combatir el fuego con otra cosa, el fuego se combate con fuego”, argumenta el ex agente.
La DIPD desapareció el 14 de enero de 1983. El reguero de arbitrariedades que fueron perpetrando los policías que estaban a cargo de la Dirección General de Policía y Tránsito del Distrito Federal marcó negativamente, y hasta la fecha, la labor policiaca en la Ciudad de México.
La historia de terror uniformado en el DF no comenzó con la DIPD, en 1974, cuando el presidente Luis Echeverría la creó, bajo la tesis de que la institución antecesora —el Servicio Secreto, creado por decreto del presidente Manuel Ávila Camacho, en 1942— era anticonstitucional. Ya desde antes ese servicio tenía pésima fama.
Con la DIPD no se solucionó este problema, pues también resultó ser anticonstitucional, según Agustín Alanis Fuentes, procurador capitalino de la época.
Veinticinco años después de la desaparición de la DIPD, uno de sus ex integrantes, Sergio Humberto Ortiz Juárez, es señalado por la Procuraduría de Justicia del DF como jefe de la banda de plagiarios conocida como La Flor, que supuestamente secuestró y asesinó al joven Fernando Martí.
Lo que no dice Miguel Ángel Mancera (fiscal capitalino) ni nadie en la PGJDF es que Ortiz Juárez fue uno de los elementos de la DIPD que fueron puestos a disposición de la Policía Judicial el mismo día en que el general Ramón Mota Sánchez dio por concluidos los trabajos de la temida corporación, conocida como el Equipo Blanco.
Ese 14 de enero de 1983, mil 815 agentes de la DIPD fueron reubicados, se confundieron entre las filas de los judas —la Policía Judicial del DF— o entre los federicos —la Judicial Federal.
Jóse Vázquez, uno de los que está en la fotografía de la última borrachera y que era de los más cercanos a Arturo Durazo Moreno, recibió carta abierta para enviar a la Judicial Federal a quien él quisiera. “A mí me dijo: ‘Negro, ¿te quieres venir a la Federal?’, ‘No, Pepe.’ A mi pareja también se lo ofreció, para tampoco quiso”, recuerda el ex sargento 846.
Los agentes del Equipo Blanco estaban encargados de investigar homicidios, robos y secuestros. Patrullaban la capital del país vestidos de civil, a bordo de autos sin insignias que, si acaso, se distinguían por la antena de radio.
De acuerdo con reportes periodísticos de la época, tan pronto como se desmanteló la DIPD, los juzgados capitalinos recibieron una avalancha de consignaciones penales en contra de agentes, comandantes, mayores e inspectores de la agrupación, acusados de extorsión, torturas, robo o lesiones: lo mismo que combatían.
Entre las arbitrariedades documentadas de la DIPD, figuran usar autos sin placas y dar empleo como agentes y madrinas (ayudante golpeador de policía) a gente muy joven sin ninguna preparación. Uno de esos casos fue el de César Cornejo Olvera, de 20 años —agente 1219— y José Solís Briones, de 21 años, ayudante del primero.
El 25 de abril de 1979, el policía y su madrina asaltaron por el rumbo de Cien Metros a Tomás Meria Rodríguez. Le quitaron 39 mil pesos, lo golpearon y lo llevaron a la central camionera para que dejara la ciudad.
Lo único que el ex sargento 846 no ha perdido en estos años es el orgullo de haber sido policía. Cuando habla, parece que cuenta los capítulos de una novela.
“La DIPD y el Servicio Secreto eran muy duros, pero con los delincuentes, no con las víctimas. En la DIPD y el Servicio Secreto había gente que se dedicaba a trabajar, hasta llegaron reconocimientos internacionales”. Tiempos para añorar, porque hoy El Negro anda “sobremuriendo” con una pensión que invierte en los dulces que vende.
—¿Pero los de la DIPD tenían la fama de ser muy cabrones?
—No es que fuera así, es que se necesita ser así.
