El presidente de EU compró en agosto de 1999 lo que antes era una granja para criar cerdos y lo convirtió en su refugio. Ahí ha estado en los últimos días
CRAWFORD, Texas — El sol se pone en este rincón rural del imperio personal del presidente Bush.
Esta semana, Bush está viviendo lo que se espera que serán sus últimos días como presidente en el rancho de la familia, una escarpada propiedad de 640 hectáreas en el corazón de Texas que se convirtió casi en el símbolo de su presidencia e incluso de la propia Casa Blanca.
Fue en este disecado escenario y bajo un cielo abierto que recuerda una novela de la frontera, donde la CIA le advirtió a Bush sobre las intenciones de Al-Qaeda en un memorando titulado Bin Laden decidido a atacar a EU. Fue aquí también donde el presidente tomó la decisión de ir a la guerra contra Irak y donde se enteró de que el huracán Katrina había causado inundaciones en Nueva Orleans. Aquí donde se comportó amable con el líder ruso Vladimir Putin, donde besó al líder saudita Abdullah, y donde casó a su hija Jenna. Aquí donde se negó a recibir a Cindy Sheehan, que pedía reunirse con él para hablar sobre la muerte de su hijo en Irak.
El lugar apodado La Casa Blanca Occidental de Bush ha sido testigo de 18 visitas de líderes extranjeros, de numerosas conferencias de prensa y de largos paseos en bicicleta bajo una temperatura de casi 38 grados, así como de su aparentemente inagotable necesidad de limpiar la maleza.
Pero ahora que se acerca la entrega del poder al presidente-electo Barack Obama el próximo 20 de enero, esos momentos se aproximan a un silencioso final.
La atención del público apunta ahora hacia Hawai y hacia las actividades de Obama durante sus vacaciones. En cambio, poco se ha escuchado de Bush desde que llegó a Texas a bordo del avión presidencial, tampoco se ha presentado en público y sus asistentes han dado pocos detalles de sus actividades más allá de comentar que está hablando con sus asesores y líderes de otros países sobre la violencia en la Franja de Gaza y en Israel.
En el gimnasio de la secundaria local, a casi trece kilómetros del rancho, un reducido grupo de reporteros de la presidencia está a la espera de noticias. Es un día silencioso en el que un arbusto rodante pasa frente a la puerta principal como si encerrara algún anuncio dramático.
Gordon Johndroe, uno de los voceros de la Casa Blanca, ofreció una tersa actualización de las noticias de Bush el martes pasado:
“El Presidente recibió sus informes de inteligencia y se reunió con sus asesores para... me parece que fue hace una hora más o menos, y luego hizo varias llamadas telefónicas. Ha estado trabajando en su oficina y en su hogar en el rancho. Va a trabajar en algunos asuntos pendientes y en el rancho hoy. Creo que también está recibiendo a unos amigos”.
Hasta a los mismos texanos se les hacía difícil encontrar a Crawford en el mapa, un pueblo de 751 habitantes, cuando Bush compró en agosto de 1999 lo que antes era una granja para criar cerdos. No obstante, la propiedad tenía su encanto particular. Para el recién anunciado candidato presidencial, educado en Yale y descendiente de una familia de la Costa Este con buenos contactos políticos, el Rancho Prairie Chapel era el símbolo de una fuerte masculinidad y del apego a la vida de campo en Estados Unidos.
“Creyó que se iba a robar una página de la popularidad que Ronald Reagan logró con su rancho”, dijo Douglas Brinkley, un historiador de la Universidad de Rice. “Lo extraño de este asunto es que sí le funcionó por un rato”.
Bush interpretó bien su papel burlándose de los periodistas que refunfuñaban a causa de las espartanas comodidades y del implacable calor veraniego del centro de Texas y que se ponían melancólicos al recordar su estadías en Kennebunkport, Maine y en la isla Martha’s Vineyard de Massachusetts para seguir a los presidentes George H.W. Bush y Bill Clinton.
“Sé que muchos de ustedes quisieran estar en la Costa Este, descansando sobre las playas, succionando el aire salado” dijo a los reporteros en 2001.
