El Zócalo se convirtió en la zona más segura de la Ciudad de México, donde diario se denuncian 552 delitos, en promedio.
La presencia policial no era necesaria, los manifestantes se cuidaban unos a otros y hasta entrelazaban sus brazos. Los unía la misma exigencia: “Queremos seguridad, queremos paz”.
Estuvieron presentes, en fotografías y mantas, las víctimas de la delincuencia que ya no están, quienes fueron secuestrados, asaltados y asesinados; estuvieron también quienes no han sufrido algún delito, pero repudian vivir en el temor a padecerlo.
Muchos decidieron renunciar el encierro al que los ha orillado la delincuencia y exigir su derecho a ser protegido, a no ser molestado y a vivir en paz, como Esther Trujano.
Su sobrepeso le causa problemas al caminar; sin embargo, eso no le impidió subirse al metro, desde la delegación Iztapalapa, para acudir a la marcha ciudadana contra la inseguridad. La propietaria de la tienda de abarrotes La Santa Concepción vestía mandil, blusa negra y una falda ya decolorada, “pero aquí traigo mi bandera blanca de la paz y mi veladora porque todos los días estoy encerrada tras las rejas de la tienda y hasta hoy me decidí a salir.
“Me han asaltado dos veces en este año y, mire, nadie hace nada, parece que la delincuente soy yo, todo el día metida atrás de las rejas y los delincuentes se pasean así nomás. Eso ya no puede ser, ya no más.”
Asalto a mano armada, robo de automóvil, desaparición de persona, robo a negocio, miedo a salir a la calle por falta de seguridad... todos fueron repudiados. La ciudadanía común no sabía si se trataba de crímenes de competencia federal o estatal. No le importaba. Contra todos exigía una solución inmediata.
Desde las cuatro de las tarde las víctimas de la inseguridad arribaron a la Plaza de la Constitución. Se concentraron en torno al asta, donde ondeaba la bandera mexicana, y los capitalinos observaban hacia Palacio Nacional y a las oficinas del gobierno capitalino: “Fuera Marcelo (Ebrard), fuera (Felipe) Calderón; si no pueden, que renuncien; queremos seguridad”, era la consigna.
La falta de seguridad pública, en todo el país, propiciará que en los próximos 60 segundos se registren, por lo menos, tres delitos del fuero común como robo, lesiones, homicidio o extorsión.
Ante esta perspectiva, ayer un grupo de danzantes aztecas se acercó al centro de la plaza. Prendieron incienso y crearon un centro de energía entrelazando las manos, rodeando el asta y orando en náhuatl, pidiendo a los dioses “que les den una ayudadita a nuestros policías”.
La convocatoria ciudadana señalaba como punto de reunión el Ángel de la Independencia, sobre avenida Paseo de la Reforma. La partida se marcó a las 18:00 horas de ayer.
Sin embargo, muchos se adelantaron sobre la avenida Juárez y tomaron por la calle de Francisco I. Madero para alcanzar el objetivo de ser escuchados por los representantes de los gobiernos federal y capitalino.
A las 18:15 horas, casi la mitad de la Plaza de la Constitución estaba ocupada. Dos horas después, el espacio era insuficiente. Las víctimas de la inseguridad aguantaban, a pesar de una lluvia ligera.
“El Himno Nacional a las ocho y media, acuérdense, el Himno Nacional a las ocho y media; hay que cantar”, se corría la voz, mientras algunos encendían sus veladoras: de manera literal, inició la marcha de la luz por los cuatro puntos cardinales del primer cuadro de la capital.
Los arcos del antiguo Palacio de Ayuntamiento eran custodiados por elementos de la Policía Preventiva. El cerco de seguridad se extendía una cuadra más hacia el despacho del jefe de Gobierno del Distrito Federal (GDF).
“No sé a qué le tienen miedo, mucha policía para cuidar las oficinas del jefe de gobierno. Nosotros somos los que necesitamos seguridad, y véalos, cuando nosotros los necesitamos nunca están”, dijo, enojado, César Palacios, quien acudió a la marcha en compañía de sus hijos.
“Quiero que vean esta protesta, para que aprendan a defender sus derechos. En la Constitución dice que debes tener libre tránsito, que no debes ser molestado, y eso no se cumple. Quiero que aprendan a defender sus derechos y creo que sólo gritándoles (a las autoridades) les recordamos sus obligaciones”, manifestó el maestro de primaria de la delegación Gustavo A. Madero.
La plancha del Zócalo, el espacio público más grande de esta capital, ya era insuficiente a las 20:30 horas, cuando inició el repique de las campanas de la Catedral Metropolitana. “Pena de muerte al delincuente, queremos paz, un México libre, queremos paz”, gritaban miles de personas mientras alzaban sus veladoras hacia el centro católico, como si pidieran esperanza y apoyo divino.
Las miradas estaban en el campanario del recinto religioso, que había cerrado sus rejas como medida de seguridad. Tres minutos después, de los altavoces de un templete inició la pista del Himno Nacional, que en voz de los ciudadanos se extendió por todo el primer cuadro de la capital.
A la voz de “Mexicanos, al grito de guerra”, las víctimas de la inseguridad voltearon hacia la bandera que este sábado, durante la marcha ciudadana contra la inseguridad, no fue arriada por las fuerzas castrenses que custodiaban el Palacio Nacional, también como medida de seguridad.
En diversos puntos del Zócalo capitalino se colocaron las veladoras para recordar a las víctimas de la delincuencia que ya no están, quienes fueron secuestrados, asaltados y asesinados; estuvieron también quienes no han sufrido algún delito, pero no lo quieren vivir.
El grito de 2004
El precedente de Iluminemos México fue la marcha por la seguridad que se realizó el 27 de junio de 2004:
En esa ocasión, dos crímenes motivaron la indignación: el 17 de mayo fueron secuestrados dos hermanos empresarios. La familia decidió no acudir a las autoridades y contrató a negociadores. Pese a un pago de cinco millones de pesos, fueron asesinados.
El segundo episodio fue la violación y homicidio de Lizbeth Salinas, funcionaria del IFAI de 26 años, atacada tras abordar un taxi al salir del instituto.
En esa ocasión, los organizadores calcularon que 350 mil personas marcharon.
Centro encendido
La principal plaza de la capital del país resultó pequeña para los manifestantes:
Muchos de quienes marchaban optaron por no llegar al Zócalo, habida cuenta de la aglomeración que desde calles antes había.
Algunos de los manifestantes optaron por intentar vías paralelas (calles 16 de Septiembre y 5 de Mayo, en vez de Francisco I. Madero).
Entre quienes protestaban por 5 de Mayo hubo decenas que encendieron su veladora y la dejaron frente al edificio del Nacional Monte de Piedad.




