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VILLAHERMOSA. El recuento de los daños comenzó en algunos hogares tabasqueños. Las aguas se fueron y las verdaderas afectaciones a las viviendas provocadas por las inundaciones más severas en la historia de Tabasco, salieron a la luz.
Las familias que lo perdieron todo, dieron gracias porque están a salvo y unidas. Es el caso de Carmen Morales, quien junto con su esposo y sus hijos regresó a su casa ubicada en Bosques de Saloya, municipio de Nacajuca.
“Ahí tenemos cloro, jabón trapeadores, todo lo fuimos a comprar para venir a limpiar la casa”, explicó la mujer, mientras contempla sus muebles, ya inservibles sobre la banqueta, después de haber estado más de una semana bajo el agua.
Sillones, mesas, sillas, lavadoras y colchones forman parte del mobiliario urbano de estas colonias, donde el lodo y la tierra arrastrados por la corriente del río Carrizal es reunido en pequeños montones que se acumulan junto con bolsas de basura en medio de los camellones.
Los vecinos se han organizado para limpiar las calles. Tienen experiencia, lo vivieron en 1999. Saben que la cinta asfáltica se debe cubrir con cal para prevenir infecciones.
“Bendito sea Dios, estamos bien yo y mi familia, mis hijos, estamos bien, lo material poco a poco se va recuperando”, expreso doña Carmen, quien tomó un respiro tras tallar los pisos.
Los productos de limpieza se han vuelto escasos, la mayoría de los vecinos acudió a los minisúper para comprar desinfectantes y aromatizantes, que, dicen, subieron de precios con la contingencia. Algunos vecinos, los más precavidos, subieron roperos, camas y otros muebles a las azoteas y segundos pisos, mismos que comenzaron a bajar, ayudados con mecates.
Los comerciantes de la zona también iniciaron las tareas de limpia de sus establecimientos, mientras los refrigeradores se secan después de haberlos lavado a conciencia, los empleados de una tienda de abarrotes limpian las latas de refresco, las botellas de agua y los jugos que aún pueden venderse.
A pesar de los daños, siguen vendiendo; necesitan dinero para recuperarse. La tienda de Lacho está bajo una remodelación forzosa, el agua levantó el piso del local y es necesario cambiarlo, a pesar de que antes de la crecida mandó a colocar una barda en la entrada del negocio para evitar que entrara el agua.
Lázaro Hernández, el propietario del establecimiento, tuvo que pedir 80 mil pesos para las reparaciones y para comprar mercancía.
“Tuve que pedir un préstamo y, gracias al Señor, me lo dieron para poder seguir trabajando. Esto sucedió también en el 99. En ese tiempo también perdimos bastantes cosas. Ahí se perdió más que este año, de todas maneras no me recuperaron nada, a ver si en este tiempo puedo recuperar algo”, subrayó.
En contraste, en las comunidades apartadas, en las rancherías, la ayuda sigue llegando lentamente, a pesar de que los vuelos de abastecimiento son constantes.
La gente sale corriendo de sus casas cada vez que ven un helicóptero, mujeres y ancianos se forman para recibir una despensa y agua potable, mientras los adultos y los jóvenes ayudan a los elementos de la Policía Federal a descargar el MI-17 que en cada viaje carga hasta tres toneladas de víveres.




