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Ilustración: Abraham Solís
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20-Julio-2008

22 de julio no se olvida

Elia Baltazar

Hace 40 años retumbó en la plaza de la Ciudadela el mítico grito de “¡manosearon a la novia de El Caballo!”, afrenta que desató la gresca entre alumnos del Politécnico y la preparatoria Isaac Ochoterena

“¡Manosearon a la novia deEl Caballo!”

El partido de futbol se detuvo. Una última patada disparó el viejo balón de cuero que, ya sin rumbo, rodó entre las piernas de una docena de jóvenes, la mayoría estudiantes de las vocacionales 5 y 2 del Instituto Politécnico Nacional.

La Ciudadela era la cancha de todos los días. El lugar donde los estudiantes se reunían, desde muy temprano, para organizar la cascarita, disputarse los refrescos y retar a veces a los muchachos del barrio.

Ya por la tarde se sumaban como espectadores o participantes Los Ciudadelos o Los Araños, las bandas que asolaban el rumbo, dedicados al asalto y a la intimidación, diestros con los puños y el cuchillo, recuerda Rosario Hernández, quien ha mantenido su domicilio en la calle Tolsá, desde hace 55 años. “Eran malos, fíjese. Broncudos, bien peleoneros. Todavía por ahí andará alguno”.

A sus 73 años, recuerda los juegos de todos los días entre los muchachos, sus piropos, los enojos de su madre porque le rompían las macetas y la molestaban con su escándalo. “Siempre había broncas, siempre se peleaban entre ellos o con los muchachos de las pandillas que molestaban a sus compañeras o le quitaban el dinero a otros jóvenes”, dice.

Sobre todo “jalaban” para el rumbo de la Juárez y la Roma, donde más asaltaban. “Qué nos iban a quitar a nosotros, nada; acá venían porque algunos vivían por el rumbo o eran de la misma Voca, chamacos que nomás perdían el tiempo”. Y como siempre, asegura, la policía “no hacía nada, nomás los espantaba de vez en cuando. Hasta que mataron a alguno de ellos en una bronca, pero eso ya fue después”.

Como cualquier otra, esa mañana del 22 de julio de 1968, el juego había reunido a estudiantes de las vocacionales y miembros de la porra, que fueron los primeros en correr tras la voz que los conducía hacia la escuela secundaria y preparatoria Maestro Isaac Ochoterena, de donde presuntamente venía el agravio contra las muchachas del Poli.

Entre las vocacionales 5 y 2 y la Isaac Ochoterena campeaba la rivalidad. Incorporada a la UNAM, la Ochoterena era el “rival” de los politécnicos, de modo que las peleas entre estudiantes se sucedían por semana. La mayoría de las veces los pleitos no pasaban de los puños o del intercambio de insultos. Alguna vez, si acaso, volaban piedras entre ambos bandos. Pero ese lunes la violencia se desbordó “entre los hijos de la Conasupo, como nos decían ellos y los hijos de Alemán, como les respondíamos nosotros: era una lucha de clases”, relata Alfonso Torres Saavedra, El Johnny, entonces estudiante de la Vocacional 2 y célebre porro del IPN.

De la Ciudadela, los politécnicos arrancaron hacia la calle de Tres Guerras con rumbo a Lucerna, al otro lado de Bucareli, donde todavía se encuentra la Ochoterena en una vieja casona estilo porfirista, construida a principios de 1900 (ahora propiedad del Colegio Holandés). En el camino, los jóvenes se hicieron de piedras y palos y, ya frente al plantel, la emprendieron contra los estudiantes que estaban afuera.

“Al principio éramos como 30, pero en algún momento pude voltear y vi a cientos. Cuando nos vieron, cerraron la reja de la Ochoterena. Entonces comenzamos a lanzar piedras y palos contra las ventanas. Todo fue un caos, hasta que llegaron los granaderos y nos dispersaron”, relata Jaime Contreras Mendoza, protagonista de esa gresca. Sus palabras y la información publicada en el periódico La Prensa confirman que la policía y los granaderos intervinieron desde ese primer día de enfrentamientos entre estudiantes.

