La intervención del Ejército auguró que las protestas de los estudiantes tendrían un final trágico
A partir del 26 de julio, la movilización estudiantil comenzó a extenderse. En las calles, brigadas de estudiantes y porros cercaron las preparatorias 3 y 2, en un perímetro que comprendió las calles de Venezuela, Guatemala, Brasil y El Carmen. En cada bocacalle tendieron una cuerda y dejaron guardias de 20 estudiantes. Luego colocaron camiones con las llantas ponchadas. Algunos formaron brigadas para recolectar fondos y tomaron camiones en distintos puntos de la ciudad.
Muy cerca de ellos, en la esquina de Seminario y Guatemala, permanecían apostados aproximadamente 200 agentes, bajo el mando del coronel Ramón Ruiz Torres, que no hicieron nada por impedir la acción de los jóvenes.
También los estudiantes de las vocacionales 2 y 5 levantaron barricadas en torno de la Ciudadela, recuerda El Johnny. “Desde el mismo viernes, los jóvenes de las porras apoyaron a sus compañeros frente a las agresiones de los granaderos y policías y muchos se hicieron cargo de las barricadas y de proveer de camiones”.
Gilberto Guevara Niebla asegura que la mayoría de los jóvenes que ocuparon las escuelas y levantaron barricadas en esos días eran porros, estudiantes fósiles y “vagos de procedencia incierta”, entre los que se mezclaron sólo algunos estudiantes regulares. (En la hipótesis de la provocación fraguada, llama a sospecha que los porros, siempre temidos por los estudiantes, hubieran desplegado una defensa tan feroz de los planteles escolares.)
Ese sábado 27, por la mañana, una comisión de estudiantes de la Vocacional 5, encabezada por Genaro Alanís, intentó entrevistarse con el regente capitalino, Alfonso Corona del Rosal, pero en la antesala de sus oficinas fueron detenidos. A las 5 de la tarde, hubo una asamblea en el anfiteatro Justo Sierra del Colegio de San Ildefonso, a la que acudieron dirigentes estudiantiles de la UNAM, el Poli, Chapingo, la Normal y algunas escuelas de los estados. Era la primera reunión de coordinación estudiantil.
Por la noche, se reiniciaron los enfrentamientos entre granaderos y estudiantes, en los alrededores de San Ildefonso. La UNAM entonces, por iniciativa del rector Javier Barros Sierra, buscó un acercamiento con las autoridades para encontrar una salida pacífica al conflicto. Fernando Solana, entonces secretario universitario, se puso en contacto con el secretario del DDF, Rodolfo González Guevara, en quien percibió una “extraña indiferencia”, como comentó Barros Sierra a Gastón García Cantú, años después. Fungieron como mediadores Alfonso Millán, Eduardo Martínez y Julio González Tejada, quienes pudieron entrevistarse con los jóvenes.
Pero apenas puesto un pie fuera del área de barricada, los funcionarios universitarios fueron aprehendidos por la policía. A Millán lo patearon y luego los llevaron a todos a la PGR para interrogarlos. Los mantuvieron incomunicados hasta la madrugada que los dejaron en libertad.
Las autoridades universitarias ocultaron “esa provocación” a los estudiantes para evitar cualquier incidente y revertir la negociación, que llegó a buen puerto, pues en la madrugada del domingo, un grupo de estudiantes fue liberado y trasladado a las preparatorias para que sus compañeros los vieran. A cambio, los estudiantes permitieron que la Dirección de Tránsito retirara los 17 camiones que ya habían tomado.
Antes, sin embargo, en medio de la tensa calma que habían logrado las negociaciones entre la UNAM y las autoridades, ocurrió una provocación más que registró El Universal en su edición del 29 de julio: estudiantes que custodiaban el acceso al barrio universitario fueron agredidos por cerca de 200 jóvenes que pretendieron destruir las barricadas, entraron a la Preparatoria 1, cortaron la energía eléctrica y robaron equipo de oficina y pinturas de la oficina del director. Ninguno de los asaltantes fue detenido por la policía que mantenía cercada la zona. Gilberto Guevara Niebla, en su libro La libertad nunca se olvida, presume que ésta fue la primera actuación del grupo paramilitar de Los Halcones, que comandó Manuel Díaz Escobar, y se hizo célebre en la represión del 10 de junio de 1971, el Jueves de Corpus. José Rosario Cebreros, líder de la FNET en 1968, confirma esta suposición.
