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20-Julio-2008

“¡Zócalo, Zócalo!”

Elia Baltazar

La convergencia de estudiantes y comunistas dio el pretexto perfecto para la “represión preventiva”

La entrada de los granaderos a la Vocacional 5 provocó un efecto en cascada. El mismo martes 23 de julio, maestros y estudiantes decretaron un paro de labores de 24 horas, que después se extendió a 72. Comenzaron las asambleas y la organización de la protesta contra la irrupción policiaca.

Era obligada la intervención de la Federación Nacional de Estudiantes Técnicos (FNET), la organización oficial de representación estudiantil, que auspiciaban las autoridades (Politécnico, PRI y gobierno) y presidía entonces José Rosario Cebreros, estudiante del quinto año de la Escuela de Medicina del IPN.

La FNET era una especie de sindicato estudiantil que congregaba a alrededor de 300 mil estudiantes de todo el país: de los tecnológicos, los tres niveles del Politécnico (superiores, vocacionales y prevocacionales), las secundarias técnicas, las escuelas de enseñanzas especiales y una normal técnica del DF.

“Era una estructura corporativa, que para nada servía a los intereses de los politécnicos”, afirma César López Tirado, ex miembro del CNH. Otra, sin embargo, es la opinión de César Enciso, también miembro del CNH.

“Con todo y que era oficialista, plegada a los intereses del PRI y del gobierno, era una organización estudiantil amplia, donde teníamos cabida tirios y troyanos. Yo militaba en la Juventud Comunista, como muchos de mis compañeros que éramos proclives a la democratización de la FNET y que habíamos ganado sociedades de alumnos dentro de esa organización”.

Cuestionada por los grupos de izquierda, que avanzaban en la representación estudiantil, la FNET había evidenciado la debilidad de su liderazgo un año atrás, en 1967, durante el paro organizado por los estudiantes politécnicos, en apoyo de la Escuela de Agricultura Hermanos Escobar, de Ciudad Juárez, Chihuahua, que se había lanzado a huelga para exigir la federalización de su institución. La FNET se vio presionada a apoyar esta iniciativa, aun cuando la ponía en conflicto con el gobierno.

Ahora estaba obligada a actuar. Por eso Cebreros y los tres secretarios generales de la FNET (Roberto Valdivia Ochoa, de la ESCA; Apolonio Damas, de la ESIA, y José Centeno Nava, de la ESIME) convocaron a una reunión de sus miembros que se llevó a cabo el miércoles 23 de julio, a las 5 de la tarde, en el auditorio de la escuela Wilfrido Massieu, en el Casco de Santo Tomás.

Allí, los 18 secretarios generales y los presidentes de las sociedades de alumnos acordaron realizar una marcha de protesta por el abuso policiaco —la primera que realizaban desde 1956— y abanderar la demanda de los politécnicos, quienes exigían la renuncia de los jefes policiacos Luis Cueto y Raúl Mendiolea, y del teniente coronel Armando Frías, jefe del cuerpo de granaderos.

La manifestación se programó para el 26 de julio. Antes, sin embargo, debían solicitar el permiso de las autoridades. Acudieron el jueves 25 de julio por la mañana a la Secretaría General de Gobierno para entrevistarse con su titular, Rodolfo González Guevara, quien le pidió a Cebreros posponer la manifestación. Conocidos del pasado, en su natal Sinaloa, González Guevara le dijo: “Paisano, no haga por favor la manifestación, porque van a coincidir con la del 26 de julio”, que celebraba cada año el asalto al cuartel Moncada, como inicio de la Revolución Cubana. Pero esta vez la FNET no cedió. No podía.

Para las autoridades capitalinas, la decisión de otorgarles el permiso no era un asunto menor. No sólo por los aires de protesta estudiantil que corrían de todas latitudes del mundo, sino por los antecedentes del caso politécnico. Además, la presencia de los comunistas siempre añadía un ingrediente de riesgo a ojos de las autoridades.

Eran tiempos de guerra fría y cualquier manifestación comunista obligaba la estrecha vigilancia de la Secretaría de Gobernación, entonces a cargo de Luis Echeverría, y de su Dirección Federal de Seguridad (DFS), encabezada por el militar Fernando Gutiérrez Barrios. Como en esta oficina se concentraba toda la información política y de seguridad, nadie ha dudado de que Echeverría y Gutiérrez Barrios previeran los riegos que se llevaran a cabo dos manifestaciones el mismo día.

