La riqueza económica que genera el sector energético, ha llevado a países radicales, a dejar de lado sus divergencias políticas y emprender cuantiosos acuerdos con inversión extranjera.
El caso más emblemático es Corea del Norte, quien si bien se ha enfrascado en años de negociaciones con Corea del Sur, Estados Unidos, China y Japón por un acuerdo de desarme nuclear, ello no ha sido un impedimento para emprender alianzas de exploración y producción de petróleo.
Desde 2004, firmó un acuerdo con Aminex, una empresa de origen británico-irlandesa, a quien le ha concedido los derechos de exploración por dos décadas.
En el año 2005 hizo lo propio con China, e incluso a finales de 2007 se rumoró que también llegaría a un acuerdo con Corea del Sur. Un caso de igual pragmatismo se puede observar en la relación comercial que mantienen Venezuela y Estados Unidos, países que si bien mantienen una abierta disputa política, ello no ha dañado de ninguna manera la comercialización de crudo entre ambos países. Un estudio de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD), reveló que en los últimos años han proliferado numerosos acuerdos de producción compartida, concesiones y contratos de servicios en materia de petróleo.
“Solo para junio de 2007, los acuerdos de producción compartida involucraban más de 50 por ciento de las operaciones entre empresas transnacionales y países emergentes”, refirió.
A diferencia de México, los políticos de estos países, prefieren privilegiar la inversión externa para explotar la riqueza de los energéticos.



