Es una de las poblaciones de Chihuahua más violentas; ha tenido 30 ejecuciones y 31 levantados en este año
PUERTO PALOMAS, Chih.- Es un pueblo olvidado. Cuando un foráneo entra, lo primero que ve es una pared agujerada con 22 balazos, donde acribillaron a un vecino. Este año han matado a 30 personas y han levantado a otros 31. Son 61 muertos o desaparecidos en 90 días. El ejecutómetro marca un nivel alto: Una tragedia cada 35 horas.
“Es el viejo oeste en México”, platica un jefe policiaco. “Las mafias del narco, indocumentados y armas, pelean la plaza.”
La calle principal es desértica. Nadie sale en Puerto Palomas.
“Ya no podíamos salir ni a las tortillas”, dice la señora Maricruz, una de las vecinas, quien ha escuchado desde su casa más de diez balaceras este año. “Pero como le daba flojera hacer ella las tortillas, se arriesgaba a salir”, completa su amiga Regina.
El 18 de marzo fue el peor día del pueblo. Un narcotraficante llamó por teléfono a la comandancia de policía y advirtió: “Faltan cuarto para las ocho de la noche. Si no se salen a las diez de la noche, les vamos a dar en la madre. Vamos a matar a todos. O se van jijos de su madre o ahorita vamos y les ponemos una bomba”, según platica una de las autoridades del lugar, Estanislao García.
Todos los policías se fueron del pueblo.
Al amanecer, Estanislao estaba solo y su alma. Se subió a una patrulla y comenzó a hacer algunos recorridos él solito. Por ahí consiguió a dos ingenuos y los contrató de inmediato. No le duraron ni una hora.
El narco volvió a llamar por teléfono: “¿Y ustedes qué están haciendo ahí?”, preguntó el mafioso, enojado. “Es que somos nuevos”, le contestó uno de ellos. “Pues tienen una hora para que se larguen, y si no, los matamos”, le dijo. Y se fueron.
Todo empezó con una confusión. El 16 de marzo, una patrulla de policía se había encontrado de frente con una camioneta de narcos, y los sicarios los corretearon a balazos. La policía huyó, pero el 17 de marzo salió una nota en el periódico que tergiversaba los hechos. El reportero escribió que los policías se habían enfrentado a balazos con los narcos, y que estaban dispuestos a detenerlos.
No lo hubiera escrito. Los narcos se enojaron.
“El reportaje decía que los policías dispararon contra los narcos, y eso no fue cierto. Los narcos les dispararon y los policías no hicieron nada. Fue un mal entendido, y como los sicarios vieron el reportaje, se molestaron”, explicó Estanislao.
Las autoridades ya no podían con los narcotraficantes.
“No hay capacidad para hacerles frente. Tenemos tres armas cortas y tres largas. Además de dos cajitas de balas, con 50 tiros”, explica García. “¿Dónde íbamos a decir nosotros que les íbamos a hacer frente? Ni que estuviéramos locos”, dice.
La autoridad ya no sabía ni qué hacer.
“Cuando había un tiroteo, no tomamos cartas en el asunto. Jamás. ¿Qué podíamos hacer con tres pistolas?”, expresa la autoridad. “Sí, los veíamos, pero nada más”, agrega.
Los gatilleros del cártel de Juárez aquí imponían su Ley.
“El otro día mataron a uno y aquí había cuatro de la Ministerial, y jamás intervinieron”, platica. “Los de la Policía Ministerial estaban en la oficina y oyeron los balazos. Nunca se asomaron. Igual que nosotros”.
La última semana de febrero mataron a un hombre en la calle principal (le dieron como 200 balazos), y los estadunidenses les llamaron para decirles que los tenían ubicados desde un helicóptero, pero la policía no hizo nada. “Aquí estaban los del Cipol (policía estatal), y les llamamos para decirles que los gringos los estaban siguiendo, y me dijeron como dice un doctor del IMSS cuando llega un enfermo, lléneme esta formita. Nunca fueron”.
El pueblo tiene 80 años de fundado. “Pero parece que tenemos 20. Hemos estado muy abandonados”, dice Estanislao. Por esta región pasó Pancho Villa en la Revolución cuando invadió Columbus. De hecho aquí hay una estatua del caudillo, en caballo, apuntando con su pistola. Ahora el pueblo es un paso importante de mariguana y de ilegales hacia Estados Unidos, y es, a la vez, una puerta de ingreso de armas de fuego a nuestro país a través de Columbus, ubicado a un lado.
Siempre ha habido violencia, porque el capo grande, acribilla al capo chico. Siempre se han matado por el control de la droga. Pero este año ha sido el peor. Los narcos han ejecutado a 30.
Palomas es un pueblo de siete mil habitantes (antes eran 12 mil, pero se han ido de aquí), y muchos viven de violar la Ley. Varios de sus “hijos predilectos” están en la cárcel en EU o dos metros bajo tierra. El últimos de sus hombres “ilustres” es el joven Víctor Varela, detenido hace una semana por ser el hombre que vende las armas al cártel de Juárez (toda su familia es de aquí).
“Estamos alejados de Dios, pero afortunadamente estamos cerca de EU”, dice García. Tal vez tiene razón. Los estadunidenses les pusieron 100 por ciento de agua potable y 100 por ciento drenaje, “porque ellos no quieren tener contaminación en el subsuelo, claro”, platica.
La inseguridad del pueblo llegó a su fin el pasado 31 de marzo con la entrada del Ejército. Una compañía de militares tomó las calles de la ciudad y los mafiosos se fueron. Ahora la gente de Palomas quiere que se queden aquí los soldados y que no los dejen solos. “No sabemos qué va a pasar. Si ellos se van, los mafiosos volverán”, dice Juan, el dueño de una tienda cuyas ventas se vinieron abajo en este año violento.
Pueblo fantasma:
1. A las plazas y los parques ya no va la gente. Se ven desiertos. Según vecinos, ya nadie quiere salir ni a las tortillas.
2. Por esta región pasó Pancho Villa durante la Revolución, cuando invadió Columbus, Estados Unidos. Un monumento en su honor permanece en las calles de Puerto Palomas.
3. Al entrar a la población, una de las primeras cosas que se aprecian es una pared llena de agujeros, lugar donde hubo una de las más recientes ejecuciones.