La DIPD estaba compuesta por 23 grupos, tres de ellos —el 8, 11 y 17— eran de homicidios, departamento mejor conocido entre los agentes como “carnes frías”, y el de autos, entonces comandado por Sergio Mariscal Ortega, considerado como uno de los grandes investigadores en hurto de vehículos, capaz, dicen, de detectar con el tacto si un coche había sido doblado, es decir, robado.
Cuenta que su grupo, el 23, el día veintitrés de cada mes se hacía cargo de la guardia general de la ciudad, de las ocho de la mañana a las ocho de la mañana del día siguiente.
“Había veces que llegaba la gente a denunciar un asalto y el comandante me decía: ‘A ver, Negro, llévate cuatro, cinco agentes, y a ver si los agarras’. Un rato después los agarrábamos. A veces todavía no denunciaban y ya los teníamos detenidos.”
Recuerda que toda su vida trabajó en La Merced, al lado de los agentes Jesús Ortega Aguirre y Quiroz Garduño. “Pero para trabajar La Merced se debe conocer a los bandidos, conocer a sus esposas, a sus hijos, dónde vivían, dónde roban, a qué hora robaban, todo. Entonces, así, todo estaba controlado”.
Las formas que los agentes de la DIPD utilizaban para presionar a sus detenidos —muchos de ellos, inocentes— son legendarias.
Al cierre de los separos de la corporación en la Jefatura de Policía, en Tlaxcoaque, en el centro de la Ciudad de México, quedaron al descubierto muchas de las cosas que se hacían en esos sótanos.
Cuentan policías de la época que había una práctica, casi ritual, que se cumplía sin falta y sin demora todos los días a las cuatro de la madrugada. Era la “hora vapor”. Consistía en la apertura de una llave de una tubería, por donde salía agua fría y por la cual debían desfilar todos los arrestados, desnudos.
Los agentes de la DIPD eran de los principales consumidores de algodones y vendas. Esos instrumentos médicos les ayudaban a no dejar huellas en las muñecas y en los ojos de las personas que interrogaban, de tal suerte que cuando el detenido llegaba ante un juez y denunciaba haber sido maltratado por los policías, el juzgador no podía encontrar huellas de tortura.
El Negro rememora que “antes teníamos 72 horas para investigar a una persona que no tenía con qué identificarse. Todos tenían la obligación de traer con qué identificarse y decir dónde trabajaban. ¿Que no? ¡Pa’dentro, cabrón!, sujeto a investigación. ¿Que te encontraban mota, coca, lo que fuera? ¡Sujeto a investigación! ¿Un arma?, igual, sujeto a investigación.
“Yo quiero que me digas qué miedo le tienen a la policía ahora, qué respeto. Se bajan los judiciales, los federales o la policía que sea y (los sospechosos) se ríen: ‘Je je je, pues si quiere, lléveme’. Antes sacabas el bate —yo traía un batecito así, como de medio metro— y cuatro (golpes) en el lomo, chingue a su madre, cuatro, a mí me respeta, hijo de su puta madre, y pa’dentro.
“Eso es lo que hace falta. Ya nos rebasaron los delincuentes. Yo quiero que te des una vuelta por la Secundaria 4, para que veas. Se te pone el cuero de gallina: gente vendiendo droga afuera de la escuela, las escuinclas activando (inhalando cemento) o chupando. No puede ser posible, debe haber una mano más dura, firme. ¿Pero cómo puede ser? Nombrando a un jefe que sea policía, que sepa qué es un servicio de crucero, que pueda mandar, que sepa interrogar... Pero cómo lo van a hacer si ponen a un licenciado...”
El Negro recuerda que en la DIPD trabajaba un teniente que medía como 1.90 metros y que tenía un genio de la patada. Y que un día por la radio reportaron un homicidio en un hotel de Peralvillo. “Control de radio me manda al homicidio, y escucho que iba también el teniente sesenta y tantos. Ese teniente era del octavo grupo de homicidios, que comandaba Mendoza Guillén. Era muy estricto, muy duro, trabajaba solo. Pero era muy bueno, eficiente, muy inconforme y quisquilloso. Le gustaban las cosas muy bien hechas.
