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Ilustración: Abraham Solís
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15-Junio-2008

A Juárez sólo le dejan los muertos

Pablo César Carrillo

I CIUDAD JUÁREZ. Maldita puntería. Una sola bala, disparada por el fusil de un sicario, entró por el estómago de una mujer y acabó con la vida de dos personas a la vez. Neri Domínguez estaba embarazada, y cayó al suelo, sin aliento, como un bulto. Y su hijo, en el vientre, de tres meses, cayó con ella antes de conocer el mundo. Dos muertos de un solo tiro.

La muerte, en Ciudad Juárez, usa AK-47 de alta precisión.

Hace una hora mataron a un vendedor de autos en la calle López Mateos. Lo cosieron a balazos desde un vehículo en movimiento. Anoche le dieron un balazo a una niña de siete años. Anteayer le cortaron la cabeza a tres narcotraficantes.

Y en este momento el cuerpo de Neri está tendido en la calle, boca arriba, sin vida. Ella sólo estaba lavando autos en una esquina. Neri siempre estaba ahí, en su trabajo honesto y seguro. Era madre soltera, con tres niños. Y hoy le tocó.

Un lavacoches, Juan, explica la tragedia: “Un grupo de sicarios pasó por aquí disparando balazos contra unos muchachos de una camioneta Ford Expedition”. Los sicarios estaban cazando a sus víctimas, salpicando casquillos. La carrocería de la camioneta quedó agujerada como coladera. Entonces, una bala pasó de largo, y pudo tomar mil direcciones, pero le pegó a Neri, quien no tenía nada que ver en este entierro.

Los narcotraficantes siembran el terror.

Se escuchan las sirenas de la policía en la escena del crimen. Las mujeres lavacoches empiezan a llorar.

“Ellos nomás vienen a matar, cómo no matan a su propia familia”, exclama María Luisa Guerrero, la amiga de Neri, una chica que se escondió cuando oyó los tiros. “Que el mero mero más chingón dé la cara. Que diga aquí estoy”, agrega, enfurecida.

Matan y se van. Nadie los detiene. Nadie sabe dónde encontrarlos. Nadie sabe dónde se esconden. Llegan de repente y desaparecen de repente, sin dejar rastro. Los sicarios del narco atemorizan a toda una ciudad. Son los enviados del mal.

“Todos los días hay cadáveres. Todos los días”, platica Hilarión Domínguez, padre de Neri, parado a un lado del listón amarillo que dice: “Prohibido el paso”, y que le impide abrazar por última vez a su hija. “Ella no la debía. Todo esto es por la droga”, agrega.

La policía reporta hoy siete muertos. Mataron al Güero, acribillaron a El Mora, le dieron piso a un albañil, ajusticiaron a un policía, “sicariaron” a un gallero, y mataron a Neri y a su bebé. Otra vez se soltó el diablo. Otra vez la muerte ronda por las calles, en busca de incautos. Y en la noche, los narcos vulneran la frecuencia de radio de Seguridad Pública para poner música de fiesta. Hoy transmiten un narcocorrido.

II La muerte, en Juárez, tiene ganada la plaza.

El lunes pasado le metieron un tiro a una bailarina en un antro. Ahí mismo mataron a un cliente y le dispararon a un barman. Un día mataron a 14 narcos en las calles de la ciudad. Un fin de semana asesinaron a 20 personas. La semana pasada quemaron vivo a un joven. Mañana van a matar a otros dos policías. Y el martes van asesinar a una niña usada como escudo protector de un mafioso.

La narcoviolencia tiene más de 460 tumbas en Chihuahua.

“Es una verdadera carnicería”, dice una mujer, mientras contempla un cadáver. A pesar de todo, no hay registro de los muertos. Nadie sabe quién gana. Está claro que la pelea es entre Vicente Carrillo Fuentes y Joaquín El Chapo Guzmán, pero no hay parte de guerra. Se desconoce cuántos muertos van del cártel de Juárez y cuántos del cártel de Sinaloa. Si son jóvenes o viejos. Hombres o mujeres. Nadie sabe si son sicarios o distribuidores. Traidores o vengadores. Sólo hay muertos.

