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Cada grupo tiene un nombre. De la banda Las Mamacitas, aseguran Los Panquequis, salió el verbo “mamacear”: una forma expedita para ligar, y lo que venga después. No todos se asumen depresivos ni están de acuerdo en infligirse heridas. Fotos: Paola Hidalgo
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05-Mayo-2008

Conozca a un emo en sólo cinco días

Claudia Solera

Desde que sale el sol hasta el anochecer. De la prepa al antro. Excélsior lo acompañó para entender sus filias, familia y entorno

A tres jardineras de donde se juntan los emos, en el Colegio de Bachilleres Plantel 2, hay un letrero escrito en papel ilustración que alguien quitó y otra persona volvió a colocar: “Salva el planeta, cuida el agua, planta un árbol y MATA A UN EMO”.

Francisco R. pesa no más de 55 kilos. Sobre su cara cae un lacio fleco negro que le cubre la mirada. Usa pantalones entubados y tiene sonrisa ligera. Durante una semana, permitió que una fotógrafa y una reportera lo siguieran, para que, a dos meses de las agresiones contra esta tribu urbana en Querétaro y la Ciudad de México, conocieran cómo vive un emo.

Lunes

En la calle lo miran como al malo de la telenovela. Y le gritan. No han transcurrido ni cinco minutos de la primera cita, afuera del metro Politécnico, frente al Bachilleres 2 —donde cursa el tercer semestre—, cuando me jala el brazo y pregunta: “¿Escuchaste lo que me dijeron? ‘¡Mugroso, péinate; el peluquero también come!’ ¡Sí, ése, el señor de camisa!”.

Hace un año, cuando tenía 15, cambió su atuendo y el fleco se lo dejó crecer hasta media nariz. Modificó su indumentaria porque le da más personalidad que la ropa convencional, y transformó su peinado porque oculta imperfecciones de su cara. Así se siente menos feo. Pero la renovación en su imagen, desde el 7 de marzo —día en que los emos saltaron al escenario nacional—, ha acarreado insultos de desconocidos y pleitos casi irresolubles con su madre.

Quienes declararon una guerra contra Panchito por ser emo no son sólo tribus urbanas que aseguran que él carece de filosofía y su look es una mezcla de otras corrientes. También lo atacan oficinistas, amas de casa, universitarios que ven su peinado y pantalones entubados y ya lo consideran “piojoso y depresivo”.

Al llegar al Bachilleres, la primera persona que se presenta es Liliana, su mejor amiga. Cuando le explico por qué estoy ahí, suelta una anécdota de discriminación. Un conductor le impidió subir al microbús por ser emo.

“Estábamos dos personas en la parada (sobre avenida Vallejo) esperando la ruta 3. Cuando iba en el segundo escalón del micro, el chofer me dijo: ‘¡Tú no, bájate!’”, recuerda.

Martes

El punto de reunión de los emos en el Bachilleres es la jardinera más cercana a la puerta de Cien Metros. Ahí, ellos comparten spray y peines con dientes plásticos. En las mochilas cargan planchas para cabello, e hilo y aguja para zurcir los pantalones que estén perdiendo el entubado.

A veces se juntan hasta 30. Las conversaciones más comunes entre ellos son videos de YouTube, fotos o montajes que mandan por celular, cómo se vestirán mañana, sus nuevas conquistas o cuál será el plan para el viernes y, con éste, la mentira que dirán para llegar más tarde a casa.

Tienen que pelear no sólo con la sociedad que les hace el feo, también en la casa. Panchito, para ir el viernes a la Glorieta de Insurgentes, dirá que un profesor lo dejó visitar una exposición fotográfica; Liliana, que lo acompañará. Gabriela y Jessica, sus otras dos amigas, dirán que platicarán con una reportera que intenta desmentir que todos los emos son depresivos y quieren suicidarse.

A Panchito, la frase de “Salva el planeta, cuida el agua, planta un árbol y MATA A UN EMO” no le importa. Pero le cayó el veinte de que ahora no sólo tiene que cuidarse de los porros, sino de todos los alumnos que estudian en el plantel, porque no sabe con certeza quién la escribió.

Después de la última clase, a la una de la tarde, entre la puerta principal de la escuela y el metro Politécnico, se agrupan los porros. Están inhalando thinner y gritan como si estuvieran en el estadio. Francisco, desde que los ve, susurra a sus amigas: “Por abajo, váyanse por abajo”. Así que camina de la banqueta hacia la avenida para rodearlos. Aunque nunca lo han golpeado ni a él ni a otro emo de la escuela, cada vez que pueden les gritan: “¡Muéranse, emos!”, “!Emorroides!”.

Miércoles

Aunque Panchito tiene una imagen parecida a la de sus amigas y viste los mismos colores —morado, rosa y negro—, tienen personalidades diferentes. Liliana es la sexy; Gaby, la líder y la parlanchina; Jessy, la tierna, y él, el tímido, pero también el sarcástico del grupo.

