WASHINGTON.— Barack Obama saboreó nuevamente su bebida y alzó el vaso como quien busca un brindis. Y dirigiéndose al presidente Felipe Calderón, confesó: “¡Me encanta el agua de jamaica, es mi preferida!”.
El mandatario electo estadunidense sonreía. En señal de concentrada atención a las palabras del mexicano, se llevaba el dedo índice de la mano derecha encima de los labios.
Fue entonces que hablaron en privado de las preocupaciones comunes. Una cucharada de sopa de tortilla y la necesidad de afinar los esfuerzos comunes frente al narcotráfico. Después el lenguado al cilantro, para el mexicano, y la arrachera costeña para el político demócrata, y sus puntos de vista aún no convergentes del Tratado de Libre Comercio.
Ahí donde décadas atrás hubo un mural que recreó al Popol Vuh con un hombre surgido de una mazorca imágenes del fino pincel de Roberto Cueva del Río, y tapadas con brocha gorda en el sexenio de Miguel Alemán, a fin de evitar que el presidente Truman se escandalizara, este lunes Calderón buscó endulzar las dificultades bilaterales con una crema de coco que selló el menú preparado para este almuerzo de 70 minutos.
Y si bien el futuro gobernante hizo saber hacia la tarde, a través de su vocero, que quiere “mejorar” el TLC, sin precisar si esto significa darle gusto a los opositores al libre comercio norteamericano, el postre mexicano alcanzó al menos para edulcorar los pronunciamientos ventilados conjuntamente ante la prensa, en la biblioteca Matías Romero.
Porque en esa comparecencia amenizada por el incesante registro de las cámaras, el ex senador por Illinois puso el acento en las coincidencias en seguridad y en la cooperación para sortear la decaída economía estadunidense.
Fue elogioso, describiéndose como un admirador de Calderón por su plan anticrisis, sus propuestas en contra del cambio climático y su valentía frente al crimen organizado.
Nadie pidió ni reclamó nada. No hubo estómago ni menú para incluir aquella enchilada foxista que arreglaría el asunto migratorio. Por el contrario, el Presidente mexicano se cuidó de no tocar el tema en esta comparecencia frente a los medios de comunicación.
Once minutos duró esta exposición de imágenes que inicialmente se limitaría a unos segundos de apretones de mano.
Y hubo más que eso, particularmente del hombre que hoy tiene las miradas del orbe sobre sus manos, siempre entrelazadas hacia adelante, pero efusivamente abiertas para tocar base en dos ocasiones sobre el hombro izquierdo del mexicano, inmediatamente después del saludo, como subrayando el acercamiento.
El gesto se repetiría minutos más tarde, durante el recorrido entre las 29 piezas maestras del arte mexicano resguardadas en esta sede que hasta 1989 fue la embajada, la mejor de la zona, como lo buscó en su tiempo Plutarco Elías Calles para demostrarle a los estadunidenses la prioridad que le daba a este nexo de vecinos.
Margarita Zavala iba tres pasos atrás, con un destacado collar de plata, mientras el mandatario mostraba al visitante la cabeza de serpiente con fauces abiertas de la cultura maya.
Obama se interesó por Vista de volcanes, de José María Velasco, y soltó un par de sonrisas de gozo frente los dos de Rufino Tamayo, Retrato de Olga y Sandías.
En actitud de guía, Calderón no pudo evitar el rostro de predilección por Vendimia de flores, de Diego Rivera, y en seguida ofrecer detalles de las implicaciones humanas contenidas en La columna rota, de Frida Kahlo.
Ya para redondear la muestra de plástica mexicana, Calderón regaló al futuro huésped de la Casa Blanca un atril de Olinalá, para abonar la tradición del sexenio de darle mundo a la artesanía de su natal Michoacán. Y dentro, un libro de Palacio Nacional.
Sabedor de que los podrán separar los eternos pendientes de la agenda bilateral, pero nunca el disfrute de la literatura, Obama le obsequió al mexicano un libro de los poetas Emerson y Whitman.
Pero sobre todo, el presidente electo le entregó a Calderón la deferencia íntima de ese brindis agridulce con agua de jamaica, subrayado por el señalamiento de que ambos tienen varias cosas comunes, tan personales como determinantes en el ejercicio de gobernar. Y es que, recordó, que los dos se casaron el mismo año y lo hicieron con mujeres abogadas que siempre los saben defender.





