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25-Enero-2009

“El PAN erosiona el Estado”: Carlos Arriola, investigador y ex funcionario priista

Elia Baltazar

Uno de los mayores conocedores de Acción Nacional considera que este instituto nació con una contradicción: enfocado en crear conciencia cívica, olvidó que un partido político implica buscar el poder y para eso requiere especialistas. En el libro El miedo a gobernar explica esta pifia y delinea los retos del panismo

En 1949, Daniel Cosío Villegas se preguntó si el PAN, “al hacerse gobierno, tendría algo más que la denuncia para vivir por sí mismo y guiar al país”. Le auguraba poco éxito: aseguraba que ese partido carecía de programas y de hombres y, por ello, vaticinó que “se desplomaría” al llegar al poder.

Esta cita la recuerda Carlos Arriola en su libro El miedo a gobernar. La verdadera historia del PAN (Océano, 2009), en el cual urga en la genética de este partido para demostrar que había razón en las palabras de Cosío Villegas. “Y no porque fuera profeta; era un hombre inteligente que vio la naturaleza antipolítica del PAN”.

Autor de dos títulos más sobre el PAN, a cuya historia dedicó gran parte de su atención como investigador en El Colegio de México, hacía diez años que Arriola no se ocupaba de ese partido en un libro. Sin embargo, al concluir el sexenio de Vicente Fox y observar los resultados de dos años de gobierno de Felipe Calderón, decidió volver la vista a la historia y a los hombres del panismo. “Pensé que habían evolucionado, pero una vez que terminó el sexenio de Fox me di cuenta de que Cosío Villegas tenía razón. Sólo hacía falta buscar el origen genético de la terrible incapacidad para gobernar que hay en el PAN”.

Y la encontró: “Desde su fundación no se propuso la conquista del poder, sino la educación cívica del pueblo. No les gustaba la gente dedicada exclusivamente a la política y eso los condujo a una cultura antipolítica, es decir, veían la negociación como una transa; el acuerdo, como una claudicación, y se quedaron sin oficio político. El PAN no tiene en sus genes el arte de gobernar.

Es un partido, destaca, “sin héroes ni santos, sin sabios ni políticos”, que ha vencido en las urnas recurriendo al “voto negativo, antipriista”, y porque lo electores lo idealizaron: “Siempre dijeron que eran más demócratas, más honrados, más capaces. Pero por haberse refugiado en la religión y en la empresa, y no en la política, cayeron en el maniqueísmo de buenos y malos. Durante 60 años estuvieron repitiendo que eran mejores y, a la hora que llegaron al poder, resulta que en el PAN también había hombres corruptos, poco demócratas y nada eficaces”.

De la mano de la historia del PAN, Arriola recorre el pasado lejano y reciente del panismo, pasa revista a sus líderes y llega a sus gobiernos para advertir que este partido, en el poder, “está erosionando el Estado y erosionándose a sí, porque está perdiendo fuerza y credibilidad”.

Primero, argumenta, por “la frivolidad y la cobardía” que distinguieron el gobierno de Vicente Fox: “Dañó mucho al PAN, sobre todo a los votantes panistas. Los desilusionó, rompió toda la imagen idealizada del PAN. Fue grosero hasta con su partido”.

Ahora, por el combate al crimen que ha emprendido Felipe Calderón: “Puede ser muy loable su intención, pero lo que estamos viendo es una debilidad del Estado, malestar en el Ejército, y todo eso debilita la democracia”.

Carlos Arriola fue, en su juventud, militante panista en su natal Jalisco. Desde entonces siguió el rumbo de ese partido. Primero por afinidad personal y más tarde por interés académico. Ha conocido a algunos de sus líderes históricos y seguido la trayectoria de los llamados “neopanistas”. Sabe de sus orígenes y sus influencias —“la Iglesia y la empresa”— y de las razones de su nacimiento: aglutinar la oposición contra el entonces partido hegemónico.

Pero ni una ni otra sirven para gobernar. “No bastan los buenos sentimientos ni las buenas intenciones. Tampoco mirar el país como una empresa, como lo repetía (Manuel J.) Clouthier en su campaña presidencial de 1988”.