La multitud que recuerda Jaime se había nutrido de jóvenes de la porra que comandaba El Johnny. “Habíamos ido a apoyar a nuestros muchachos de la Voca 4, recién abierta entonces, que traían pleito con la Preparatoria 4. Ya los habían hecho sus clientes y nos pidieron ayuda para calmarlos”.

Vecinos desde entonces, localizados en la avenida Observatorio, los dos planteles se disputaban presencia y liderazgo en la zona. Y de azuzar a los estudiantes contra una y otra escuela se encargaban los porros, que podían trasladarse de un plantel a otro en autobuses de las mismas instituciones educativas.

“Cuando volvíamos a la Voca 2, vimos el pleito y nos bajamos de los camiones y les dimos con todo”, relata El Johnny, ahora un hombre de 70 años, a quien se la atribuye un papel relevante en los enfrentamientos que siguieron a la batalla de ese 22 de julio.

Jaime Contreras Mendoza admite que entonces no era estudiante. Había ingresado a la Vocacional 5 y abandonado la escuela por el futbol; quería ser jugador profesional. Sin embargo, siempre que podía se trasladaba de su casa, en Iztapalapa, a la Ciudadela para jugar futbol y ver a su novia antes de ir a su trabajo, en el Centro Médico.

Reconstruye por primera vez las escenas de hace 40 años, porque la tristeza de un luto personal le cerraba el camino al recuerdo: Jaime perdió a su novia, de 19 años, el 2 de octubre de 1968, en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco. “Estábamos embarazados de cinco meses. Yo no quería que fuera al mitin de ese día, pero ella se sentía involucrada con el movimiento. Quise alcanzarla en la plaza pero ya no pude llegar. A la altura de la colonia Obrera, por San Juan de Letrán, ya habían cerrado el paso y no dejaron pasar al trolebús. Nunca la volví a ver. Su madre y yo no encontramos ni siquiera su cuerpo. Se llamaba Layla Sánchez”.

Los testimonios de Jaime Contreras Mendoza y Alfonso Torres Saavedra se sustentan en las versiones que ofreció la prensa al día siguiente del ataque a la Ochoterena. El Universal, en su edición del 25 de julio, ya refiere las dos versiones acerca del origen de la violencia entre estudiantes. Una atribuye el enfrentamiento a viejas rencillas; la otra, al lío de faldas.

“Por la Plaza de la Ciudadela –apunta el diario– pasaron unas señoritas estudiantes de la Vocacional 5, a las que alumnos de la Isaac Ochoterena trataron de acompañar y conquistar, lo cual degeneró en piropos de mal gusto, y al sentirse las jóvenes ofendidas intervinieron los de la Vocacional 2 para dispersar a los galanes preparatorianos; pero después se juntaron éstos para provocar a los alumnos de las vocacionales 2 y 5, tras lo cual se generalizó la riña”.

El maestro Héctor Bustillos Hasegaba, que en aquellos días impartía clases de anatomía, fisiología, higiene y matemáticas en la Ochoterena respalda esa versión. No obstante, asegura que la ofensa provino de los politécnicos, según su testimonio incluido en el libro Tiempo de hablar, que Sócrates Campus Lemus (ex integrante del Consejo Nacional de Huelga del movimiento estudiantil) dictó a Juan Sánchez Mendoza.

“Todas las mañanas, alumnos de la preparatoria y secundaria se iban en su hora libre a desayunar molletes y café al Sanborn’s. Ocasionalmente se topaban allí con estudiantes de la Vocacional 5, y bueno, como se acostumbraba en la época, surgían los piques entre universitarios y politécnicos. Pero el día de la primera gresca (que él ubica el sábado 20 de julio), uno de los porros que habitualmente no llegaba al Sanborn’s, le dio una nalgada a una jovencita de la preparatoria que pasaba junto a él. La recuerdo muy bien: rubia, de ojos verdes y caderona. Eso produjo la riña. Y durante el pleito murió un joven al que no se sabe quién enterró un cuchillo o tenedor en el estómago”.

