>WASHINGTON D.C.— Ali llegó a Estados Unidos en 1978, huía de la guerra en Irán y buscaba un país dónde vivir lejos de los bombardeos y las balas perdidas, ahora es ciudadano estadunidense pero no cree en una de las cosas que más enorgullecen a ese país: las elecciones como parte medular de la democracia.
“Obama o McCain, dan lo mismo, ninguno de los dos hará una diferencia”, dice Ali con el seño fruncido mientras maneja su taxi por las calles de la capital de la nación que a pesar de la crisis financiera que ha arrastrado al resto del mundo a las aguas de la incertidumbre financiera, sigue siendo el líder.
“No voy a ir a votar, he tenido demasiado trabajo como para ir a registrarme”, dice Ali quien se aferra a su trabajo y no cree en la política. Es un hombre que está seguro de que la política exterior del imperio hacia Oriente Medio no cambiará si gana el candidato republicano o el demócrata.
En otras partes de la ciudad se ven rostros esperanzados, como el de Kevin, un joven negro que trabaja como botones en un hotel de la capital que está a un par de calles del Capitolio. Ante la pregunta de por quién votará, responde: “Es obvio por quien votaré, ¿no?”, mientras señala a una imagen de Barack Obama estampada en las camisetas que se venden en el hotel y que comparten estante con las de McCain y dice “Obama está muy arriba en las encuestas”.




