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A diferencia de lo que ocurre en las escuelas urbanas, en el ámbito rural los profesores tienen posibilidad de conocer la dinámica familiar de los alumnos.Las clases en Comala no terminan cuando suena la campana. Aun después del horario escolar, los niños buscan a Mateo para estudiar o salir a jugar.Fotos: Miriam Sánchez
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15-Mayo-2008

Crónica: Un mejor futuro cuesta 50 pesos

Lilian Hernández

Mateo Martínez Chale es uno de los 39 mil 606 instructores del Consejo Nacional de Fomento Educativo

COMALA, Hgo. Mateo Martínez Chale es uno de los 39 mil 606 instructores del Consejo Nacional de Fomento Educativo (Conafe), pero en Comala es “el maestro”.

Aunque a sus 24 años de edad no tiene una larga trayectoria en el magisterio, es un profesor de tiempo completo que gana 50 pesos al día y disfruta ver cómo sus alumnos aprenden lo que les explica en clases.

Para el Día del Maestro piensa festejar dando clases. En sus planes no está el típico “puente”, porque prefiere estar con sus niños, que son como su familia.

“Vamos a dar clase, aunque el calendario escolar lo marque como suspensión de actividades, porque es mejor estar con los niños, que ver cómo transcurre el tiempo.”

A 26 kilómetros de Huejutla, Hidalgo, en pleno corazón de la Huasteca, Comala, donde apenas viven 118 personas, es la comunidad donde Mateo se ha convertido en el profesor y amigo de sus alumnos.

Para llegar a la escuela, el profesor Mateo no tiene que tomar camión, ni recorrer kilómetros de terracería, lo único que hace es salir del cuarto donde vive y caminar cerca de 15 metros hasta la campana que está afuera del salón de clases.

Aquí adaptó su nuevo hogar, en un cuarto que no rebasa los 20 metros cuadrados y que comparte con otros dos instructores del Conafe, Jaime y Marco Antonio.

En esta pequeña vivienda, su catre está pegado a la única ventana que hay. El techo de lámina está separado de las paredes por un espacio cercano a los 30 centímetros, espacio que en temporada invernal representa un problema.

En el cuarto hay un vaso de plástico donde estaba un ciempiés vivo. “Es para la case de ciencias naturales. Les explicamos a los niños sobre los animales que hay en su comunidad, cuáles son peligrosos y cuáles no hacen daño”, indicó el instructor de 24 años.

Entrevistado por Excélsiordurante la media hora del recreo, Mateo confesó que ser profesor no es nada fácil, pero tampoco imposible, siempre y cuando haya paciencia y se disfrute ver cómo los niños aprenden lo que les enseña.

“Al principio no me la creía, pero cuando los niños aprendían lo que les decía en la clase, es bonito ver cómo escriben lo que les indico; eso me sorprendió mucho.”

Esta vocación de enseñar no sólo vino por amor al arte. En un inicio lo hizo para obtener un empleo que después de un año trabajado representará un apoyo económico de mil 500 pesos mensuales que le permitirán continuar sus estudios a nivelsuperior.

Si bien el dinero que recibe al mes le ayuda a su manutención, lo más valioso es la experiencia que ha adquirido y el cariño que a diario le manifiestan sus alumnos.

“Cuando inició el ciclo escolar no me sentía el maestro. El primer día de clases me temblaban las piernas y no me sentía seguro para responder las preguntas de los niños”, relató el profesor de la huasteca hidalguense. Pero se puso la camiseta, porque se dio cuenta de que era importante mostrarse a sí mismo la capacidad de enseñar y dar confianza a los pequeños.

“Cuando llegué a Comala, los niños me vieron con cierta temor, lo cual para mí también fue complicado, porque estar frente a grupo impone, pero ahora la relación con ellos es tan estrecha que después de clases, ya sea por la tarde o antes del anochecer, juego con ellos, caminamos por el cerro y me platican leyendas de su comunidad”, relató Mateo, quien dejó su casa para integrarse a esta comunidad marginada.

Hoy disfruta que todos los alumnos le digan “maestro, maestro” y aseguró que además de sentirse orgulloso, es importante familiarizarse con ellos.

A diferencia de un maestro de ciudad, consideró que el de una comunidad conoce mejor a sus estudiantes. “Aquí estoy en contacto todo el día con ellos, sé cómo viven, cuáles son sus condiciones económicas y familiares, además de que me relaciono con su forma de hablar y con sus tradiciones; en cambio, en la ciudad los profesores no se interesan en eso”, enfatiza, mientras su alumno Pedro se le trepa por la espalda.

Aunque las clases concluyen a las 13:30 horas, la labor docente de Mateo no termina ahí. Los niños viven tan cerca de su casa, que hasta para hacer la tarea lo van a buscar, pero también acuden a él para jugar o recorrer el cerro.

Para el profesor Mateo el sistema multigrado no representa complicaciones, el problema más recurrente es que no hacen la tarea. “Pasa muy seguido porque aquí no cuentan con el apoyo de sus papás. No les dedican tiempo ni para jugar o preguntarles qué tienen de tarea, pero esa es parte de mi labor”, subrayó.

Para tratar de remediar este punto, en vez de ponerles recados para sus papás, visita las casas para platicar con ellos, a fin de involucrarlos en la educación de sus pequeños.

También organiza juntas, pero no sólo para informarles sobre su rendimiento académico, sino también para pedirles que no los descuiden, aunque lleguen muy tarde de la milpa.

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