De ese joven muerto o herido no hay registro en la prensa de la época. Pero el resto de su relato coincide con el de Jaime Contreras Mendoza y Alfonso Torres Saavedra. El maestro recuerda que los alumnos de la Ochoterena, luego del pleito frente al Sanborn’s, huyeron hacia su escuela, perseguidos por los politécnicos. “Obviamente cerramos las puertas cuando descubrimos a nuestros atacantes. Y como la escuela tenía puerta de metal, les fue imposible entrar. Entonces (…) apedrearon el edificio (…)”.

La disputa terminó cuando la directora del plantel, Amanda Sánchez, solicitó el auxilio de la XIX Compañía de la Policía Preventiva, que envió 50 elementos al lugar, bajo las órdenes del comandante Manuel R. Urbina, de acuerdo con información de La Prensa, del 23 de julio. Para cuando los uniformados llegaron, apunta el diario, “patrullas de los servicios especiales de la jefatura de policía, dos transportes de granaderos con más de 60 hombres, así como camionetas panel de la policía se encontraban en el lugar para restablecer el orden”.

Esta versión desmiente que la policía ignorara el ánimo de revancha que privaba entre alumnos de las vocacionales y la Ochoterena, y no estuvieran prevenidos de lo que podía ocurrir en los días siguientes. La misma directora de la Ochoterena solicitó una guardia permanente de granaderos en el perímetro de su plantel, luego de que los politécnicos amenazaron con volver al día siguiente. También recurrió a las autoridades de la Vocacional 5 para que, juntos, resolvieran el conflicto. Sin embargo, encontró oídos sordos, relata el maestro Héctor Bustillos.

“La directora Amanda Sánchez y el subdirector César Palafox buscaron a sus iguales de la Vocacional 5, Antonio Ross y Raúl Enríquez Palomeque, sobre lo sucedido horas antes. Pero ambos se negaron al diálogo. No quisieron recibirlos, y mandaron decir que a ellos no les importaba nada de eso, por tratarse de un pleito callejero”.

Las autoridades del Politécnico y la misma directora de la Isaac Ochoterena acusaron del ataque a Los Araños y Los Ciudadelos, que dos meses antes ya habían lapidado el plantel privado, y lo mismo habían hecho con la Escuela Técnica del Sindicato de Electricistas, que se encuentra en la calle Versalles de la colonia Juárez.

De allí que se presumiera su intromisión en el pleito que había iniciado alrededor de las 10:15 de la mañana y dejado como saldo decenas de jóvenes golpeados, daños por siete mil 200 pesos y denuncias contra estudiantes, acusados ante la séptima delegación, por los percances ocasionados a seis automóviles estacionados en las calles de Lucerna y Versalles, reporta Excélsior en su edición del 23 de julio de ese año.

Frente a la advertencia de otro enfrentamiento, las autoridades policiacas apostaron en la zona tres camiones del 19 Batallón de Granaderos, al mando del capital Manuel Robles. Uno, en la esquina de Versalles y Lucerna; otro, en Abraham González y Versalles, y el tercero en Bucareli y Lucerna: es el escenario para los disturbios y la represión de los días posteriores, cuya gravedad enterró los detalles de esa primera jornada de violencia, que fue chispa para la mecha que encendió el movimiento estudiantil de 1968.

De nada sirvió la presencia de los granaderos para evitar los choques del día siguiente. El 23 de julio, porros de las preparatorias 2 y 6 se congregaron en la Ciudadela, aproximadamente a las 9:45 de la mañana, para atacar las instalaciones de la Vocacional 2 en un acto de revancha por el asalto del día anterior contra la escuela Isaac Ochoterena. Lanzaron piedras, palos y botellas contra las instalaciones y destrozaron los vidrios de los laboratorios y la biblioteca, de acuerdo con la nota de Silvia Mireles, que el periódico El Día publicó el 24 de julio.