Los narcos son invisibles. Los traficantes comen, duermen y se divierten en la ciudad, y nadie los tiene ubicados. Viven en la ciudad, y nadie sabe dónde están. Los asesinos también son invisibles. Las autoridades no los investigan. No hay inteligencia.

La mafia tiene su estrategia. Le meten miedo a la sociedad y a la autoridad con muertes cada vez más despiadadas. Su intención es generar la impresión de una excesiva violencia para debilitar al Estado. Pretenden que la sociedad llegue a la conclusión de que el Ejército mexicano no es la solución al problema y que es mejor sin ellos.

Los narcos tienen una estrategia de difusión. Colocan mantas en edificios públicos con mensajes para los enemigos. Y ellos mismos llaman a la prensa para avisar de los mensajes. “Hay una manta en tal lugar, vayan a tomarle fotos”, dicen por teléfono. Y la prensa llega antes que la policía.

La estrategia parece estar funcionando.

El nuevo secretario de Seguridad Pública, Roberto Orduña, duerme en las oficinas de la policía para no salir. La prensa dice que tiene miedo. Los empresarios se están yendo a El Paso, Texas. El presidente municipal, José Reyes, compró una camioneta blindada. Los policías salen a trabajar con temor a encontrarlos. Y en el Hospital General de Juárez en donde rematan a los heridos les dieron un curso a las enfermeras para saber tratar a los sicarios. Uno de los consejos es: “Nunca los veas a los ojos”.

III La noche es joven en la calle de la perdición. Los 70 bares y antros de la avenida Juárez una calle digna de Sodoma, sólo comparada con la Revolución de Tijuana tienen menos visitantes de lo habitual. Hace 15 días, los narcos quemaron tres antros en un fin de semana. La semana pasada balearon a cinco en el centro nocturno Caesar Palace, así que hoy muchos juarenses no tienen ganas de diversión. Sodoma tiene miedo.

Una mujer de minifalda está parada en una esquina y ofrece sus servicios de prostituta económica. Trabajo completo por 300 pesos, dice. Otra mujer ofrece sexo con una menor de edad, por 300 pesos. Hay de todo, asegura.

—¿Tienes cocaína? —se le pregunta.

—No, amigo. Imposible. En estos días no hay droga en Juárez —contesta.

Es una mentira. A pesar de los operativos del Ejército, sí hay droga en Juárez. Hay cocaína, hay heroína, hay tachas, hay mariguana. Siempre hay. Pase lo que pase, hay y habrá droga, dicen. Un veterano vendedor, El Orejón, camina por la ciudad en busca de negocios sucios. El Orejón sabe cómo conseguir la cocaína.

“Ahorita no la venden a cualquiera. Sólo la venden a los conocidos”, platica. “No hay narcotiendas ni picaderos. No hay casas. Lo que hay son personas en las calles y en las colonias. Las tienditas son ambulantes. Así funciona”, dice.

El Orejón era vendedor de coca. Controlaba una esquina de la colonia Chaveña. Vendía dosis a sus vecinos y ganaba para drogarse él. Era muy feliz, dice. Hasta que un día llegaron unos pandilleros de Los Aztecas, y le quitaron el negocio. Antes, cualquiera podía vender droga, ahora no. Ahora todo lo controla el cártel de Juárez, la mafia de Vicente Carrillo Fuentes, a través de su operador El JL, el dos letras.

“Me pusieron una madriza”, dice El Orejón. “Me pegaron hasta que se cansaron. Y me fue bien. A un amigo le quebraron los brazos y los pies. Eso hacen con los que siguen vendiendo, les quebran los brazos con un bat. A mí me la perdonaron”, explica.

El Orejón está metido en la droga desde hace 40 años. Él conoció a Héctor González El Árabe, el nieto de La Nacha y El Pablote, dos históricos del narcotráfico en Juárez. El Árabe era el jefe de la mafia en los años sesenta. La Nacha y El Pablote fueron los primeros traficantes de Juárez en los años veinte. Ellos se quedaron con la plaza luego de que unos chinos vendían opio a inicios del siglo pasado.