Las exigencias
Ese fin de semana, además, nació la primera versión del pliego petitorio de los estudiantes (la versión definitiva se elaboró en los primeros días de agosto, ya formado el Consejo Nacional de Huelga), en una asamblea en la Escuela Superior de Economía del Poli, en la que participaron representantes estudiantiles de casi todas las escuelas del Valle de México y acordaron generalizar la huelga. Exigían en ese primer borrador:
1.- Desaparición de la FNET, de la porra universitaria y del MURO (Movimiento Universitario de Renovadora Orientación).
2.- Expulsión de los estudiantes miembros de las citadas agrupaciones y del PRI.
3.- Indemnización por parte del gobierno a los estudiantes heridos y a los familiares de los que resultaron muertos.
4.- Excarcelación de todos los estudiantes detenidos.
5.- Desaparición del cuerpo de granaderos y demás policías de represión.
6.- Desaparición del artículo 145 del Código Penal (disolución social).
Estas demandas fueron base de la lucha del movimiento estudiantil y de su Consejo Nacional de Huelga.
Para el lunes 29 de julio, la inconformidad y la protesta habían alcanzado a la UNAM, que progresivamente se fue uniendo a la huelga de los politécnicos. La movilización estudiantil se extendió como onda expansiva. No sólo en el DF, sino en algunos ciudades del interior del país, como Villahermosa, Tabasco, donde los universitarios se manifestaron en apoyo a los capitalinos y fueron dispersados con gases lacrimógenos.
Ese lunes hubo reportes de incidentes en las vocacionales y preparatorias de distintos rumbos de la ciudad. En Observatorio, estudiantes de la Vocacional 5 secuestraron a dos policías con la intención de canjearlos por compañeros suyos detenidos. La situación se complicó cuando un autobús de la línea Estrella Roja atropelló a un alumno de la vecina Preparatoria 4. Los estudiantes secuestraron éste y dos autobuses más para dirigirse hacia el Centro de la ciudad, a las preparatorias 1 y 2. Los de la Prepa 7 bloquearon avenida de la Viga. Otros jóvenes atravesaron camiones en Fray Servando Teresa de Mier.
La toma de camiones se replicó en Tlatelolco, donde los estudiantes de Voca 7 bloquearon las principales avenidas, mientras las Vocacionales 2 y 5 retomaron las barricadas en torno de La Ciudadela, donde colocaron diez autobuses.
Las autoridades, por su parte, cerraron los accesos principales de Zacatenco y la Ciudad Universitaria. En la glorieta de Miguel Ángel de Quevedo y avenida Universidad colocaron patrullas y carros de granaderos que impidieron el tránsito.
Por la tarde, los jóvenes de las preparatorias convocaron a una concentración en el Zócalo y hacia allá se dirigieron cerca de 300, que salieron de San Ildefonso. Otra vez los granaderos les cerraron el camino y se reavivó la violencia. Los estudiantes se refugiaron de nuevo en las preparatorias de la zona, tomaron autobuses y los colocaron en las esquinas de acceso a esas escuelas. Allí se atrincheraron con sillas, mesas, pupitres y troncos de árbol. Otros corrieron hacia la Vocacional 7, de Tlatelolco, la Escuela Superior de Economía del Casco de Santo Tomás y la Vocacional 5 de la Ciudadela. Alrededor de todos los planteles colocaron barricadas y comenzaron las pintas: ¡Basta ya de pisotear nuestros derechos con bestiales agresiones!
“Durante más de dos horas, ambos grupos (estudiantes y granaderos) se limitaron a lanzarse mutuos ataques a distancia, sin que ninguno mostrara intención de avanzar más allá de cierta zona. Por el lado del Zócalo, agentes de la policía preventiva, con cascos y macanas, se limitaron a contener a los estudiantes que presionaban hacia la Plaza Mayor por las calles de Guatemala y Argentina. Las bombas molotov lanzadas por los primeros caían a la mitad del arroyo, muy lejos de los granaderos.
A las 9 de la noche arribaron a la zona cercada por los estudiantes más elementos de la policía del DF y del Cuerpo de Granaderos. En algún momento, uno de los policías gritó frente a la prensa: “¡Están abriendo las armerías!” y enseguida comenzaron a lanzar gases lacrimógenos y se precipitaron contra los estudiantes. Los jóvenes respondieron con piedras y bombas, y quemaron los autobuses para impedir el paso. La refriega se extendió pasada la medianoche.