Cuando no están juntos, lo que más disfrutan es navegar en MySpace o posar para fotos y enviar mensajes con el celular. Sin este aparato, aseguran, se sienten vacíos, frustrados, desnudos y sin una pierna. De hecho, Francisco, en la obligada siesta de la tarde, duerme con el celular en la mano.

¿Qué cambió tras Querétaro, donde se concretó una convocatoria a atacar a los emos? Hoy tienen permiso de salir, pero sus padres los condicionan. “Córtate el cabello; el copete, pues”. Cuando surgió la noticia de un presunto emo que se suicidó, a fines del mes pasado, los cuestionaron: “No eres depresivo... ¿o sí?”.

En el caso de Francisco, la tolerancia viene del lado paterno. La preocupación, por parte de la madre. Para tranquilizarlos, Panchito y sus amigas han prometido que cuando cumplan 18 años dejarán el estilo emo. Además, mantenerlo chocaría con sus planes a futuro. Ellos calculan el número de hijos que quieren tener y piensan hasta en los nombres. Él quiere ser chef; ellas, diseñadora gráfica, pedagoga y empresaria.

Los cuatro confesaron haberse sentido deprimidos, solos y en descontento con sus padres, pero como cualquier adolescente. Y descartan llegar a extremos como un amigo del Bachilleres, Ángel, que tiene el antebrazo cubierto con más de 30 cortadas horizontales que significan “frustración, frustración, enojo, una mujer, una mujer y una mujer”.

La única vez que Panchito intentó cortarse para cambiar el dolor interno por el físico —como ha visto hacer a otros compañeros—, se arrepintió. Fue cuando sus padres llegaron a los gritos porque es emo. La discusión empezó porque Miguel, su papá, lo defendió y dijo que eran cosas de jóvenes; pero Paty, su mamá, no lo aceptó, pues tiene miedo de que lo lastimen en la calle.

Jueves

Salió a las seis y media de la mañana. Llevaba un pantalón de mezclilla gris que entubó a mano, tenis converse negros deslavados y descocidos, la sucia maleta azul con bandera inglesa que ya no le gusta y el collar que fabricó en diez minutos con un listón blanco y un control de Nintendo que todas sus amigas le chulean.

El fleco tiene los quiebres naturales de un cabello ondulado acabado de lavar. En la escuela, a la segunda hora, entra a la biblioteca con varios amigos para afinarlo y alaciarlo con la plancha. Dedica 20 minutos a hacer el peinado tradicional emo.

Hoy tampoco desayunó y en toda la mañana sólo comerá una barrita de granola, pues aunque siempre ha sido flaco, un emo gordo —asegura— no se vería bien en los pantalones entubados. La dieta sólo la sigue hasta la una y media de la tarde, porque en su casa come sin pensar en calorías ni en grasas y, ahí, diario se consume carne, refresco y tortillas.

A pesar del señalamiento a su subcultura, él se mantiene firme. Le gusta ser emo. No le importa que su hermano metalero, mayor que él 12 años, haga bromas acerca del copete: “Parece fleco de caballo”, “¿Te embarraste manteca en el pelo, verdad?”, “Mira, tienes el mismo look de Calígula (un perro maltés)”. No le importa porque su tribu le ha dado los amigos que tiene en el Bachilleres. Y se siente libre con ellos.

Viernes

Tres de la tarde. En la Glorieta de Insurgentes esperan media hora para que se llenen Los Sillones. Ahí hay emos de todo el DF. No les importa que sea un sitio con ventanas cerradas y tapadas con sábanas amarillas. Tampoco los dos sillones viejos y que al sentarse en un piso sin trapear encuentren cucarachas, porque éste es el primer lugar donde pueden reunirse sin ser discriminados. Aquí, quien no es emo es el extraño.

En Los Sillones así es la dinámica: si eres menor de edad, ir el lunes a recoger un boleto negro foliado en la tienda de ropa emo que hay en la planta baja del edificio; una vez anotado en la lista no hay ningún problema si no llevas identificación. Dos, dejar las mochilas en el guardarropa por cinco pesos, ya que con éstas no entran. Tres, pagar diez pesos de cóver. Cuatro, comprar una caguama de 30 pesos y, por último, si quieres flirtear o “mamacear” —como lo conocen ahí—, sólo te acercas a quien te gustó y le preguntas: “¿Mamaceas con hombres o con mujeres?”.

A las ocho de la noche la fiesta muere. Panchito y Liliana regresan a casa cansados y preocupados porque van una hora más tarde de lo que prometieron a sus papás. Pero el regaño no importa cuando tuvieron una tarde libre y sin miradas prejuiciosas.

Panchito sigue aguantando los insultos. Sólo desea tener libertad para vestir, peinarse, sentir y expresar su sexualidad. Lo irónico es que encontró lo contrario a la tolerancia que busca. Aunque él y otros emos sepan respetar las diferencias, ha aumentado el número de personas que los discriminan, sólo por un fleco o la creencia de que todos son depresivos. Y están equivocados.

“Ahora soy emo, quiero ser un emo y no quiero que nadie lo cuestione”, asienta.

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