Juárez siempre ha sido la entrada. En la época de la prohibición de Estados Unidos, por esta calle entraba el contrabando de bebidas alcohólicas. Desde hace 50 años entra cocaína y mariguana, le consta a El Orejón. “En ese tiempo cualquiera vendía y no le decían nada. Ahora no. Ahora hay que estar con ellos. Si no, te mueres”, platica.

La fiesta sigue en la calle Juárez hasta las dos de la mañana.

Dos cholos se hacen de palabras y terminan peleando a puño limpio. Uno de ellos le mete al otro un trompón y lo tumba sin consideración. El otro contesta con una patada voladora. La violencia como instrumento de poder. La policía registra diez peleas callejeras en la avenida Juárez. Y un saldo negro en la ciudad: 11 muertos en un día.

IV Los sicarios han asesinado a cientos de personas, pero una de las ejecuciones que más llama la atención es la del empresario Wilfredo Moya Estaco, propietario de los restaurantes Frida y Tabasco, dueño de bares, casas de apuestas y moteles. Lo acribillaron afuera de su bar de moda: el Vbar.

Su tío, Alberto Estaco, encargado de la educación de Willy desde niño, abre la puerta de su casa para explicar lo que ocurre en Juárez. Don Alberto está impactado. Afirma que los narcotraficantes se juntaron con matones y asaltantes, y todo se descompuso.

“Yo conocí a Rafael Aguilar Guajardo (el fundador del Cártel de Juárez). Era un hombre educado y honorable, una persona muy sencilla. Uno podía verlo en su hotel, ahí estaba. Cuando lo conocí, me dijo que él me conocía desde antes”, platica Alberto. “Era agradable. Yo lo recuerdo como una persona fina”, dice.

Alberto Estaco también conoció al narcotraficante Gilberto Ontiveros Lucero El Greñas, el capo que alcanzó la cumbre en 1984. Eran otros tiempos. Los narcos convivían con los empresarios y con la gente de clase alta. De hecho, un día, Alberto le vendió una propiedad sin saber quién era. “A mí sólo me decía que era el señor Ontiveros, y después me di cuenta que era El Greñas”, recuerda.

El problema comenzó cuando se dio la venta al menudeo hace 20 años, dice. De pronto muchos jóvenes de barrio empezaron a vender cocaína y mariguana, y cuando no tenían droga, robaban y mataban para conseguirla. “Todo se fue viciando. Antes había narcotraficantes buenos. Pero se fueron haciendo de mucho dinero y poder”, comenta.

Alberto Estaco asegura que su sobrino no estaba metido en la mafia. “Yo meto las manos por él. Pero ahora los traficantes están mezclados con matones”, dice.

La sociedad de Juárez está contaminada, afirman los empresarios.

Los hijos de las familias distinguidas van a la escuela con los hijos de los narcos. Y después las niñas de familia se hacen novias de los hijos de los mafiosos, o los niños de familia se casan con las hijas de los narcos. Y se hacen tejidos de amistad y parentescos.

Si un narco compra un carro, se hace amigo del gerente de la agencia de autos. Y después le compra otro auto y lo invita al bautizo de su hijo. Y se hacen compadres. Lo mismo pasa con los gerentes de los bancos. El narco abre una cuenta y después le dice: guárdame este dinero en varias cuentas. Y después le pide que le ayude a comprar una casa y le da comisión. Y se hacen amigos. Y después lo invita a sus fiestas y conoce a sus amigos. Y como lo que sobra es dinero se hacen compadres. Muchos juarenses tienen amigos y compadres narcos, y se acostumbran a ellos.

Ese es el gran problema de Juárez. Que los negocios legales están vinculados a los negocios de los narcos. Que las familias han emparentado con los narcos. Que los abogados defienden narcos y los contadores les llevan su contabilidad. Que los ciudadanos los hacen amigos y compadres. Que los dólares de alguna forma benefician a todos. Que los parientes les piden prestado y reciben sus apoyos. Que los sacerdotes reciben narcolimosnas. Que los gringos demandan la droga. Que los agentes aduanales les permiten el paso. Que los policías les reciben el dinero. Y que, por todo lo anterior, dos cárteles de la droga, pelean la plaza y se matan.

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