“Cuando llego subo a la habitación y la cierro. No dejo pasar a nadie porque al teniente le molestaba sobremanera que pasaran preventivos o cualquier otra persona, y llega el teniente.
“Y me pregunta: ‘¿Quién ha pasado, Negro?’ ‘Nadie, mi teniente’. Abre la puerta y está unos ocho o diez minutos de pie viendo la habitación, las paredes, la alfombra, los muebles... De repente se pone en cuclillas y empieza a ver el cadáver, como midiendo cuánto había de la puerta al cuerpo, y de repente empieza a caminar, pero no nada más así, sino que va marcando cada paso, como buscando algo, hasta que llega al cadáver, y lo empieza a observar, y de repente le agarra la mano y le empieza a revisar las uñas, y saca un cerillo —me acuerdo porque usaba cerillos de madera—, le abre un ojo y le pone el cerillo encendido para ver si tenía un hálito de vida, pero ya no.
“De repente agarra la ropa y la empieza a oler, le empieza a sobar las manos, agarra los zapatos de la difunta y los empieza a ver, los deja; le empieza a limpiar el maquillaje, le sube la blusa y le mira el estómago. Y toma nota.
“En eso voltea y me dice: ‘¡Venga, don pendejo!’, ‘¡Sí señor, ordéneme! ‘Explíqueme por qué hice esto’, ‘No sé’, ‘Mire, don güey, le revisé las manos porque hay veces que entre las uñas, si se defiende y rasguña, se trae pedazos de piel del agresor; le revisé el estómago para ver si le habían hecho cesárea o si se inyecta droga en el estómago o los brazos; le olí la ropa... venga, don pendejo…’, ‘Sí señor, aquí estoy’, ‘Huélale, ¿a qué huele?’ ‘Es un perfume fuerte, dulzón’, ‘A ver, vea este zapato...’ Ya no sabía qué contestar. ‘Pues sí, señor, es un zapato negro...’ ‘No sea pendejo, no sea güey...’ Agarra el zapato y me enseña el tacón: ‘Mire, está flojo: es de bailar. Esta muchacha es del talón (prostituta). Nada más para eso lo llamé, para que se le quite…’.”
Después de aquella lección, El Negro tuvo que decirle a aquel superior “¡Gracias, mi teniente!”, porque los agentes de antes, recuerda, eran muy envidiosos, no enseñaban a nadie.
“Aquellos grandes investigadores me enseñaban cosas que los policías de hoy no saben. Hay policías judiciales que van a un homicidio y no saben ni tomar una descripción del cadáver”, dice el ex dipo.
Con los muertos a balazos, El Negro también tiene cosas que contar.
En una ocasión, en las calles de Antonio Solís y 5 de Febrero mataron a dos hermanos. El Negro escuchó que iban el comandante del octavo grupo, Mendoza Guillén, y el temible teniente.
“Llego al lugar, y ya me había dado tantas regañadas que no quise dejar nada a la suerte. Recordé que me había dicho ‘Éste es un balazo .22, éste es .38 y éste es un .45’ sólo con el grosor de sus dedos. ‘Hay que meterle los dedos al cadáver’”, me decía.
“Estaba lloviznando, entonces que le subo la playera a uno de los cadáveres y le empiezo a lavar el pecho, porque ya había sangre coagulada. Entonces le meto el dedo: éste no le entra, éste tampoco... entonces era .22, sí, le entró bien.
“Al rato llega el viejo. ‘¿Qué heridas presentan los cadáveres?’ ‘Éste presenta dos heridas de arma de fuego, al parecer calibre .22’. ‘Usted no es perito, hijo de la chingada, por qué asegura cosas que no puede sostener.’ ‘Al parecer es calibre .22’ y le enseñé el dedo: ‘.22, jefe’. ‘Está bien’... Era para mí un gran orgullo, una satisfacción servir.”
El nivel de detenciones arbitrarias que hacían los agentes de la DIPD era altísimo. De acuerdo con datos del Ministerio Público (MP) de la trigésima agencia investigadora, que operaba en la sede de la corporación, en Tlaxcoaque, un promedio de 60 de cada 100 personas de las que en promedio los dipos ponían a disposición eran consignadas ante un juez penal; 20 eran enviadas a otras agencias y 20 quedaban en libertad.