Raúl Álvarez Garín, ex miembro del Consejo Nacional de Huelga del movimiento, identifica a Sergio Romero Ramírez, El Fish, como uno de los porros universitarios que encabezó la agresión contra la Voca 2. Se trataba de un “egresado” de la carrera de Química, que ya trabajaba entonces en la oficina de prensa del DDF, con el regente militar Alfonso Corona del Rosal, pero había vuelto a la UNAM para operar como informante de las autoridades y contrarrestar a los grupos de izquierda.

El Fish había sido presidente de la Federación de Estudiantes Universitarios (FEU) entre 1966 y 1967 y era conocido por el control que ejercía sobre los miembros de la porra universitaria. Priista de toda la vida, ha admitido que en aquellos años recibía financiamiento del presidente del PRI, Lauro Ortega, y protección de funcionarios de la UNAM como el secretario general auxiliar, Jorge Ampudia, y el director general de Escuelas Preparatorias, Vicente Méndez Rostro, según consta en los archivos de la DFS.

A través de Miguel Osorio Marván, secretario particular del presidente Gustavo Díaz Ordaz, mantuvo al gobierno al tanto de las actividades del Consejo Nacional de Huelga (CNH) que encabezó el movimiento estudiantil de ese año. A su vez, los directores de las vocacionales 2 y 5, Alberto Camberos y Antonio L. Ross, aseguraron que los porros habían llegado en autobuses de la línea San Ángel Inn que estacionaron en Tolsá. A bordo, dijeron, iban jóvenes vestidos con uniformes color beige, como los que usaban entonces los estudiantes de secundaria.

“Lapidaron las instalaciones de la Vocacional 2, que estaba en plenas labores docentes, con obvias intenciones provocativas”. Los hechos hacían pensar en “intervenciones de extraños al plantel, que están interesados en desprestigiar al Instituto”, afirmaron.

Al cabo del ataque, los porros de las preparatorias se dispersaron, recuerda El Johnny. Pero el ánimo de venganza en las vocacionales se había encendido. Humberto Campos Meza, entonces estudiante de la vocacional, cuenta que luego de la agresión de los universitarios, el director de la Voca 2, Alberto Camberos, le dijo a El Johnny: “¿Vas a permitir la agresión en contra de nuestra escuela?”

La DFS lo tenía identificado como “un porro” que recibía dinero de Camberos, según consta en el expediente DFS 11-4-71/L140/F120, recuperado por la Femospp. Al respecto, El Johnny sólo responde: “Éramos institucionales”. Luego vuelve a la narración de aquel 23 de julio, cuando organizó a los jóvenes de la Voca 2 y sumó a los de la 5 para responder la agresión, “porque sólo yo tenía ese poder de convocatoria, por mi dialéctica”.

Eran 300, aproximadamente, los estudiantes de la Vocacional que se dirigieron hacia la Isaac Ochoterena. Frente a los granaderos, lapidaron de nuevo el plantel y, según el maestro Héctor Bustillos, rompieron los parabrisas de todos los autos estacionados sobre Lucerna, desde Versalles hasta Bucareli; “destruyeron aparadores, golpearon gente, y apedrearon a todo el mundo, sin que los granaderos se inmutaran, sin que se metieran para nada. Sólo miraban, pues su consigna era observar, según dijeron.”

Ante la pasividad de los granaderos, los estudiantes de la Ochoterena decidieron enfrentar a sus agresores. Escaparon de la escuela por la parte de atrás, donde había un terreno baldío, y se hicieron de piedras y palos. Rodearon la cuadra, tomaron Versalles y entraron a Lucerna. Allí toparon con los politécnicos y se armó el zafarrancho.

Para el mediodía, el pleito entre estudiantes se había apaciguado. Quién sabe si por cansancio o por la victoria declarada de algunos de los bandos. “La Isaac Ochoterena ganó la pelea y los muchachos de la Vocacional 5 huyeron. Se fueron corriendo por todo Lucerna. Unos dieron vuelta en Bucareli con rumbo a la Ciudadela y otros doblaron por Abraham González hasta General Prim”, relata el maestro Héctor Bustillos a Juan Sánchez Mendoza.

