Desde un piso 11, el Paseo de la Reforma se veía como una enorme alfombra blanca, hecha de varias telas, pero cada que la lluvia amenazaba con caer, en menos de dos minutos se volvía multicolor.
Mirando a detalle, la alfombra era el tejido de miles de mexicanos que caminaban hacía el Zócalo vestidos de blanco, y el color lo pintaban sus paraguas, que se abrían cuando la brizna los comenzaba a mojar.
Cuando por fin el sol salió, una a una las sombrillas se cerraron, para no volverse a abrir en el transcurso de la noche. Debajo de una de ellas estaba Doña Valentina, una señora de 75 años, que se aferraba al brazo de su hija María Luisa, que el viernes cumplió los cincuenta.
Eran un hilo suelto de la marcha que avanzaba, porque nadie más las acompañaba. Son las únicas que quedan de la familia.
Hace tres años a María Luisa la asaltaron en un microbús, le quitaron su cartera y un viejo reloj. En ese momento, lo único que le vino a la mente fue su mamá “¿Si me pasa algo, qué va a ser de ella?”, se preguntaba angustiada
Por eso estaban en el contingente, para exigir que nunca nadie más las vuelva a hacer presa del temor.
“Fue horrible, no por lo que me quitaron, por no saber, por esa incertidumbre de pensar qué va a pasar con el ser que cuidas, que amas, pensar que en cualquier momento a la mano temblorosa del ratero se le va a soltar un tiro, y ahí te quedaste, y ahí se quedó tu mamá”, reclamó.
Su pavor tiene justificación, a su papá lo mataron hace ocho años cuando se trasladaba en un camión de pasajeros a su casa, le quitaron los mil 500 pesos que le pagaban a la quincena, y nunca más volvió a ver ni a su hija ni a su esposa.
Otro caso más, metros adelante caminaba Rafael Osornio. Para él, la herida aún sigue abierta. Hace dos meses mataron a Erik, uno de sus mejores amigos. Unas diez cuadras antes de llegar a su casa en las Lomas, lo balacearon. Venía de trabajar. Tenía 27 años.
Las autoridades dijeron que se trataba de un ajuste de cuentas, pero Rafael cree que lo quisieron asaltar y por eso lo asesinaron.
“Le arrebataron la vida injustamente hace como dos meses, un crimen que todavía esta impune, él se dirigía a su domicilio. Era un muchacho tranquilo, le gustaba ayudar a la gente, era una persona de gran corazón” recordó.
En una bolsa de plástico, Rafael traía una veladora, que utilizó para encender una luz de justicia para su amigo.
Alrededor, transitaban más mexicanos, que como él estaban en la lucha para pedir alto a la violencia, y fin a la impunidad. A todos una historia de agresión los unió. Si no habían sido víctimas, conocían alguien que sí.
Si no les habían robado a un hijo, secuestrado a un hermana, matado a un papá, o robado un reloj, la solidaridad los llevaba a estar ahí, aunque el cuerpo los imposibilitara.
Así llegó Rafael Patiño a la Glorieta de la Palma, diez minutos antes de la siete de la tarde. Acompañado de su esposa, prendió una veladora; no esperó la hora que habían indicado los organizadores de la marcha, porque el oxígeno que traía debido a una afección por tabaquismo no aguantaría todo el trayecto. En su representación, sus hijos iban a la vanguardia.
“Hace cuatro años también estuvimos aquí, y mientras el cuerpo aguante vamos a seguir, esperamos que no vuelva a haber otra marcha por el bien de todos, no porque no sea buena ésta, si no para que ya nos hagan caso y ya haya justicia. Venimos a buscar lo que nos quitaron”, justificó.
Como reacción en cadena, desde esa hora algunas velitas se empezaron a encender. El olor de la cera contrastaba con el de la tierra mojada, el de los elotes asados que las señoras vendían en cada intersección del Paseo de la Reforma, y el del humo de los cigarros que algunos disfrutaban.
Desde las alturas, en un edificio ubicado al costado de esta avenida principal, las cabezas del Ángel de la Independencia, de las glorietas de La Palma, Cuautémoc y Colón se asomaban.
Arriba todo parecía ligeramente silencioso, nada comparado con las miles de marchas que han pasado por esta vialidad, que ha registrado testimonios de la historia del corazón de México.
Por aquí han desfilado maestros, obreros, mujeres, la comunidad lésbico gay, indígenas, sindicalizados, payasos, y más, gritando consignas de aumentos de salario, de mejores condiciones laborales.
Pero ahora, ya abajo, el silencio se convertía en murmullos, en aplausos esporádicos, en gritos de México, desentonados, en pláticas privadas que se colaban en los oídos de los ajenos, en risas, en solidaridad.
—El sistema de justicia en México es fatal. ¡Cómo es posible que a un delincuente que mató se le suelte en tres años! le preguntó un chico al que se le notaban apenas 20 años a su compañero de protesta.
—Pues… no lo sé —respondió el otro con voz tímida.
Los niños parecían los más divertidos, se sobresaltaban con cada helicóptero que pasaba. Atrapan sus miradas.
—Mira, un avión, mira velo, velo —le decía un pequeñito a su mamá mientras la jalaba del vestido, y ella apenas le hacía caso.
Más adelante al pequeño se le olvidó mirar al cielo, y, sin más, empezó a vitorear “México, México ...” De repente, se ve cómo la gran alfombra blanca se empieza a destejer. Dos imanes la jalaban, uno hacía el Zócalo, otro hacía el Ángel de la Independencia, parece que los hilos blancos se deshacen, se desbaratan y cada uno toma su rumbo.
Algunos llegan al Ángel, otros a la plancha del Zócalo, ahí encienden una vela, cantan el Himno Nacional, y dejan el Paseo de la Reforma libre.
Los semáforos se vuelven a reanimar de nuevo, las líneas peatonales se dibujan, y los coches comienzan a circular como todos los días, como siempre.




