Germán Martínez Cázares aplicó en el patio del Senado de la República la máxima callejera infantil de parque
Germán Martínez Cázares aplicó en el patio del Senado de la República la máxima callejera infantil de parque: liga, ligazo, patada o manazo, aunque no faltó quien dijera que la estrategia del líder del PAN, ayer en el primer día de los 71 que tendrá el debate sobre la reforma petrolera, fue la de patada y trompón.
Con su discurso, Martínez no sólo dejó ver que su partido y, por tanto, su compadre, el presidente Felipe Calderón, no están dispuestos a modificar su posición en una reforma legal que permita a Pemex aceptar la participación de capital privado, sino que no hay manera de conciliar su posición con la del PRI y la del PRD, que refrendaron un tajante “¡No a la privatización!”
Como para subrayar lo irreconciliable de la postura del partido gobernante con sus opositores, Martínez no escatimó calificativos para sus oponentes.
No dijo directamente a quién llamaba “teólogos del petróleo” o “pontífices del petróleo”, pero los trazos que dio el líder del partido blanquiazul fueron suficientes para imaginarse un retrato hablado de Andrés Manuel López Obrador y sus seguidores, unidos en el llamado movimiento en defensa del petróleo, como los destinatarios de esos adjetivos.
Sobre todo cuando se refirió a que “el falso nacionalismo como ideología se inventa enemigos… fantasías… conspiraciones… complots…” y califica de “conservadora” la postura contraria porque “no propone nada, no busca nada”, y remató que “desde ese vacío, durante más de dos meses sólo se escucha un eco de resentimiento por la derrota electoral del 2006”.
Ese duro discurso, a veces belicoso, parece no haber abonado a la causa oficial para llevar a buen puerto la iniciativa que Calderón presentó el 7 de abril, pues después de la primera parte del debate, el dirigente nacional del PAN podría haber cometido una falla de cálculo: dejó la arena a sus oponentes, dejó el debate. Ya no escuchó a los detractores de la iniciativa presidencial.
Para acabar pronto, se quedó sin padrino la postura oficial de querer hacer de Pemex “un instrumento efectivo del desarrollo del país”, y comparar a la paraestatal, si se cumple el objetivo de una reforma como la plantea el gobierno, con empresas como Petrobras y Statoil, donde la iniciativa privada participa.
Germán Martínez Cázares, como en los mejores tiempos del priiato, seguido de un grupo de legisladores, encabezados por Santiago Creel, abandonó la sede del Senado de la República, justo después del receso y luego de que Cuauhtémoc Cárdenas metiera al panista en terrenos de técnica petrolera, con un toque de ironía, característica del ingeniero, cuando el tema eran los contratos de riesgo.
“Efectivamente no está previsto en las iniciativas que recibió el Senado que se pague a un contratista con barriles de petróleo, no habría de esperar que el contratista formara sus pipas para recibir el pago, pero lo cierto es que sí están vinculados estos contratos al desempeño”, reviró Cárdenas a Martínez, que ya en su réplica ni “pío” dijo.
Cuando se preguntó a la diputada panista Pilar Ortega por qué se había ido su líder, sostuvo que “tenía una entrevista de radio”.
El senador Rubén Camarillo sostuvo que el líder panista se retiró “por razones de agenda”, pues hace tiempo había concertado una cita con gente del extranjero.
En la sede nacional del PAN confirmaron que ni en la agenda del partido ni de Martínez había alguna reunión de esa clase.
En el debate el PRD no tuvo una voz formal, aunque por un lado estuvo la del ingeniero Cárdenas, y por otro José Agustín Ortiz Pinchetti, la voz reciclada de López Obrador.
Después de más de cuatro horas de debate, sin plantear ninguna propuesta nueva, destacó que las posiciones de las principales fuerzas políticas, las del PAN, PRI y PRD, que tienen en su poder la posibilidad de legislar, son las mismas de siempre.
Es decir que en este inicio de debate no hubo nada nuevo.
Es más, en el sillerío instalado en el patio de la vieja casona de Xicoténcatl, hubo más de uno que se aventuró a decir que este debate más bien era un circo, porque dentro de 71 días la nota va a ser que los convencidos de la reforma seguirán tan convencidos como antes y los opositores tan en contra como siempre.




