México debe convertirse en un actor fundamental en la estrategia global del combate al cambio climático, entre otras acciones, dando impulso a los bioenergéticos de segunda generación
México debe convertirse en un actor fundamental en la estrategia global del combate al cambio climático, entre otras acciones, dando impulso a los bioenergéticos de segunda generación, recomendó la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE).
En una conversación electrónica, Lorents Lorentsen, director del departamento de Medio Ambiente del organismo multilateral, advirtió que ningún país tiene la capacidad individual de combatir el problema, razón por la cual debe establecerse una estrategia global.
“Uno de los principales mensajes que me gustaría enfatizar es que ningún país industrializado es capaz de resolver el problema solo. Será esencial que estos países establezcan una alianza con las principales economías emergentes como México, Corea, China, India, Brasil, Rusia, Indonesia y Sudáfrica”, destacó.
Sobre la estrategia, el especialista determinó que debe estar definida sobre tres líneas de acción fundamentales. En primera instancia, el uso de herramientas económicas como los impuestos y los bonos de carbono en mercados financieros. Un segundo camino es una mejor regulación en materia ambiental y, en tercer lugar, un gran esfuerzo de comunicación en esta materia.
“Aunque creemos que los instrumentos económicos y de mercado son vitales para mantener un bajo costo en la instrumentación de políticas públicas relacionadas con el ambiente, éstas deben ser complementadas con acciones que no son de mercado”, apuntó.
A lo largo de la plática, Lorentsen determinó que los gobiernos deben caminar hacia el desarrollo de los biocombustibles de segunda generación y la tecnología que permita desarrollarlos.
Según explicó, los de primera generación —aquellos que se realizan a través de productos alimenticios como el maíz y la caña de azúcar— han generado presiones en los precios internacionales de los alimentos, y están causando un daño económico, en especial en los países menos desarrollados.
Sostuvo que en lugar de regular o controlar los precios de los productos, es mejor que los gobiernos impulsen el desarrollo de los biocombustibles de segunda generación, como los que se generan a través de los desechos y desperdicios orgánicos.
“Esta práctica no competirá con las cosechas y los alimentos. A la larga tendrá un menor efecto negativo en el ambiente. Además, los gobiernos deben considerar eliminar los subsidios de apoyo a la producción de biocombustibles de primera generación.”