El atrevimiento
La mañana de ese viernes 26 de julio, en las escuelas del IPN hervía el ánimo de protesta. La FNET ya había convenido con el gobierno el trayecto de la manifestación: de la Plaza de la Ciudadela al Monumento a la Revolución y de allí a la Plaza del Carrillón, en el Casco de Santo Tomás.

La manifestación arrancó a las 4:30, envuelta en un clima de unidad contra la agresión policiaca, pero dividida por las diferencias entre las distintas expresiones políticas estudiantiles. O mejor, porque los politécnicos que militaban o simpatizaban en las organizaciones de izquierda cuestionaban la autoridad moral de la FNET para encabezar la marcha. Había hartazgo del control gubernamental y hacía mucho que luchaban por democratizar la vida estudiantil y sus órganos de representación.

Más al sur de la ciudad, de Salto del Agua y San Juan de Letrán, partió la marcha de apoyo a la Revolución Cubana. La marcha de los comunistas hubiera transcurrido “como cualquier peregrinación”, de no haberse presentado un factor extraordinario. Y ocurrió cuando contingentes de las dos manifestaciones se unieron en una sola protesta, intentado alcanzar el Zócalo. Desde los mineros de Nueva Rosita, nadie se había atrevido a llegar a la Plaza de la Constitución, sin la venia presidencial.

De cómo coincidieron las marchas de comunistas y politécnicos hay versiones encontradas: hay quienes afirman que se trató de una acción espontánea y quienes advierten que se trató de plan concertado por la Confederación Nacional de Estudiantes Democráticos.

“Decidimos (los estudiantes de la Juventud Comunista y la Liga Espartaco) organizarnos para romper el control de la FNET sobre la manifestación”, dice David Vega en el libro Pensar el 68, en el que narra las acciones de propaganda que llevaron a cabo en las escuelas para lograr que la marcha del Poli dejara al margen a la FNET. “En la CNED, el día 25 (de julio), habíamos acordado que, de ser posible, conduciríamos esa manifestación para hacerla caer el 26 de julio”.

En su libro de memorias La flor del tiempo, Martínez Nateras, entonces presidente de la CNED, escribe: “Los compas del IPN se movilizan y fuerzan la convocatoria de una manifestación de la FNET. Charlamos con Alanís, el líder de la Voca, y convenimos proponer la unificación de las dos manifestaciones. La fracción comunista en el comité ejecutivo de la FNET infructuosamente hace lo propio. El localito de la CNED, en Córdoba 95, es insuficiente para alojar a los participantes en la reunión del 25 de julio en la noche. Los muchachos resuelven mantener las dos marchas. Los del IPN presionarán dentro de sus contingentes a favor de mantenerse en el primer cuadro”.

Guevara Niebla conjetura que de la maniobra de los jóvenes ya estaba enterada la policía política. O al menos la presumía. “La coyuntura que ofrecía el 26 de julio era casi perfecta para armar ex profeso un motín callejero”, escribe. Al hacer contacto las dos manifestaciones, “se produciría un corto circuito que crearía el pretexto formal para la intervención policiaca y daría al acto una connotación política que hasta entonces no tenía. Desde el punto de vista de imagen pública, las fuerzas del orden estarían reprimiendo una acción comunista subversiva. Se hablaría enseguida (como había ocurrido en otras represiones contra los comunistas) de una conjura extranjera o, si se quiere, de un complot del comunismo internacional”.

“Represión preventiva”, le llamaban en el argot de la policía política, y la aplicaban sobre todo contra la izquierda, cada primero de mayo o 1 de septiembre para evitar protestas incómodas. El método se justificaba, ante la proximidad de las Olimpiadas, que se inauguraban la segunda semana de octubre de 1968.

El parte de la Dirección Federal de Seguridad acerca del mitin de los comunistas ya adelantaba justificaciones para una posible intervención policiaca. “Exhortaron a los estudiantes a unirse como en París, Francia, donde hicieron tambalear el gobierno burgués y dictatorial del general De Gaulle y dijeron que en México debe iniciarse un movimiento similar”, se lee en el reporte elaborado por el agente Francisco Gutiérrez.