“La Prepa 1 era nuestro fuerte. Allí cargábamos piedras y regresábamos al Zócalo, volvíamos por la Catedral, por la calle Argentina, y así hasta la madrugada”, recuerda El Johnny. De pronto, los granaderos se retiraron. La zona quedó envuelta en gases y sobrevino el silencio.
Entra el Ejército
A las doce de la noche en punto se puso en marcha la Misión Azteca, a cargo del general de Brigada Crisóforo Manzón Pineda. La operación concentró a tres agrupamientos. El primero integrado por el Batallón de Fusileros Paracaidistas y la Policía Militar. El segundo concentró al tercer Batallón de Infantería y el segundo Escuadrón Blindado de Reconocimiento. Y el tercero, al 40 Batallón de Infantería, el 44 Batallón de Infantería y el segundo Grupo Mixto de Armas de Fuego.
Del Campo Militar Número Uno partió con rumbo al Centro de la ciudad un convoy de tanques ligeros y jeeps equipados con bazucas de 101 milímetros, así como siete transportes Power y camiones DINA con soldados de línea pertenecientes a la Primera Zona Militar. Eran, aproximadamente, ocho mil elementos que se distribuyeron por distintos puntos de la ciudad.
El primero en actuar fue el Batallón de Fusileros Paracaidistas, al mando del general José Hernández Toledo, quien años atrás había dirigido los asaltos a las universidades de Sonora y Michoacán. A las 12:55, sus elementos se colocaron en el perímetro de las calles El Carmen, Seminario, Moneda, Argentina y Guatemala. Eran 650 elementos militares que rodearon las instalaciones de San Ildefonso, sede de las preparatorias uno y tres, con la orden de desalojar a los estudiantes. Para la acción contó con el apoyo de la Policía Militar y más tarde se sumaron los elementos del 44 Batallón de Infantería.
Hubo un ultimátum: abandonen la escuela. Nadie respondió. Entonces vino el disparo de una bazuca M1, que derribó la puerta colonial de San Ildefonso.
En el parte militar elaborado por José Hernández Toledo se aseguró que habían sido detenidos 127 estudiantes y que en el lugar hallaron 10 bombas molotov, dos botes de gasolina, una botella de ácido, una botella de amoniaco de cinco litros y una caja de propaganda comunista.
El Ejército responsabilizó de la destrucción de la puerta de San Ildefonso a los estudiantes, atribuyéndoles la detonación de una bomba molotov. Sin embargo, hubo fotografías que mostraron la escena en la que aparece la puerta derribada y el militar con la bazuca al hombro.
En las horas siguientes de la madrugada del 30 de julio continuó la operación militar. Los soldados extendieron el cerco y catearon “cada casa” de la zona en busca de los “elementos subversivos”, que no habían podido atrapar en la Preparatoria 1.
Otros efectivos se trasladaron a las vocacionales 2, 5 y 7, en la Ciudadela y Tlatelolco, respectivamente. En las primeras le dieron cinco minutos a los estudiantes para salir. Éstos intentaron resistir, pero al final abandonaron su plantel con las manos en la nuca. Eran aproximadamente 300 jóvenes que fueron detenidos y trasladados al Campo Militar Número Uno.
En la Vocacional 7 se encontraba esa noche César Tirado, quien ya había huido de la Voca 5 cuando vio llegar al Ejército. “Iba en busca de una reunión a la que nos habían convocado. Llegué a la Voca 5 y al cabo de un rato todos comenzaron a gritar: ¡Ahí viene el Ejército! Nadie lo sospechaba ni lo podía creer. Los jóvenes decidieron quedarse, pero yo sabía que no había nada qué hacer, de modo que corrí”.
En el camino encontró a dos estudiantes y subieron a un taxi “para salir de allí a como diera lugar”. Iba ocupado por una jovencita que trabajaba en el teatro Blanquita y se fueron con ella. “Desde el Blanquita vimos pasar carros de ambulancia, del Ejército, jeeps, era un movimiento tremendo, iban a gran velocidad. No había medida de lo que estaba pasando”.