Hasta ese momento, el problema sólo había involucrado a jóvenes, estudiantes y porros, si se quiere. Pero luego todo se enredó con la intervención de los granaderos, que ocurrió en circunstancias hasta ahora poco claras.

“Allí resultaría herido –después se supo— el entonces joven estudiante Ernesto Zedillo”, recuerda Chávez.

Excélsior informó que los uniformados se habían involucrado en el pleito al intentar dispersar a los estudiantes. Pero las notas de Elías Chávez y Silvia Mireles y el testimonio del maestro Héctor Bustillos aclaran la situación. “Cuando los politécnicos volvían a sus vocacionales, de un edificio lanzaron una piedra contra el chofer de uno de los camiones de granaderos. Le pegó en el rostro y al momento se bajaron todos los granaderos y se fueron contra los jóvenes. “No pudo haber sido nadie de la Vocacional, porque estaban en plena huida. Y no pudo haber sido alguien de la Isaac Ochoterena, porque ya retornaban a su escuela”, cuenta Bustillos.

Los granaderos cerraron el paso a los estudiantes en Bucareli, Tolsá y Tres Guerras, con ánimo de provocación. Elías Chávez escribió que, al principio, los estudiantes contestaron con gritos y silbidos, pero el ánimo se fue caldeando y comenzaron a arrojar piedras contra los granaderos.

“Allí se dio el primer enfrentamiento con los granaderos”, recuerda El Johnny. “Los agarramos a dos aguas, pero luego otros se vinieron sobre nosotros. Intentamos replegarlos lanzando piedras para correr a las escuelas pero hasta allá fueron por nosotros.”

Por General Prim llegaron los refuerzos de la Compañía 19 de Granaderos, armados con fusiles de gas lacrimógeno. Elías Chávez contó al menos 200 elementos, a los que sumó 25 agentes de los servicios especiales de la jefatura de policía, al mando del mayor Celso Peña Zúñiga, informa en El Universal.

Los jóvenes huyeron de los granaderos hacia la Ciudadela, intentado llegar a sus escuelas. “Era entonces cuando por las calles laterales que desembocan a la plaza aparecían nuevamente los granaderos, volvían a provocar a los estudiantes y, cuando éstos se envalentonaban, las bombas lacrimógenas y las macanas de los uniformados caían sobre los muchachos”, escribe Elías Chávez.

El más grave episodio de la jornada ocurrió cuando los jóvenes lograr entrar sus vocacionales, luego de varias corretizas. Parecía que allí había concluido la persecución. Sin embargo, una sección de granaderos traspasó las puertas del plantel, ingresó a pasillos y salones, y golpeó a alumnos y maestros.

José Romero y David Salazar, entonces estudiantes de la Vocacional 5, afirman que los granaderos, tolete en mano, golpearon todo lo que encontraron a su paso. “Unas maestras intentaron cerrarles el paso, les pidieron que por favor se detuvieran y ni caso le hicieron; les pegaron como si se tratara de un hombre. Entonces, comenzamos a arrojarles lo que pudimos. Entraron a los salones, corretearon a todos, les pegaban a los muchachos y a las muchachas, los jalaban de los cabellos y los hincaban para golpearlos. Los hombres intentaban proteger a las compañeras, pero todo el mundo entró en pánico. De la escuela se jalaron a varios, y nada los detuvo. Fue muy impresionante.”

José Romero no se salvó de los golpes. “Me abrieron la cabeza, pero escapé por uno de los pasillos. Corrí hasta el fondo de la escuela y allí me escondí. Escuchaba los gritos de mis compañeros y, la verdad, comencé a llorar. Éramos unos chamacos”, recuerda el hombre que hoy es taxista.

