La referencia es a Gustavo Madero, el panista presidente de la Mesa Directiva del Senado de la República
La frase es de los perredistas.
Llegó como lampareado, pero se convirtió en una efectiva interlocución.
La referencia es a Gustavo Madero, el panista presidente de la Mesa Directiva del Senado de la República, que desde la noche del 9 de junio se convirtió en el coordinador de los senadores de Acción Nacional, en sustitución de Santiago Creel, quien debió salir como consecuencia de los saldos negativos que hasta ese momento registraba el debate petrolero para el gobierno federal.
Y es que Gustavo Madero logró lo que parecía imposible: hacer a un lado el encono de los perredistas hacia el presidente Felipe Calderón y lograr el diálogo entre ellos y el gobierno federal.
El resultado lo vio todo el país el 23 de octubre. La reforma energética, la que nació descalificada, la que generó tomas de tribunas, bloqueos, amenazas, eternas discusiones y riesgos de división del país, fue aprobada no sólo con el voto formal de 20 perredistas, sino con el aval real de la izquierda histórica del país.
“Se fueron alineando las estrellas. No es éxito de una persona, fue un entendimiento afortunado de los principales actores políticos, de la coyuntura que estamos viviendo, la complicación de la situación internacional económica y la misma actitud de Andrés Manuel López Obrador.
“Todo esto fue conformando un escenario donde había riesgos y beneficios y se tuvieron que ver mucho más los beneficios que los riesgos para apostar por el diálogo y darle la oportunidad de que esto sí se pueda concretar aun cuando se desconfiaba hasta el último minuto, no en un personaje, sino la gente que lo rodea”, explica Madero.
Bromista, un poco distraído y por momentos presa de los nervios, Gustavo Madero tiene una frase que repite cuando le muestran desconfianza: “los chaparritos somos cabrones”.
Tan afable que ya regaló públicamente al menos dos pines del Escudo Nacional que lo identifican como presidente del Senado, para mostrar su cordialidad, uno a la pequeña Karla Zecúa, presidenta del Parlamento de los Niños y las Niñas de México, y otro al periodista Miguel Ángel Granados Chapa; el panista originario de Chihuahua es capaz de interactuar con los niños como si fuera maestro en clases o de acercar a perredistas con el gobierno federal.
Fue Madero quien insistió en el acercamiento con los perredistas.
“Desde agosto, cuando sucedió lo de la Mesa Directiva, que Carlos Navarrete exigía para su partido y que la mayoría de los legisladores prefirió ratificar al PAN, yo me acerqué a Navarrete y le dije que podíamos construir acuerdos, que podíamos entablar una buena comunicación.
“Le expresé mi interés de encontrar temas en los cuales pudiéramos ir juntos; el primero que identificamos fue ir juntos en la votación para premiar a Miguel Ángel Granados Chapa con la medalla Belisario Domínguez y la otra fue construir juntos confianza para caminar hacia la reforma energética”, relata el legislador, quien entre enero y abril fue uno de los que participaron en el diseño de la iniciativa presidencial en materia petrolera.
“Fuimos por la construcción de una relación de menos a más, donde cada señal, cada avance fue confirmando la confianza; fue dando más certidumbre a los interlocutores”, dice.
Le llaman el promotor a Francisco Labastida
Nadie lo puede negar. El verdadero artífice de la reforma energética se llama Francisco Labastida Ochoa.
Así, contundente, Jesús Murillo Karam, secretario general del PRI, rubrica la participación de su partido en el proceso de reforma más democrático que haya registrado el Senado de la República y que permitió el surgimiento de la nueva política energética mexicana.
Y es que el priista Francisco Labastida fue el primer senador que hizo pública su preocupación por la crítica situación que vivía Petróleos Mexicanos.
Fue así el primero en diseñar un plan de reforma que incluía 11 leyes secundarias, sin tocar la Constitución, que permitieran a la petrolera tener autonomía de gestión, contar con una Comisión Nacional de Hidrocarburos, tener un nuevo esquema de relación con el sector privado y utilizar mejor sus recursos.
De hecho, Excélsior registró el momento en que los priistas y los panistas, en ese entonces coordinados por Santiago Creel, coincidieron en avanzar en la reforma petrolera, incluso, antes de arrancar formalmente la LX Legislatura.