Tirado se trasladó a la Vocacional 7. Todavía le dio tiempo de ir a la casa de un compañero para pedirle un suéter y dejar su portafolio, “que no recogí hasta el final del movimiento”.
Al llegar a la Voca 7, los muchachos le dijeron que tenían bombas molotov. “Yo les dije: no tarda en venir el Ejército, van a tomar las escuelas y no hay manera de defenderlas, entiendan. Entonces llegaron los militares, lentamente, por San Juan de Letrán, con las luces rojas encendidas. Eran tanques, jeeps, un desfile de tropas.
Nosotros éramos alrededor de 200. No había mucho que hacer. Sólo dije: hay que esperar. Yo ya estaba asustado. Tenía 21 años y estaba rodeado de jovencitos de 15 y 16 años”.
Cuando por fin llegaron los militares, un alto mando subió a la barda y los conminó a salir. “Yo comencé a hablar hacia los militares, hablé de la Constitución, de nuestros derechos. De pronto, el coronel dijo: que se entregue el líder. Giré la cabeza y no había nadie más que yo. Bajé y me entregué. No había más que hacer. Entraron y fueron sacando a los muchachos. De los 200 que había, fuimos como 90 los detenidos. Todos amanecimos en Lecumberri”.
En celdas de dos por tres metros metieron a 30 en cada una, recuerda. “Los muchachos lloraban y yo pensaba: ahora que se inició la revolución, yo estoy en la cárcel. No sabíamos lo que estaba pasando afuera. A los dos días nos sacaron. Muchos debieron sentir ganas de irse a su tierra. Pero la mayoría se quedó y regresamos a las escuelas”.
Otro de los detenidos esa noche fue El Johnny, a quien trasladaron a Tlaxcoaque. “Como éramos muchos, salimos a varias delegaciones, al Torito, El Carmen, Lecumberri. Y a los más vistos nos llevaron a Tlaxcoaque. Allí nos recibieron Cueto y Mendiolea. Ahí nos encontramos a varios de los detenidos del Partido Comunista. Nos juntaron a todos”. Los militares tomaron hasta la Preparatoria 5, de Coapa, cuyos estudiantes no habían participado en los disturbios.
“No habrá contemplaciones”
La operación del Ejército concluyó poco antes de las tres de la mañana del martes 30 de julio. La prensa justificó la intervención militar dados “los desmanes” de los estudiantes y la inconformidad de los ciudadanos.
El Universal calculó que el saldo de la jornada fue de 400 heridos y al menos mil detenidos. Los estudiantes aseguraron que hubo al menos 48 muertos entre el viernes 26 de julio y la madrugada del 30.
El entonces secretario de la Defensa Nacional, Marcelino García Barragán, declaró que el Ejército actuó inmediatamente después de que recibió la petición del regente, Alfonso Corona del Rosal, y del secretario de Gobernación, Luis Echeverría. “Estamos preparados para repeler cualquier agresión y lo haremos con toda la energía: no habrá contemplaciones para nadie”, dijo.
Muchos años después García Barragán aseguró que Echeverría y Corona del Rosal habían exagerado la situación de esa noche para obligar la intervención del Ejército, de acuerdo con los documentos que Julio Scherer hace públicos en su libro Parte de guerra.
Esa misma madrugada, poco antes de las cuatro de la mañana, Corona del Rosal y Echeverría se presentaron en conferencia. El primero negó que la policía hubiera violado algún recinto estudiantil, aseguró que no hubo decesos y que ninguna comisión estudiantil lo había buscado, a pesar de que así había sido.
Nuevamente justificaron las acciones policiacas ante las evidencias de “un plan de agitación y subversión perfectamente planeado” y estaba claro que los responsables eran del Partido Comunista. “El Ejército se retirará cuando se restablezca la normalidad”, dijo.
El titular de la Segob declaró: “La autonomía de la Universidad estuvo en peligro. Debido a ello, en vista de la situación y para evitar derramamiento de sangre, los cuales se han evitado (sic), fue que se pidió la intervención del Ejército”.
García Barragán, a su vez, negó que hubiera estudiantes detenidos en el Campo Militar.
La hipótesis de la provocación se fortaleció y los estudiantes se convirtieron en el epicentro de un fenómeno político y social que, cuarenta años después, todavía llama a la reflexión, el análisis y la investigación.
El movimiento estudiantil de 1968 había comenzado.




