Siempre que se maquilla, Adela siente un dolor profundo: su hija Mónica no está para acompañarla desde hace cuatro años, cuando fue secuestrada. Cada día, mientras se disfraza de payaso, sabe que debe ocultar su herida, porque su trabajo es provocar la carcajada, aunque la muerda la tristeza
Adela Alvarado se sienta en la orilla de la cama y se mira al espejo. Toma una esponjita, la mancha de pintura blanca y comienza a transformarse en Salchicha. Es payasita de profesión.
Aunque también es una madre en desgracia.
Cuenta que lleva tres años y ocho meses sin saber nada de Monis, su hija, que tenía 21 años cuando desapareció y estudiaba en la Escuela Nacional de Estudios Profesionales Iztacala.
“Estudiaba sicología y era bastonera cuando me ayudaba en los espectáculos infantiles.”
Ayer, Salchicha estuvo en el Ángel de la Independencia.
Su esposo, Manuel Ramírez, los hermanos de Mónica Alejandrina y decenas de payasos, magos y equilibristas también se asomaron a la marcha silenciosa.
Rostros de colores, sonrisas, sombreritos y zapatotes. Sí, como los trapos que se pone doña Adela cuando tiene que ir a alguna fiesta para hacer reír a los festejados… aunque ella llore por dentro.
Dicen que los payasos se ven tristes. Salchicha lo está desde aquel 14 de diciembre de 2004, cuando Monis salió de casa por la mañana.
Un beso casual que se convirtió, sin imaginarlo siquiera, en el de la despedida.
Salchicha sonríe, luce peluca colorada y un traje extravagante. Una lágrima le escurre del ojo derecho. Ella dice que “aquel día hablaron unas amigas de su salón para preguntar por ella, que tenían que entregar un trabajo y mi hija no se había presentado al salón”.
Desde entonces, Adela sueña a Mónica Alejandra casi todas las noches. Ni un instante deja de pensarla. Su sexto sentido de mujer y madre la engaña, le esconde a su hija, se la presenta en diferentes momentos y actitudes.
“Hay veces que siento que la tienen unos tratantes de blancas y se están aprovechando de ella; a veces la siento muerta y en pedacitos; aunque de repente algo me dice que está viva. Esa esperanza me alienta a que luche por ella hasta encontrarla.”
Si los niños de la fiesta quieren reír, ella se las ingenia. “Ellos no tienen por qué saber de mi desgracia. Escogí esta profesión y todos los que estamos en esto sabemos que el espectáculo debe continuar”.
Entonces, Adela, la mujer que se esconde dentro de Salchicha, mira en los rostros de aquellos infantes a ver si en uno de ellos se encuentra su hija. Caza las miradas y las risas.
Llora en silencio y sigue esta pesadilla.
“Tres días después de su desaparición, recibimos un mensaje del celular de mi hija, donde decía que si queríamos volver a ver a Ale entregáramos la cantidad de 250 mil pesos.
Dos días después, otro mensaje decía que si ya teníamos el dinero o queríamos que nos la entregaran en pedacitos.”
Desde entonces Salchicha, payasos, magos trapecistas y domadores han hecho literalmente circo, maroma y teatro para buscar cualquier detalle que les guíe por el camino indicado.
“Así sea a su tumba, pero que Dios nos lleve con ella.”
Y diche una, y diche doch…
Esto no es cosa de juego. Aunque Adela, o Salchicha, ya aprendió a reír llorando… y también a llorar a carcajadas. Igual que el payaso del poema: Garrick.
Charolete llevó una pancarta, Marceau se sentó en la escalinata del Ángel. Otros payasitos tocaban aquel instrumento extraño de botellas con líquidos de colores. Más allá, un arlequín con enormes zancos y rostro escondido bajo un antifaz con lentejuela. A Salchicha se le corrió la pintura. No fue la lluvia antes de la marcha, sino el sentimiento que lleva hace tantas lunas.
Pancartas de Mónica salen por todos lados.
‘Buscando a Monis’ dice la leyenda que acompaña la imagen de una joven de 21 años.
“Ahora tendría 25.”
Adela dice que tarde o temprano se sabría que un compañero de Mónica –Jesús Martín Contreras– le llamó dos veces antes de que la estudiante desapareciera. La primera fue a la 1:00 y la segunda cuando salió de su casa por la mañana. Según investigaciones, la citó en el Metro Martín Carrera. “Está encerrado, no ha querido decir dónde está mi hija. Si está muerta, que me lo diga de una vez para ir a visitar su tumba.”
La AFI ya no siguió el caso. “Dicen que no les compete. Entonces, ¿quién nos puede ayudar, a quién podemos acudir”, ¿dónde están nuestros derechos humanos?”
Nada es igual en la familia Ramírez Alvarado.
“Vivimos con la angustia de no saber qué ha pasado con mi hija, si tal vez fue vendida y quizá a esta hora esté siendo vejada. O pensar en que pudiera ya estar muerta”.
Dicen los que viven por la calle Azucena, en Ecatepec, que hay una payasita que hace reír a la gente y llora por dentro. Que busca a su niña por todas partes, mientras los demás pequeños se tiran al piso a carcajadas. Y que al despintarse, sólo rastros de dolor quedan.




