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21-Septiembre-2008

Un deseo de Gloria sin cumplir

Claudia Solera

La señora Silvia, la mamá, no esparcirá las cenizas de su hija por Morelia, pues ya la considera una ciudad maldita

La señora Silvia Bautista sólo concedió dos de las tres últimas voluntades que prometió a su hija: mandó a cremar su cuerpo, porque a Gloria le aterraba pensar en la oscuridad de un ataúd y contrató a una banda para que le dedicaran en su velorio la canción La botella, del grupo norteño Los Originales.

La última petición de Gloria era la de que se esparcieran sus cenizas en la ciudad. Pero su mamá se lo negó, pues dijo que, si lo hubiera hecho, su hija andaría penando, porque esta tierra está maldita.

“Que me perdone mi hija por no cumplirle su última voluntad, pero no quiero que su alma ande en pena por toda Morelia.”

Hace un mes, el 16 de agosto, doña Silvia y Gloria, después de una comida familiar hablaron de cómo querían que fuera ese día cuando les llegara la muerte e hicieron un pacto para cumplir cada una sus deseos.

El cofrecito de las cenizas de La Flaca, como llamaban de cariño a Gloria, todavía está en casa de su madre.
A doña Silvia le faltan cinco mil pesos para ponerlo en un nicho de una iglesia y así darle a su hija, por fin, descanso “en un sitio bendecido por Dios”.

Por eso, suplica al gobierno que le ayude con el dinero que necesita para dejar los restos en un templo, pues sus condiciones económicas se lo imposibilitan.

En la Plaza Melchor Ocampo, Gloria dejó a tres hijos, Giovanni de 13 años, quien se ve como un ingeniero civil cuando sea grande. El pequeño sueña con construir un edificio. A Jennifer, de siete, quien todavía está en el hospital con heridas en las yemas de sus manos, y a Uriel, un bebecito de cuatro meses, a quien ella le salvó la vida al protegerlo con su cuerpo.

El vacío que dejó en su familia es enorme. Era la mayor de nueve hermanos y la que estaba al pendiente de todos.

Doña Silvia recuerda a La Flaca como una hija hecha a la antigua. En toda su vida, sólo una vez le levantó la voz, pero al instante que lo hizo, se arrepintió y pidió perdón por sus palabras. Tampoco, a pesar de sus 32 años, sabía cómo maquillarse, pues, como a su madre no le gustaba que lo hiciera, jamás aprendió.

Giovanni, su hijo mayor y el más consciente de su ausencia, repite: “Yo jamás la voy a olvidar y siempre la voy a llevar en mi corazón”.

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