María del Pilar Navarro se había despedido de Elena un sábado antes,quien la crió. Desde entonces se propuso vivir intensamente
MORELIA.— Las víctimas del atentando con granadas de fragmentación en la capital michoacana rebasó la Plaza Melchor Ocampo y la esquina de Madero y Quintana Roo, porque atrás de cada uno de los más de 132 heridos y ocho muertos, están aquellos familiares que vivieron el horror de ver desangrarse a su gente, que escucharon las noticias y recorrieron todos los hospitales para buscar a sus familiares, que habían salido para festejar una noche mexicana en el corazón de su ciudad.
Antes de estas explosiones contra los civiles de Morelia, en México nunca habíamos pronunciado la palabra terrorismo contra la población, como lo hizo Juan Camilo Mouriño, secretario de Gobernación el jueves pasado.
Las venganzas entre los cárteles de la droga sólo se cobraban entre ellos, jamás fueron dirigidas contra inocentes.
A pesar de la violencia y de los 157 muertos que el crimen organizado había dejado en Michoacán desde enero hasta el 15 de septiembre de este año, según un conteo realizado por Excélsior, los heridos, a pesar de que sentían el calor y ardor por las esquirlas en sus cuerpos, se negaban a creer que la guerra del narcotráfico se había volcado contra ellos.
La mayoría, todavía con inocencia, volteaba hacia el cielo porque pensaba que había sufrido lesiones provocadas por juegos pirotécnicos, pero cuando vieron más allá de sus propias heridas y el piso comenzó a llenarse de sangre, se convencieron de que habían sido el blanco de un explosivo.
Los estallidos de aquella noche rompieron los pilares de incontables familias: Elisa Guerrero García dejó a nueve hijos y a 16 nietos. Alfredo Sánchez Torres dejó una viuda y cuatro hijos, entre los cuales hay dos adolescentes que dependían económicamente de él. La porra Cien por Ciento Monarcas se quedó sin su alma.
Gloria Álvarez Bautista dejó a tres menores de edad, a un viudo, a ocho hermanos. Con ella, también se fue el principal respaldo de su madre.
Leticia Tapia Guerrero dejó a tres niños huérfanos, un viudo, un grupo de más de 15 de alumnas sin maestra, a su madre con demencia senil sin protección y dos iglesias sin apoyo caritativo.
María del Pilar dejó a unos padres inconsolables, a un sindicato sin asambleísta, a cientos de alumnos sin maestra y a David, un niño especial, sin terapeuta.
Ángel Uriel dejó a sus padres sin su hijo mayor y su único varón. Alexa, de un año, tendrá que crecer sin su hermanito.