A pesar de la FNET, las consignas para llevar la marcha de politécnicos al Zócalo estallaron durante todo el trayecto. Había pasión política sin trancas. De allí que al llegar la avanzada al Monumento a la Revolución, se desbordara la exigencia de seguir hacia la Plaza de la Constitución. Recuerda David Vega que “Efraín García Reyes se paró sobre un camión y arengó a los jóvenes para romper el control de la FNET. Entonces lo apedrearon Gil Zamora y otros, gente del Chayo Cebreros. Me corretearon al darse cuenta de que les estábamos quitando el control. Sin embargo, la manifestación siguió su curso hasta el Carrillón (en el Casco de Santo Tomás); unas arengas decían ‘vamos a la Alameda’, otras ‘vamos al Zócalo’”.

Unos 300 jóvenes politécnicos se desprendieron en el Monumento a la Revolución, ante la negativa de la FNET de salirse de la ruta autorizada. La manifestación continuó hacia la plaza del Carrillón, donde concluyó aproximadamente a las 18:30. Allí, los opositores de la FNET se hicieron del sonido y convocaron a los estudiantes a volver al centro. “Caminamos unas dos cuadras, hasta la calle de Nogal o Fresno (en la colonia Santa María la Ribera), tomamos autobuses, nos bajamos en el panteón San Fernando y desde allí iniciamos nuestra marcha independiente”, recuerda Jaime García Reyes en Pensar el 68.

Se calcula que fueron cerca de tres mil los jóvenes que partieron hacia el Zócalo, ya integrados con los grupos de izquierda. Unos enfilaron por Cinco de Mayo y otros por Madero. Paco Ignacio Taibo II narra el episodio del que él mismo fue protagonista: “Dejamos nuestra manifestación, cuyo final en soñolientos discursos parecía previsible, y nos lanzamos de mirones. De repente estábamos metidos en una marcha de estudiantes politécnicos que protestaban contra las porras y las agresiones de bandas juveniles, avanzando hacia el Zócalo y echando mierda contra la FNET (…). Parecían más festivos y bastante menos serios que nosotros. Parecían más genuinamente encabronados. Parecían más inocentes”.

Conforme avanzaban, las cortinas de los comercios se iban cerrando. De pronto, la vanguardia de la marcha se detuvo y de la retaguardia comenzaron los gritos: “¡Zócalo! ¡Zócalo!” Avanzaron unos metros hasta la intersección de Palma. Allí, una muralla de granaderos se precipitó sobre ellos. Ya los esperaban.

“Sonaron gritos, el paf, paf, de las explosiones de las bombas de gas. Segundos después estábamos rodeados de granaderos que no pedían que nos disolviéramos, sino que se dedicaban a apalearnos, aprovechando que habíamos quedado atrapados en las estrecheces de la calle Palma. Las puertas se cerraban. Recuerdo con claridad la sangre corriendo por la frente de alguien que venía a mi lado, los zapatos que se perdían cuando la gente corría sin espacio, tratando de salir de la primera fila. La sensación de que nunca se podía huir de allí sin ser apaleado. Los granaderos se acercaban. La multitud se compactaba, gritos y jadeos, algunos golpes en la cabeza dados sin misericordia, con odio. La sensación de que no había salida y que el apaleamiento sería interminable llevó al pánico”, recuerda Taibo II.

A la distancia, sigue llamando a sospecha uno más de los incidentes cuyo origen nadie ha podido aclarar: los botes de basura con piedras que aparecieron en el perímetro de la Alameda. Hay testimonios de estudiantes que aseguran haber visto a un grupo de hombres, adultos ya, tomar las piedras y lanzarlas contra los escaparates de al menos 15 comercios: Trajes Wilmex, Pemex, Ropa del Prado, Casa Aries, Banco de Londres y México, Camisería Cazuela, Modas Castelos y el Museo de Artesanías.

El Johnny dice que se trataba de “indicadores” del DDF, infiltrados que se habían colado entre los jóvenes para provocar. “A mí me lo informó mi gente, que cuando llegaron a la joyería del hotel Bamer, comenzaron a romper todo, pero eran infiltrados”.