“PAN y PRI por reformar a Pemex”, dice el título de la nota principal de este diario del 28 de agosto de 2006, donde Francisco Labastida se coloca como el promotor principal de este tema.
“Yo no actué en función de las críticas que me puedan hacer. Sé que de todas formas algunos me van a decir ‘vendepatrias’, pero yo estoy tranquilo. Hemos trabajado entre todos una reforma que fortalece a Pemex y que permitirá al país aprovechar mejor su riqueza petrolera”, platica Francisco Labastida con esta reportera.
Comprometido con esta reforma al grado de reposar sólo una semana cuando en septiembre debió atenderse nuevamente de su problema en el corazón, Francisco Labastida Ochoa prácticamente no durmió desde el viernes 17 hasta el martes 21 de octubre.
Organizó, junto con Graco Ramírez y Rubén Camarillo, los 71 foros del debate petrolero y fue el único que asistió absolutamente a todos, además, también el único que aguantó íntegras las seis horas continuas que duraban las discusiones.
Se reunió con gobernadores, su dirigencia nacional, diputados federales; secretarios de Estado, el director general de Pemex; el Presidente de la República, diversos perredistas y debió atender un promedio de siete entrevistas diarias desde febrero hasta hoy.
“Sin duda, el señor senador Francisco Labastida es una pieza fundamental en todo este proceso. Su nivel de compromiso, su convicción por mejorar la situación de Pemex y su oficio político de respetar la palabra empeñada fue fundamental para sacar adelante esta reforma; eso lo debo reconocer”, expresa Carlos Navarrete, coordinador de los senadores del PRD.
Durante varios días y por pequeños momentos, Francisco Labastida conversa para hablar de su confianza por los avances logrados.
“En una negociación política siempre se debe ceder algo y siempre se tiene que estar consciente que no se ganan todas. Esta es una reforma que tiene parte de todas las fuerzas políticas, porque no se buscó aplastar a alguien, sino construir el mejor marco legal que permita al país contar con una industria petrolera más fortalecida”, comenta.
Vive Carlos Navarrete la otra cara del cabildeo
Carlos Navarrete está de pie. Escucha con atención el discurso de su compañero de batalla, Graco Ramírez.
“Estamos aquí con la dignidad y la conciencia tranquila”, dice Graco y Carlos Navarrete aplaude, como lo hacen los 18 senadores perredistas restantes que decidieron ir a contracorriente de la posición de Andrés Manuel López Obrador.
“Estamos liberados, por fin”, dice el siempre franco David Jiménez Rumbo.
Este 23 de octubre, el rostro de Navarrete muestra a un hombre sereno.
Un rostro muy distinto al que reflejó el 10 de abril pasado, cuando sus compañeros Ricardo Monreal y Rosalinda López, respaldados por Rosario Ibarra y tres senadores más, lo sorprendieron con la toma de la tribuna del Senado de la República para frenar el supuesto albazo de la reforma petrolera.
Hace seis meses, Carlos Navarrete vivió diez de los días más difíciles de su trayectoria política.
Incluso, su imagen como líder político se desdibujó ante las imposiciones del todavía poderoso Andrés Manuel López Obrador.
Es famosa la conversación en la cual el ex candidato presidencial ordena a gritos a Carlos Navarrete lo que debía hacer, la noche del 23 de abril, para entregar la tribuna del Senado y la forma en que López Obrador mermó la autoridad del perredista.
“Como los guerreros de la Edad Media, me retiro a mi casa a ponerme saliva en las heridas, a que cicatricen rápido y a regresar a la batalla de inmediato”, explicó a Excélsior el 28 de abril, luego de su férrea batalla por lograr que el perredismo tomara el camino parlamentario.
Pero ahora no se le ven heridas. Está de pie, tranquilo y hasta sonriente.
Está agotado, se le observa. Durante los últimos 16 días intensificó las reuniones con los dirigentes de su partido, con Andrés Manuel López Obrador, con los asesores del Movimiento en Defensa del Petróleo, con Cuauhtémoc Cárdenas, con los gobernadores, con los diputados federales, con Manuel Camacho Solís.
Pero además, agregó a su agenda de senador reuniones que durante dos años se había negado a tener: los encuentros con los representantes del gobierno de Felipe Calderón, en aras de vencer las resistencias a avanzar hacia una reforma incluyente.