El 14 de septiembre de 1980, el agente del MP Mario Enríquez declaró que fueron infinidad de veces las que los agentes declaraban que el detenido había sido capturado un día antes, pero resultaba que los sospechosos aseguraban llevar ocho días en los separos de la dependencia.
Las mazmorras de la DIPD eran, de acuerdo con las imágenes de la época, lugares más parecidos a un basurero que a una cárcel.
Pero los actos irregulares no sólo iban en contra de la ciudadanía. El vicio estaba enquistado dentro de la DIPD.
Carlos Marín documentó en la revista Proceso, en mayo de 1980, una serie de actos de corrupción entre los mismos policías.
Uno de ellos era el descuento de dos pesos “para ayuda a los familiares” de los dipos muertos. Durante un tiempo se hicieron públicos los nombres de los fallecidos, pero luego se mantuvo el descuento sin saber a ciencia cierta cuántos ni quiénes eran los difuntos, aunque se suponía que ésa era una prestación que hacía el gobierno de la Ciudad de México y el seguro de vida policiaco.
Otra perla que encontró Marín fue la caja de ahorros. Sin ningún tipo de consulta, a cada uno de los agentes les descontaban 187 pesos quincenales y los dividendos. Decían que eran para casas y deportivos que, en realidad, debía construir el Departamento del Distrito Federal.
A los agentes de la DIPD les incrementaban varias veces el valor de las pistolas de cargo, unas Smith & Wesson calibre .38 especial. En el mercado al mayoreo, como las compraba el gobierno, el precio era de unos cuatro mil pesos, pero a los policías se las vendían en 20 mil 950 pesos.
Las placas y los nombramientos se podían negociar. Una plaza de motociclista se cotizaba por encima de 100 mil pesos; los cruceros de las calles eran vendidos como propiedad privada de los jefes, en 25 mil pesos, más una cuenta diaria de 200. Hasta los escudos se negociaban entre 75 y 150 pesos.
El Negro dice que al desintegrarse la DIPD prefirió quedarse con la Policía Judicial del DF por miedo a lo desconocido.
“En la jefatura encontrabas apoyo, compañerismo. Cuando mataban a un compañero todos estábamos sobres. En una ocasión, una madrugada, me asignan el (sector) 7 norte, de Eduardo Molina hasta la carretera a Puebla, y el 6 norte era para acá. Entonces la ciudad estaba dividida en diez sectores.
“Entonces empezamos a velar y mi compadre me dice: ‘Cuando oigas una emergencia en mi sector, ven a auxiliarme, y si yo oigo una en el tuyo, te apoyo’. Serían como las tres de la mañana, andaba por el Barba Azul, sobre los asaltantes de borrachitos que salían de los cabarets, cuando oigo una emergencia en Calzada de Guadalupe, era una joyería en mi sector, estaban haciendo un boquete; yo soy de ese barrio y sabía que era cierto.
“Cuando llego a la glorieta de Peralvillo, escucho por la radio que mi cuate, que iba a apoyarme, ya está en el lugar. Cuando llego a La Villa oigo: ‘Mataron a mi compañero, se está desangrando.’ Cuando llegué, mi compadre venía bajando y se estaba agarrando el cuello. La sangre le brotaba. Le dio aquí, en la yugular, no alcanzó a bajar. En eso que llega el comandante Cuervo Bautista y la ambulancia. Y el comandante ordena que lo metamos a la ambulancia: ‘El MP va a tardar dos horas, no lo vamos a dejar aquí tirado, vamos a decir que murió en la ambulancia.’ Pero ese tiro era para mí, esa emergencia era para mí, pero él llegó antes y se metió al edificio, y cuando se asomó le dieron el tiro. Eso pasó hace más de 30 años, pero cada vez que paso por ahí, que ahora es una estancia infantil, me persino, porque ese balazo era para mí”.
