Enrique Leff, entonces representante de la Facultad de Química ante el CNH, revela por primera vez los motivos de su ausencia en el mitin del 2 de octubre: “Sabía que algunos de nuestros compañeros llevarían armas”
Hace años intentó contar esta historia. La suya acerca del 68. Pero no se lo permitieron. Había razones políticas que lo conminaban al silencio. Pero ya no.
Hoy Enrique Leff habla sobre las razones que tuvo para no asistir al mitin del 2 de octubre convocado por el Consejo Nacional de Huelga (CNH) en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco.
“Sabía que iba a haber una confrontación, que algunos de nuestros compañeros, los más radicales, identificados con la guerrilla, irían armados”, afirma Enrique Leff, entonces represente ante el CNH por la Facultad de Química de la UNAM.
Hoy Enrique Leff Zimmerman es uno de los más reconocidos ambientalistas en el mundo, investigador y profesor de la UNAM, y hasta hace cuatro meses coordinador de la Red de Formación Ambiental para América Latina y el Caribe en el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente.
De su participación en el movimiento estudiantil de 1968 se sabe poco. Nunca ha llamado la atención al respecto, porque su vida no se quedó allí. Pero hay anécdotas que lo recuerdan en aquellos días.
“En alguna reunión con representantes de gobierno, Leff se levantó de la mesa y muy decidido les dijo: ¡el tema de los presos políticos no se negocia!”, recuerda Adriana Corona, entonces representante ante el CNH de la Preparatoria 6.
De aquella imagen, Leff apenas se acuerda. Quizá por modestia. Y de no ser por uno de aquellos compañeros del CNH, tampoco recordaría que un día, antes de la escalada de violencia en contra los estudiantes, él advirtió: “El movimiento ha sido como un globo que hemos venido inflando. Si lo seguimos inflando, va a reventar…”
La advertencia no tuvo efecto en el ánimo de los delegados del CNH: “A esas alturas, cualquier posición de mesura se interpretaba como una claudicación, una traición al movimiento. Predominaba en algunos dirigentes esa cuestionable dialéctica de la historia, según la cual el aplastamiento de los movimientos sociales prepararía las condiciones para que más adelante resurgieran con más fuerza. Ya no había cohesión en la dirigencia estudiantil y sí, en cambio, gente aferrada al protagonismo de su liderazgo”, afirma Leff.
Ese protagonismo, afirma, no hizo más que llevar al movimiento a una inercia que acabó en la represión. “Si nos hubiéramos sentado a reflexionar sobre nuestra responsabilidad como líderes del movimiento ante nuestras bases y abierto vías de diálogo, quizá hubiéramos cambiado la decisión colectiva que nos llevó a Tlatelolco.”
La mañana del 2 de octubre, en Ciudad Universitaria se llevó a cabo una reunión de algunos delegados del Consejo Nacional de Huelga, en la que se discutieron las preocupaciones del mitin previsto para esa tarde en Tlatelolco.
Había exaltación, gente preocupada, recuerda Leff: “Yo salí a los pasillos y me encontré con algunos compañeros, que eran de los grupos más radicales y que no estaban en las reuniones del Consejo. Algunos de ellos tenían contactos con la guerrilla. Allí me dijeron que esa tarde en Tlatelolco estaría el gobierno armado, que esperaban que hubiera una confrontación, y que ellos irían armados para poder defenderse.”
Esta confesión bastó para que Enrique Leffacudiera a su facultad e intentara disuadir a sus compañeros de asistir al mitin. “Reuní a mis compañeros y les dije que no podía conducirlos a la concentración de la tarde, que no debíamos acudir, por la información que me habían proporcionado. Les dije: tengo la certeza de que va a haber grupos armados y cruce de fuego, y yo no puedo asumir esa responsabilidad.”
“Brincaron algunos de mis amigos y compañeros y me acusaron de haberme vendido al movimiento, que lo mío era cobardía. Insistí en la información que me habían proporcionado y les dije que yo no iba a ir. Renuncié al liderazgo que otros asumieron y fueron esa tarde al mitin, donde al menos murió un compañero de la Facultad…”
Leff ya había intentado hablar de este capítulo antes, en un programa convocado por Rolando Cordera para la revista Nexos. “Ahí les comenté de esta historia, de la que nadie había hablado y de la que yo había sido testigo. Me pidieron que no hablara de ello porque estaba todavía en debate la acusación contra Luis Echeverría y los responsables de la matanza de Tlatelolco, y que el aceptar que hubiera habido algún líder o simpatizante del movimiento armado esa tarde, podía dar razones al Estado para demeritar el reclamo del movimiento estudiantil sobre el juicio político.
“En ese momento asumí esas razones y lo callé, pero creo que a 40 años de distancia la historia del movimiento debe ser contada con toda su complejidad. Esto no le quita razones al movimiento, ni demerita las acusaciones contra los responsables de la matanza de Tlatelolco”, considera.
“Seguir negando, ocultando estas realidades no nos lleva a nada. Es parte de una historia que así fue porque obviamente había alguna comunicación entre algunos integrantes del movimiento estudiantil y los guerrilleros.”
Esto no quiere decir, aclara, que estos guerrilleros estuvieran en el Consejo ni que los miembros del Consejo fueran guerrilleros. “Pero que había ahí no sólo un puente, sino coexistencia de movimientos, es un hecho. Había gente que estaba de alguna manera vinculada al movimiento estudiantil y al mismo tiempo a los grupos de la lucha armada”.
No podemos perder de vista, dice, que estaba en boga la idea de que el cambio social sólo podía venir por la vía revolucionaria, y ello implicaba la vía armada: “No era raro que hubiera dirigentes, muchos de ellos formados en la ideología marxista y militantes de diversas grupos y células de los partidos de la izquierda mexicana de entonces, que así lo pensaran”.
Leff insiste en la necesidad de la verdad para entender el movimiento estudiantil en toda su dimensión: “Hoy nadie puede ocultar esas verdades o decir que no había conexión. La había. Lo mismo que la tenían otros dirigentes con líderes políticos o con partidos”.
A estas alturas, dice, no podemos pensar que los dirigentes del movimiento estudiantil eran un grupo de jóvenes castos y puros, en el sentido de negar que algunos de ellos tuvieron intereses ideológicos o políticos, más allá del pliego petitorio.