Jaime García Reyes afirma que esas piedras las hicieron los estudiantes al sacar las tapas de las alcantarillas —que entonces eran de concreto— y estrellarlas en el piso. “Nosotros las hicimos”. Y las utilizaron contra el subjefe de la policía metropolitana, Raúl Mendiolea, quien había llegado a la Alameda acompañado de seis elementos vestidos de civiles y un uniformado. La versión oficial es que buscaba un acercamiento con los manifestantes para disuadirlos. García Reyes, en cambio, asegura que su idea era “meterse entre nosotros, dar pequeños golpes y desbaratar la manifestación, pero en cuanto los tuvimos a tiro, los apedreamos”.

El primer cuadro ardió
En las siguientes horas, el centro de la Ciudad de México ardió: sirenas, gases lacrimógenos, piedras que volaban. Los jóvenes buscaron refugio en las preparatorias de la UNAM, en la tres, de San Ildefonso, que compartía sede con la uno en la calle Justo Sierra, y la dos, ubicada en Licenciado Verdad y Guatemala. Otros huyeron hacia las vocacionales 2 y 5 de la Ciudadela, y la 7, de Tlatelolco. El resto se esparció por las escuelas del politécnico y casas de estudiantes para informar de lo que ocurría en el “barrio universitario”.

Para las 10 de la noche, la policía capitalina ya había esparcido la refriega por todos los planteles de la zona centro. En las preparatorias, los granaderos arremetieron contra los jóvenes que salían de clases y de un concierto de rock. A los politécnicos los persiguieron hasta las vocacionales. “Los jóvenes de la preparatoria no tenían nada que ver, iban saliendo de clases, pero a quien veían con libros y cuadernos se iban sobre ellos. Fue un ataque fuera de toda proporción, por la saña con la que nos golpearon y como para provocar que eso creciera deliberadamente”, recuerda César Enciso.

Para defenderse, los estudiantes tomaron 13 camiones del servicio público y los utilizaron como barricadas en un perímetro de cuatro cuadras alrededor de las preparatorias. El primero de muchos en arder en los días siguientes fue un autobús de pasajeros de primera clase, de la línea General Anaya, con placas de circulación 57-722 y número económico 58, que colocaron en la calle Argentina, frente a la librería Porrúa. En la preparatoria tres fue el mismo director, Roberto Alatorre Padilla, quien encabezó la defensa del plantel. En la azotea, los jóvenes se organizaron para repeler la agresión con piedras y botellas.

Al cabo de cuatro horas de enfrentamientos, pasadas las 2 de la mañana y en medio de un cerco de 800 granaderos posicionados en la calle Argentina, el director del plantel universitario se entrevistó con el coronel Carlos Cueto Fernández para pedirle que detuviera la agresión. El jefe policiaco le garantizó que no habría más embates siempre que los jóvenes también detuvieran los ataques y entregaran los camiones. Hubo calma, pero los granaderos se mantuvieron en los alrededores de San Ildefonso, hasta la mañana del sábado 27 de julio. El conflicto había alcanzado a la Universidad y se tejían los hilos de la solidaridad entre las dos instituciones más importantes del país: el Poli y la UNAM.

Recuento de daños
Al final de la jornada del 26 de julio, los reportes oficiales dieron cuenta de 200 detenidos y un número igual de lesionados, entre ellos, cinco agentes de la policía y tres altos mandos: Raúl Mendiolea Cerecero, subjefe de la Policía Preventiva; el coronel Eduardo Estrada Ojeda, jefe del Servicio Secreto; y el capitán Pérez Meza, de la Dirección de Tránsito. También había tres reporteros heridos y fotógrafos de los periódicos El Universal, La Prensa y El Día.

La policía capitalina afirmó que intervino a solicitud de la FNET, porque denunciaron a infiltrados y provocadores que habían tomado autobuses para dirigirse al Zócalo. El DDF llegó a negar la irrupción policiaca. La FNET, a su vez, acusó de los hechos a la Juventud Comunista, a quien reclamó haber distorsionado el espíritu de la manifestación que tenía como propósito “defender al Instituto Politécnico Nacional”.

