Ninguno de los hijos de la profesora de primaria acudieron al sepelio: los tres están en el hospital por heridas de esquirlas
Ninguno de los tres hijos de Leticia pudo acompañarla en el panteón. Ni siquiera han podido visitar la tumba donde descansa su madre. El miércoles, cuando la enterraron en el cementerio Jardines del Tiempo, Salvador, Luis y Víctor estaban internados cada uno en diferentes hospitales por heridas de esquirlas.
Salvador de 18 años, el hijo mayor de Leticia, vio cómo durante el trayecto de la Plaza Melchor Ocampo al IMSS, su mamá murió en la ambulancia. Y aunque nadie se lo confirmó, lo intuyó porque ni siquiera bajaron la camilla, donde venía herida.
La maestra Lety dio clases durante 25 años en el Colegio Anáhuac. Desde la explosión en Morelia, antes de entrar a clases, las niñas de la primaria rezan todas las mañanas un Ave María por su profesora y suplican a Dios que le dé descanso a su alma.
Y por la noches se unen con su familia para hacer una cadena de oración, a petición de las madres salesianas para que cese la violencia en Michoacán.
La directora de la escuela, la madre Esperanza Contreras, esta semana tuvo la difícil tarea de dar clases al grupo de quinto año, del cual se encargaba la maestra Lety Tapia.
Y confiesa que ha sido muy doloroso, porque al más mínimo recuerdo todas las alumnas comienzan a llorar y siempre están recordando las palabras, los movimientos y las actitudes de su querida profesora.
Tres días antes de morir, la maestra Lety Tapia fue la encargada de animar el desfile de trajes típicos de las niñas y la fiesta mexicana de la escuela.
El 16 de septiembre, a la seis de la mañana, la primera persona que se enteró de la muerte de Leticia fue su sobrina, Carolina Ferreira.
“Cuando me llamaron de la Semefo y comenzaron a decirme sus características físicas y la ropa que llevaba puesta para reconocerla, me desplomé”.
Lo que consuela a Caro de esta tragedia, es que no le queda duda que su tía está en el cielo, pues además de hacer obras de caridad en dos templos: San Pedro y San Pablo y la Inmaculada, se dedicaba a cuidar con fervor a Elena, su madre de 98 años, quien padece demencia senil.
“¿Y ahora qué le vamos a decir a mi abuelita cuando en un momento de lucidez y pregunte por su hija?”.
El amor que sembró Lety durante varias generaciones en el Colegio Anáhuac y en las iglesias que apoyaba, se notó en su misa de cuerpo presente, pues su familia calcula que llegaron para despedirla más de mil personas.