Luego de tres horas de enfrentamientos primero entre los jóvenes y después con los granaderos—, las calles de Lucerna, Versalles, Atenas, Abraham González, General Prim, Tres Guerras y los alrededores de la Plaza de la Ciudadela quedaron tapizadas de piedras y vidrios.

Los comercios cerraron sus puertas y el tránsito de vehículos fue interrumpido totalmente. Hubo saqueo en algunos establecimientos y decenas de edificios y vehículos fueron apedreados. El Universal contó al menos veinte estudiantes detenidos y decenas de heridos, entre ellos una maestra gravemente lesionada en un ojo y un joven conmocionado.

Con excepción de El Universal y El Día, los periódicos de la época atribuyeron a los jóvenes la responsabilidad del enfrentamiento; los acusaron de haber agredido y provocado a los uniformados, de “lapidar” dos de sus camiones y “decomisar” los rollos de los reporteros gráficos.

Por los granaderos dio la cara el comandante del Batallón de Granaderos, teniente coronel Alfonso Frías, quien expresó su disgusto frente a la prensa por la actuación de sus elementos y prometió una investigación de los hechos a fin de castigar al comandante de la sección que había cometido el allanamiento.

“Dijo que sus instrucciones habían sido terminantes en el sentido de no atacar a los estudiantes y, por el contrario, evitar lo más posible choques con los muchachos”, informó El Universal.

Por la tarde, sin embargo, el jefe de la policía capitalina, Luis Cueto, emitió un comunicado de prensa en el que negó que los granaderos hubieran agredido a los estudiantes y usado gases lacrimógenos, de acuerdo con la información de Excélsior.

Las autoridades no volvieron a referirse a aquella investigación ni deslindaron responsabilidades por la violenta incursión de los granaderos en la vocacional. No sería la última. En los días siguientes, la violencia policiaca se acentuó frente a las protesta que despertaron estos hechos entre la comunidad estudiantil.

La Secretaría de Educación Pública atribuyó la jornada de violencia a “manos extrañas” que tenían el propósito de “agitar” el IPN. Desde el gobierno, comenzó a tejerse la versión de la conjura y los intereses de “agitadores”, “alborotadores”. Primero fueron las pandillas; después, “los comunistas”.

Al cabo de los años, aquella inexplicable agresión policiaca a destiempo navegó entre la hipótesis de la concertación y la coincidencia, aunque siempre se mantuvo la sospecha de la provocación premeditada.

“Todo aparece como si las fuerzas del orden hubieran aprovechado las rencillas existentes entre las escuelas (vocacionales y Ochotorena) para implementar un enfrentamiento”, escribe Sergio Zermeño en su libro México: una democracia utópica. El movimiento estudiantil del 68. “Fue un acto planeado y deliberado”, asegura Gilberto Guevara Niebla en su libro La libertad nunca se olvida. “Estoy convencido de que la atrocidad cometida en la Ciudadela fue premeditada”, afirma Sócrates Campus Lemus en Tiempo de hablar y llaman la atención sus argumentos.

“Hoy sé, con toda certeza, que en junio de 1968 fueron convocados alrededor de 200 jóvenes, cuya edad promedio era 19 años, para integrar un grupo de choque (…). Fueron alojados en el hotel Riviera, cerca de Insurgentes, a una cuadra de donde estaba el ADO, y posteriormente, cuando los corrieron de ahí por desastrosos, se les concentró en el hotel Carlton de la colonia Tabacalera, a un lado del Frontón México, y en otro hotel de la zona. Todos eran efectivos policiacos (…), agentes de la Dirección Federal de Seguridad, de la Policía Judicial Federal, de Servicios Secretos, de la Policía Judicial del DF y de la Policía Fiscal Federal (…); cobraban 100 pesos diarios sin hacer nada, aparte de su sueldo y comisiones. Pero después del 2 de octubre los reincorporaron a sus plazas”.

En las horas siguientes a la refriega de los granaderos sobre los politécnicos, la indignación se esparció de una escuela a otra del IPN, despertando la inconformidad: germinaba la simiente del movimiento estudiantil en el Politécnico.

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