“Pero cuando uno es de Texas y ama a Texas, es aquí donde encuentra su hogar. Esta va a ser la casa donde voy a vivir en lo que me reste de vida. Me gusta mi hogar y no me molesta el calor”, dijo entonces.
Independientemente de si la propiedad fue comprada o no por motivos políticos, hay pocas dudas de que Bush disfrutó visitándola.
Este es su viaje número 77 al rancho y si salió para pasar allí el Año Nuevo, como lo planeó, habrá pasado allí 490 de sus dos mil 922 días como presidente, dijo Mark Knoller de CBS News, quien ha llevado la estadística extraoficial de los viajes del presidente George W. Bush.
David Greenberg, un historiador de la universidad de Rutgers, sugirió que el rancho brindó a Bush un lugar estable que contrasta con los tiempos de cambio, de manera similar a Calvin Coolidge, quien acostumbraba regresar al hogar de la familia en Plymouth Notch, Vt., durante los tumultuosos Años Veinte.
“Estos apegos a un lugar sirven de ancla contra la corriente de la modernidad”, dijo Greenberg. “El nuevo hogar adoptivo se ha convertido en una especie de evidencia de la estabilidad y constancia de los valores”.
Brinkley dijo que el amor de Bush por Texas puede ser real porque encuentra sustento en sus días de infancia en Midland y en Houston, aunque el rancho en sí sea puro teatro.
“En cualquier momento en que uno es presidente, disfruta de estas escapadas” dijo. “Pienso que en realidad es el lugar donde encuentra un punto de apoyo. Aunque haya sido creado por la necesidad de fabricarle una imagen... para que la gente no lo percibiera como un junior de Yale o como a un hijo de familia criado en pañales de seda. Esa imagen que lo envolvió se convirtió en Crawford. Un vocablo que evoca las películas de John Wayne o de Gary Cooper: Crawford con sus enormes pacas de paja se transformó en su telón de fondo para manipular”, añadió.
El mensaje que transmite ese rancho, según Vincent Cannato, un historiador de la universidad de Massachusetts en Boston, fue este: “No es Washington. Está en medio de ninguna parte. No es el último grito de la moda. Ni siquiera es de vanguardia. Allí no hay cafés Starbucks... Es más común que lo que hay de común en Estados Unidos.”
Cuando se le preguntó cuál era el significado que ese lugar podía tener para Bush, Johndroe dijo este martes:
“El rancho ha sido un lugar donde el presidente y la Señora Bush han podido relajarse, recibir a los amigos y escapar de los reflectores de la Casa Blanca... el lugar donde podía tomar momentos de descanso”
Sin embargo, Bush no va a pasar el resto de su vida allí, contrariamente a los planes que delineó en 2001. Él y su esposa Laura se van a cambiar a Dallas después que él deje la presidencia.
En una reunión privada para reunir fondos, que se llevó a cabo el pasado mes de julio en Houston, Bush dijo que Laura había tomado una decisión al respecto.
“Me gusta Crawford,” dijo. “Desgraciadamente, después de ocho años de pedirle que se sacrificara, ya no me corresponde a mí tomar la decisión. Ella es quien la va a tomar”.
Cannato opinó que es posible que Bush conserve la propiedad de todos modos, igual que hizo Reagan con su rancho de California después de dejar la Casa Blanca.
“Si vende el lugar en 2010, y tanto él como Laura viven dentro de su círculo social de Dallas, todo estará bien. Entonces quedará claro que es un maestro de la simulación”, dijo Cannato.
El tiempo que Bush pasó en su rancho erosionó su popularidad hasta hacerla naufragar en agosto de 2005, en sintonía con dos acontecimientos que ocurrieron mientras se encontraba en Crawford: la manifestación de Sheehan y su desastrosa respuesta al impacto del huracán Katrina.
Greenberg predice que la relación de los Bush con el mito de Crawford se mantendrá.
“Lo que me sorprende de Bush es que a pesar de su impopularidad, de los últimos tres años en particular, y que a pesar de que cada uno de los aspectos de su presidencia han sido criticados, la mitología de Crawford se mantiene bastante robusta”, dijo.




