Especialista explica la sique de los delincuentes y la moral que los rige para involucarar a parientes en actos ilícitos
El secuestro se ha convertido en una familia depredando a otra. Si bien en el pasado el perfil de los secuestradores implicaba un alto porcentaje de varones, ahora, cada vez es más común encontrar familias enteras involucradas en los plagios. Así, colaboran en el crimen hombres, personas de la tercera edad, jóvenes y hasta adolescentes o niños. Anabell Pagaza Arroyo, sicoanalista y terapeuta, miembro de Pro rescate, institución que facilita apoyo sicológico a víctimas del secuestro, explica las causas que han permitido que las familias pierdan sus valores y se dediquen unidas al crimen.
“Al romperse los límites de la ética y la moral, sus hijos van creciendo como si el crimen tuviera una justificación buena”. El tipo de justificaciones que los plagiarios dan a sus hijos es así: “Ellos (las víctimas) tienen mucho dinero y no han vivido como nosotros la pobreza, por eso les quitamos su plata”. La víctima, ahonda Pagaza, se vuelve “el malo” y los delincuentes sólo sienten como que están resarciendo el mal que sobre ellos ha caído antes. Mal educan a sus hijos con una falsa moral: “Tú pégale primero, antes que te peguen!, por ejemplo, o “si trae tres chamarras, quítale una, al cabo no le hace falta”. Bajo esta lógica, donde el otro merece un castigo, los delincuentes justifican sus acciones. “Convierten moral un acto delictivo.
Es así que invitan a toda la familia a delinquir, porque le quitan el carácter de malo a sus acciones”. La también coordinadora de posgrados de la Universidad Intercontinental asegura haber escuchado a un secuestrador decir que con el dinero obtenido por un plagio, iba a comprar una casa para su abuelita. “Manejan una lógica aparte. Incluso la vertiente espiritual y religiosa adopta un papel muy relevante en los plagiarios, quienes son a veces muy devotos de la Virgen de Guadalupe, o de la Santa Muerte. “Esto significa que no hay conciencia de la ética y el problema tiene su origen en generaciones atrás, donde un acto malo tiene una justificación buena”. Son en general, define la especialista, familias con un grado alto de maltrato, pero que siempre justifican: “Le pego a tu mamá para que no se salga a la calle”.
Hay un caso de una familia de secuestradores que tenía personas en jaulas ante un niño de seis años. En una situación así, analiza Anabell Pagaza, le dicen los mayores al infante: “Los tenemos aquí porque tienen dinero, para que nos den algo, porque tienen mucho”. El vínculo con los demás es a través del uso y de la obtención de ganancias, y es sin culpas, porque queda justificada la acción”. La banda de secuestradores recién detenida, apodada Los Benítez —que violaban y mutilaban— implicaba un importante número de familiares coludidos: Juan Carlos Arista Benítez, Matías Benítez Albiter, Édgar Jaramillo Benítez, Nicolás Benítez Benítez, Froylán Benítez Benítez, a su vez emparentados con los Coria: Lázaro Coria Sánchez y Alfonso Coria García, Gustavo Coria Sánchez, Paulino Coria Sánchez y Artemio Coria Sánchez.
Todos fueron detenidos en Toluca, Estado de México. Los Montante son otro ejemplo. Esa familia se organizó en 1998 como banda dedicada al secuestro bajo las órdenes de Samuel García Montante, quien integró a sus cuatro hermanos y una cuñada en sus crímenes. Esa cuñada es María Catalina Arroyo Bucio, quien sirvió de contacto para que aprendieran ese “negocio” todos sus hermanos, los secuestradores Arroyo Bucio. La familia de Daniel Arizmendi López, El Mochaorejas, ejemplifica también la degradación ética de varios integrantes de una familia. Fueron detenidos junto con él: Daniel Arizmendi Arias, María de Lourdes Arias García, Daniel Vanegas Martínez, Dulce Paz Vanegas Martínez, Verónica Jaramillo Saldaña, Eustaquia Martínez Ramírez y Jacqueline Andrea Cruz Ríos. La familia Carreto, que raptaba jóvenes para prostituirlas, era dirigida por Consuelo Tomasa Carreto Valencia, la madre de los plagiarios y proxenetas Gerardo y Josué Flores Carreto, y en tal organización delictiva también participaron un tío y varios primos.
Largas terapias No obtante, hay vida después de un plagio. En cuanto a los familiares de los secuestrados, Anabell Pagaza —también vicepresidenta de Atención a Víctimas del Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia Penal— expone que el impacto les da de lleno y repercute en todos los miembros, pero también en amigos, compañeros de escuela y vecinos. A menudo, por ejemplo, se presentan casos de niños que son compañeros de alguien plagiado y que muestran ansiedad, nerviosismo y no pueden conciliar el sueño por las noches. “Y en toda la sociedad hay miedo”. Empero, con el tiempo y las terapias, que pueden extenderse un año o más para lograr una cierta recuperación notable, las familias sí logran reanudar sus vidas, pese a que el secuestro “es una verdadera manipulación del alma”.
Cuando la víctima, además ha sido mutilada o abusada sexualmente, se tiene que trabajar mucho para poder resignificar esos actos. En las sesiones deben hablar de cómo es su experiencia, su cuerpo, y decirles que ellos no son una parte de éste, no son su dedo o su oreja. Tienen que seguir viviendo”. Hay quienes al principio no quieren volver a salir de sus cuartos, por miedo. “Se imponen entonces un autosecuestro”. Las familias sufren un daño permanente, una sensación de ser perseguidos y vigilados. Cambia mucho el estilo de vida, se está demasiado alerta todo el tiempo. Y aún, “muchas familias acaban en divorcio o separación y pleitos. El caso de las hermanas Sodi lo muestra”.




