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21-Septiembre-2008

El camarógrafo que sólo recuerda gritos y un olor a hierro oxidado

Claudia Solera

Lucía y Ricardo, los novios que asistieron juntos por primera vez al Grito, acabaron en el hospital; Arianna es la pequeña que se aferra a su ángel de la guarda para soportar el dolor

Héctor fue el primer camarógrafo que llegó grabar a la Plaza Melchor Ocampo después de la explosiones. El olor a hierro oxidado es lo que más recuerda del atentado. “Yo creo que los charcos de sangre fueron lo que produjeron ese olor”.

Al momento de llegar los paramédicos, la iluminación para atender a los heridos era casi nula, así que al ver a Héctor con su cámara, le pidieron que con su luz, ayudara a alumbrar los brazos de la mayoría de los pacientes que perdían sangre por los pies para meterles una aguja y así tratar, con transfusiones, de regresarles la sangre que les robaban los agujeros que dejaron las esquirlas.

Durante el estallido, el camarógrafo estaba grabando la nota del grito de la independencia de Leonel Godoy, gobernador de Michoacán, a unos cincuenta metros del atentado y al escuchar la explosión por inercia volteó hacia el cielo porque pensó era el inicio del espectáculo de los juegos artificiales. Nunca tuvo indicios para imaginar lo contrario, pues hacía diez minutos la banda musical, había interpretado la última canción de la noche el guapo, de la banda fresa y todo el público brincaba, bailaba y festejaba con sus banderas de México al ritmo de “¡Qué barbaro, qué guapo estoy, qué chulo amanecí, qué chulo amanecí”.

Después de los sonidos norteños que Héctor disfrutó, escuchó gemidos infernales.

“La gente gritaba ¡ay, me duele, me duele!, ¡mis piernas!, y los más heridos por las esquirlas de las granadas, apenas si sacaban aliento para expresar ¡Ay!, ¡Ay!”

Héctor después de ver las imágenes más dantescas de su vida, sintió pánico, un vacío en el estómago y la boca se le secó.

El amor llevó a Lucía a la Plaza Melchor Ocampo el 15 de septiembre, pero también el amor que le tiene su novio Ricardo, la mantuvo despierta después que cayó al suelo por el calor que le penetraba de las rodillas a los pies.

“Decía que le dolían las piernas, que tenía sed y pedía pastillas para el dolor. Yo siempre traté de estar con ella para que no se pusiera mal y le pegaba en la cara para que no se durmiera”.

Los dos estuvieron internados en el Hospital Civil, donde una pared los separaba, obstáculo que a Ricardo no le importó para verla. Sin permiso de los doctores cerraba el suero para que mientras caminaba no se le saliera la sangre e iba a visitar a Luci, pero después de su visita clandestina, las enfermeras siempre lo regañaban porque olvidaba conectar el suero y el líquido se tapaba.

Ricardo sin confesarlo, se siente un poco responsable por las heridas de Luci, pues fue él quien la convenció para que conociera cómo era un grito desde la plaza más importante de Morelia, porque ella no es de la capital de Michoacán, sino de un municipio cercano que se llama Maravatío.

“La llevé a conocer el grito y sí lo conoció, pero diferente. Todavía después de la explosión no entendía qué sucedía, sólo veía mucha sangre y cuando los charcos comenzaron a crecer, para no horrorizarme me concentré en Lucía”.

Hasta el jueves Ricardo y Lucía estuvieron en el Hospital Civil, compartiendo sus heridas a través de visitas clandestinas o mensajes de celular. Ahora que a él lo dieron de alta, no ha desaprovechado ninguna guardia nocturna para acompañar a quien dice es el amor de su vida.

“A veces pienso que esas personas no sabían lo que hacían. Uno qué tiene la culpa de los problemas de los demás. Pedimos justicia porque pagamos gente que no lo merecíamos”, dijo Ricardo.

Ariana, cama 13. fractura expuesta de fémur derecho, abulsión de tejido de tórax derecho y múltiples heridas por esquirlas en varias partes del cuerpo.

Ariana encontró a su oso de peluche disfrazado de Ángel de la Guarda, en el carro de su papá unos días antes de la explosión. Ese osito, su mamá se lo regaló cuando se graduó de tercero de kínder, hace tres meses. A ella le encanta porque se sabe perfecto la oración que pronuncia su muñeco cada vez que le aprieta el estómago y repite con él: “Ángel de la guarda de mi dulce compañía no me desampares ni de noche ni de día hasta que me pongas en paz y alegría con todos los santos Jesús, José y María, Amén”.

Cada vez que Ariana presume saberse completa la oración, detiene los gemidos que expresa a sus familiares viéndolos a los ojos, “Me duele, me duele, mi piernita, mira aquí me duele”, se queja señalándola.

“Es que a veces no soy valiente, por eso me quejo”, confesó la nena.

Un mes antes del atentado acababa de entrar a la primaria y ya estaba aprendiendo a leer y a escirbir. Las vocales ya las puede decir al derecho y al revés y escribe su nombre sin ayuda.

Su abuela al pie de su cama se deshace para distraerla del dolor con sus muñequitas. Ricitos de oro es su consentida, Ariana le puso el nombre desde que se la regalaron y quién sabe de dónde sacó lo de ricitos, porque tiene la muñeca tiene el pelo hecho de estambre y es lacio. Y al preguntarle qué dónde están los rizos, mostró sus dientes de enfrente que apenas empieza a mudar.

La abuela cuando Ariana reza con tanta inocencia y espontaneidad el angelito de la guarda en coro con su osito, se le escurre las lágrimas, al ver que su nieta de apenas seis años está pagando sin siquiera tener conciencia, las consecuencias de una guerra sin piedad del crimen organizado.

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