Su propósito siempre fue el lograr la unidad del perredismo en torno a la lucha que emprendían los senadores, encabezados por él y Graco Ramírez para erradicar los visos de privatización de la reforma energética. Hasta el último momento confió en López Obrador.
“Todavía no puedo creer que Andrés Manuel haya preferido quedarse con el lado más radical del partido y renunciara a salir a las calles a cantar la victoria de la izquierda que revirtió el sentido de la reforma privatizadora de Felipe Calderón”, comparte Navarrete.
—¿El voto de los 20 perredistas en esta reforma energética es la muestra de que en México puede haber una izquierda moderna? –se le pregunta.
—Sí. Y tengo la confianza de que podremos avanzar en otros temas, en asuntos que le importan a la sociedad, que nos exigen a los legisladores. Estoy seguro –agrega– que ahora comienza una nueva etapa de mayor equilibrio de fuerzas políticas en el país.
Corte de caja político
Saldo preliminar
El proceso legislativo de la iniciativa energética no termina. La aprobaron en el Senado y ahora se discute en San Lázaro; por lo pronto, exponemos algunos datos a tomar en cuenta.
La construcción del nuevo rostro de Petróleos Mexicanos dejó una estela de saldos positivos y negativos, donde destaca la derrota de los extremos de la derecha y la izquierda, el deshielo de la relación PRD-gobierno federal y el éxodo de perredistas hacia posiciones menos radicales, con la consecuente disminución de la fuerza numérica de Andrés Manuel López Obrador.
Esta reforma de Pemex nació en medio de la pugna interna en el perredismo por la dirigencia nacional del partido y concluyó en un contexto de inminente ruptura entre los radicales que siguen a López Obrador y el resto del partido.
Al ex candidato presidencial del PRD le han criticado su posición del no a todo para evitar que el gobierno de Felipe Calderón lograra la reforma a Pemex, incluso, señalan que López Obrador perdió en este proceso legislativo, porque aun cuando los legisladores del PRD, con la ayuda del PRI y la disposición del PAN, lograron erradicar todo viso de privatización, él prefirió tomar las calles para encabezar de nuevo la resistencia civil.
Los detractores del tabasqueño señalan que éste perdió porque tuvo 71 días, que implicaron 432 horas, para participar en un debate petrolero que se ufanó de haber logrado con su lucha en las calles y la toma de tribunas del Congreso y se negó a participar en él y justo tres horas antes de que el pleno senatorial comenzara el proceso para aprobarla se paró afuera del recinto de Xicoténcatl para pedir una audiencia para expresar su posición.
En abril, aún con las diferencias que provocó la disputa por la dirigencia perredista, López Obrador estaba cobijado y era respaldado sin condiciones por la mayoría de los líderes del PRD, por su amigo Manuel Camacho Solís, por su paisano Arturo Núñez y por una serie de académicos y especialistas que observaron en él al líder que podía encabezar la lucha por transformar a Pemex sin privatizarlo.
Ahora, seis meses después, este hombre que en 2006 logró el respaldo electoral de 15 millones de mexicanos en prácticamente todo el país, llegó a bloquear el acceso al Senado acompañado por unos dos mil seguidores; un contingente que nunca logró nutrirse más, que mostraba “brigadas” integradas por una, dos o tres mujeres.
El 10 de abril, sus amigos senadores Rosalinda López y Ricardo Monreal lograron el respaldo de sus compañeros para tomar por primera vez en la historia la tribuna del Senado; un respaldo que se movió más por la conveniencia política que por la convicción en la protesta.
El 23 de octubre pasado, 20 perredistas de todos los grupos votaron en favor de la reforma, porque lograron quitarle el perfil privatizador y por primera ocasión acordaron dejar solo a López Obrador.
Hacia el otro extremo, el del triunfo, los consensos son constantes.
“Nadie puede atribuirse la paternidad de esta reforma. Está construida entre todos; tiene propuestas de todos y todos debimos ceder en algunos puntos para avanzar en la negociación”, resume el coordinador de los priistas, Manlio Fabio Beltrones.
“Desde hace mucho tiempo perdí la cuenta de cuánto del PAN, del PRD, del PRI y del gobierno tiene esta reforma; la construimos entre todos”, añade el panista Rubén Camarillo.