La policía no tardó en señalar a los comunistas como los responsables. Los llamó “agitadores” y “provocadores” y los acusó de aprovechar la marcha de los politécnicos “para consumar hechos reprobables”, según un comunicado emitido la noche del 26 de julio.

De allí que, todavía vivo el enfrentamiento en el centro de la ciudad, la Dirección Federal de Seguridad y la Policía Secreta la emprendieron contra el Partido Comunista. Allanaron sus oficinas, en la calle Mérida 186 de la colonia Roma, y los talleres y la redacción de su periódico, La Voz de México. Allí detuvieron, sin previa orden de aprehensión, a dirigentes de la CNED y de la JCM.

La mañana del sábado 27, una comisión del PCM intentó entrevistarse con las autoridades para exigir la liberación de sus compañeros y el retiro de policías de sus instalaciones. Al momento, fueron arrestados. En total, 76 dirigentes y militantes comunistas fueron detenidos y 46 de ellos consignados por daño en propiedad ajena, robo, lesiones, injurias, amenazas contra la autoridad, secuestro de ambulantes de la Cruz Roja, resistencia de particulares, pandillerismo y ataques a las vías generales de comunicación.

Entre el sábado 27 de julio y el domingo 28, los titulares de la prensa hicieron eco unánime: la culpa fue de los comunistas. Los acusaron del enfrentamiento y de promover guerrillas en las escuelas y caos en la ciudad. “Los agitadores llegaron a gritar: ¡Hundiremos a la ciudad en el miedo! ¡Tiemblen que ha empezado una nueva revolución comunista!”, anota en su crónica el reportero de El Universal, Antonio Lara Barragán.

Para el domingo 28 de julio, las autoridades ya habían fraguado el argumento de la conspiración comunista. En un comunicado de prensa publicado en El Día, la Procuraduría General de la República (PGR) aseguró que los líderes del PCM habían “acordado protestar contra la jefatura de policía y enviar grupos de choque al acto que realizarían los alumnos politécnicos, con el objeto de provocar desórdenes para que se viera obligada a intervenir la policía y agravar el problema entre ella y los estudiantes del IPN”.

En el mismo sentido hizo declaraciones a El Universal Luis Cueto, el jefe de policía: “Los únicos responsables de los hechos bochornosos y reprobables son individuos nacionales y extranjeros que han hecho de la agitación su modo de vida, encontrándose entre ellos sujetos comunistas, de extrema izquierda, que aprovechan cualquier acto estudiantil de protesta para alcanzar sus fines perversos”.

“Extraoficialmente” informó a Excélsior que todas las policías del país “tienen órdenes de localizar a un grupo de estudiantes franceses que se dice formaron parte de los problemas ocurridos en aquel país y que se internaron en México hace tres semanas”. Agregó a este diario: “queremos que (los estudiantes) se den cuenta de que todo esto ha sido promovido por agitadores profesionales, de izquierda, con el único propósito de crear un ambiente de zozobra en nuestro país, en vísperas de los Juegos Olímpicos”.

El PCM, en su defensa, argumentó también un “complot”, pero de parte de grupos de extrema derecha. Lo denunciaron Arnoldo Martínez Verdugo, primer secretario del PCM, y Manuel Marcué Pardiñas, el director de la revista Política. El primero declaró: “Existen muchos hechos que indican que la actitud de la policía fue detenidamente planeada por sectores que quieren conducir a nuestro país por el camino de la violencia reaccionaria y dictatorial. El segundo dijo a Excélsior: “Los responsables son algunos sectores reaccionarios del gobierno mexicano y la embajada norteamericana”.

En medio de la cascada de declaraciones, Excélsior dio cuenta de que dos batallones del Ejército se encontraban listos para actuar en caso de motines. “Estos elementos cuentan con dos compañías de perros amaestrados y están provistos de caretas contra gas y de pistolas lanzagases. Cada soldado, además de sus armas reglamentarias, va provisto de un bastón macana (…) y son expertos en contrarrestar ofensivas de grupos buscapleitos”.

La advertencia tenía fundamento y así lo comprobaron los jóvenes, tres días después, la noche del 29 de julio.

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