Para gobernar, insiste, hace falta oficio, carrera, y el PAN, desde su origen, ha enfrentado una contradicción frente al poder y la política, olvidando una recomendación que el mismo Manuel Gómez Morín hizo a José Vasconcelos: “Para ser un político hay que ser un profesional de la política”. Pero diez años después, cuando funda el PAN, lo define como “un conjunto de hombres de trabajo que no han hecho, que no harán de la política su ocupación constante”, como cita Arriola.

Es decir, destaca el autor, lo condena a ser un partido de aficionados y afirma que no se preocuparon por formar jóvenes generaciones de políticos profesionales. “En los primeros estatutos no hay disposiciones sobre el sector juvenil, en la primera estructura del partido no hay una escuela de cuadros. Centros de estudio permanentes no los hubo, no les interesaba. De allí su ambigüedad frente a la política, frente al gobierno”.

La revisión crítica que Arriola hace del “mapa genético” del PAN no le impide mirarlo como un partido necesario para la democracia, como el PRD y el PRI. “Si no hubiera partidos fuertes y organizados habría alto riesgo social. El PAN, en su caso, está aportando poco a la democracia, pero su sola presencia ya aporta algo: agrupar a las fuerzas de derecha para que elijan las urnas y no la violencia”.

Hay un capítulo del libro El miedo a gobiernar. La verdadera historia del PAN, que es intermedio. No habla del PAN sino de las circunstancias previas que permitieron el arribo de Fox a la Presidencia.

Hoy, de nuevo, el país está en crisis, pero el partido en el poder es otro. “Creo, sin embargo, que será muy conveniente que el PAN regrese a la oposición, medite, haga un buen diagnóstico de qué falló para que pueda volver a competir con un buen programa, sea de derecha, de centro, de lo que sea, pero que sea político. Que vean por qué no pudieron hacer algo, siquiera chiquito”.

El desempeño del PAN en el gobierno, dice, se lo cobrarán los electores en las urnas, quizá ya desde estos comicios. “No hay oferta política en el PAN. Hay mucha pobreza ideológica e incapacidad para ofrecer soluciones; están en la inopia. Como dijo su ex presidente Manuel Espino (previo a las elecciones de 2006), están en la pepena… En Nuevo León, le rogaron a Elba Esther para que los apoyara para la candidatura.”

Frente a las evidencias, Arriola prevé el futuro próximo del PAN en las urnas: “El voto de la clase media, la que se identificaba con el PAN, irá a la abstención, o por el PRI, pero por razones de voto de castigo. La abstención perjudicará principalmente al PAN, pero serán sus votantes, desilusionados, quienes no votarán”.

El miedo a gobernar, de reciente publicación, ofrece documentos en torno de las características en el devenir del PAN. Un ensayo de Daniel Cosío Villegas es uno de los textos que se presentan:

En 1947, Cosío Villegas publicó “La crisis de México” en la revista Cuadernos Americanos (aunque un año antes ya la había publicado por entregas en el periódico Excélsior). Allí escribió:

“Me parece claro que Acción Nacional cuenta con tres fuentes únicas, aunque poderosísimas, de sustentación: la Iglesia católica, la nueva plutocracia y el desprestigio de los regímenes revolucionarios; pero la medida de la escasa fuerza final que tendría, la da el hecho de que se alimenta mucho más de la tercer fuente que de las otras, a pesar de la tradicional generosidad nutricia de la Iglesia católica para amamantar a todo partido retrógrado.

Esto quiere decir que Acción Nacional se desplomaría al hacerse gobierno. ¿Tendría, llegado ese momento, algo más para vivir por sí mismo y guiar al país? No cuenta ahora ni con principios ni con hombres y, en consecuencia, no podría improvisar ni los unos ni los otros. En sus años de vida, su escasa e intermitente actividad se ha gastado en una labor de denuncia; pero poco o nada ha dicho sobre cómo organizaría las instituciones del país.

“Y ¿quiénes son los hombres de Acción Nacional? No tienen sex appeal para el pueblo mexicano: ninguno de sus dirigentes procede de él, ni siquiera del campo o de la aldea; son de la clase media alta, y sus intereses y experiencias están confinados dentro de las paredes de la oficina o la penumbra de la Iglesia; no conocen más aire libre que el vaho que despiden las calles asfaltadas de las grandes ciudades. Son los que el porfirismo llamaba personas decentes, lo cual quería decir, en la forma, una reminiscencia muy lejana del vestir inglés, y en el fondo, una mentalidad señoritinga.”

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