Otro pasaje con ese mismo sello sucedió cuando uno de sus compañeros, que trataba de ligarse a una mesera del Sanborns de Reforma y El Ángel, fue informado por ella de que todas las madrugadas llegaban al restaurante cuatro hombres armados. Esa madrugada, él fue al lugar y ellos mataron al policía.
“Anduvimos buscando a los asesinos por la embajada (de Estados Unidos), y que encontramos a uno debajo de un carro y que se le dispara. ‘¿Que quién fue?’ ‘Sabe, ya lo encontramos así, herido.’ Lo llevaron al hospital Rubén Leñero. Me mandaron a cuidarlo como dos veces, yo agarraba una silla, me la ponía al revés y lo miraba: mató a mi compadre. Estaba muy grave, pero no se moría, estuve tentado a arrancarle las cosas esas, pero no pude, y sí lo hubiera hecho. Se salvó el hijo de su puta...”
Arturo Durazo Moreno, general encumbrado por el presidente López Portillo, fue uno de los hombres que, según analistas, más daño ha hecho al quehacer policiaco en la Ciudad de México.
En julio de 1981, Durazo mandó matar a 12 personas presas en el penal de Santa Martha Acatitla. El grupo 15, comandado por Rodolfo Reséndiz Rodríguez, El Rudy, se encargó de la ejecución, conocida como la masacre del río Tula.
Una madrina de la DIPD, Jorge Arias Ángeles, fue quien delató a su cuñado y a sus amigos colombianos, que llevaban dinero, alhajas, aparatos electrónicos y droga a su casa, en la calle de Costa Rica número 83 departamento 506, colonia Morelos. Esos fueron los hombres asesinados por los dipos.
El jefe de Arias, Raúl Chávez Trejo, informó sobre el hallazgo de su madrina a Francisco Sahagún Baca, director de la DIPD y hombre fuerte de Durazo. El jefe policiaco comisionó a El Rudy para perpetrar el multihomicidio.
Sin embargo, medio año después —a partir del 14 de enero de 1982— los cadáveres fueron emergiendo del río Tula, como claraboyas.
Las investigaciones aclararon que el caso Tula se trató del tráfico de cocaína que se realizaba en los centros nocturnos de la capital, en el que eran utilizados como distribuidores choferes de taxi y algunos extranjeros.
En un principio, el escándalo por el caso del río Tula fue mayúsculo, pero después se fue desvaneciendo. López Portillo estaba a punto de terminar su sexenio y Durazo siguió como jefe de la policía del DF. Hasta que De la Madrid, a principios de su administración (1 de diciembre de 1982) acabó con la DIPD, pero no hizo nada contra Durazo Moreno y Sahagún Baca, que oficialmente murió, aunque hay quien asegura que anda por Zamora, Michoacán, vendiendo autos usados de origen estadounidense, que son de contrabando.
“El descrédito llegó con Durazo, porque cuando estuvieron Jorge Obregón Lima y Rocha Cordero, grandes investigadores, lo único que hicieron fue darle lustre a la jefatura de policía”, dice El Negro.
“Yo recuerdo que el 14, 15 de diciembre de cada año, salía la razia especial en la jefatura. Delincuente conocido, aunque no estuviera delinquiendo, pa’rriba, y salía hasta el 7 de enero. Y se evitaban muchas cosas. Razia especial. Delincuente conocido: fardero, retintero, punga, zorrero, cortinero, chicharrero, tirador, piñero, tumbador, pa’dentro, y la ciudad estaba más tranquila.
“En aquella época, si una patrulla veía a unos viciosos activando, ‘venga, hijo de su pinche madre…’ al cívico, 36 horas. Ahora ahí andan, cansado está uno de ver a las escuinclas de secundaria activando; no puede ser posible, a dónde vamos a llegar. Vamos a ponerle un alto, si sus padres no pueden, no quieren o no saben ponerles un alto, pues que la autoridad se los ponga”, dice este ex sargento y ex judicial. “Fue una época que ya pasó. Ahora no sé cómo vayan a controlar a la delincuencia, porque ya nos rebasó”.




