La Reserva Federal no puede convertir un préstamo hipotecario malo en uno bueno y es posible que no pueda convencer a los inversionistas de que su dinero está seguro en una institución
La sorpresiva reducción en las tasas de interés de la Reserva Federal (Fed) —el 22 de enero— ha tranquilizado, al menos por ahora, una tormenta en el mercado bursátil que empezó en la Cuenca del Pacífico y retumbó en todo el mundo.
La Fed hizo lo que sabe hacer mejor: reducir simultáneamente el costo del dinero para las instituciones financieras de Estados Unidos y enviar la señal a los inversionistas de que actuaría con rapidez para contrarrestar temores de una recesión impulsada por los consumidores.
Sin embargo, a pesar de todo su poder, la Fed no puede cambiar este hecho preocupante: la confianza en gran parte del sistema financiero —bancos, casas de bolsa, agencias de calificación, aseguradores de bonos, reguladores— se ha afectado gravemente por la crisis de las hipotecas de riesgo (subprime). Y ese daño no se puede revertir con la baja rápida de las tasas de interés.
No sólo es una cuestión de atraer capital fresco del extranjero para compensar parte de los 100 mil millones de dólares perdidos o anulados hasta ahora —una cantidad que con seguridad va a aumentar. El problema subyacente para algunas de las empresas financieras más importantes del mundo es restaurar la confianza entre los grandes inversionistas institucionales y los pequeños por igual. Eso es lo que tiene que suceder si los mercados de capital habrán de funcionar sin dificultades en el largo plazo.
Es fácil ver por qué los ejecutivos y directores de firmas financieras de prestigio como Merrill Lynch y Citigroup perdieron de vista la importancia de la administración de riesgos y la supervisión vigilante. Sus compañías habían sido máquinas prodigiosas de generar ganancias durante tanto tiempo que se hicieron complacientes.
Durante generaciones, mientras otras actividades económicas experimentaban auges y descalabros, los servicios financieros siguieron marchando, haciendo dinero con los vaivenes y cambios en la economía. Los analistas de índices de Standard & Poor’s dijeron que 2001 fue el único año a la baja para las ganancias del sector financiero desde que empezaron a recopilar información a finales de los años ochenta. Ni siquiera la recesión de 1990 interrumpió las ganancias a la alza de esta actividad.
Sin embargo, los analistas estiman que las ganancias de compañías financieras cayeron 25 por ciento en 2007 (aún no están disponibles los datos reales del año), y los valores financieros experimentaron un descenso significativo perdiendo 21 por ciento de su valor, la mayor caída desde 1990.
Richard E. Sylla, profesor en historia del mercado en la Escuela de Administración de Empresas Stern de la Universidad de Nueva York, dijo que habría que remontarse a la Gran Depresión, un periodo de fracasos bancarios regulares y caída inexorable en los precios de los valores, para encontrar un momento en el que las pérdidas en una amplia franja de empresas financieras hayan sido tan profundas como las del año pasado.
“No creo que vaya a ser tan malo esta vez, porque tenemos un mejor manejo por parte de la Reserva”, dijo el catedrático. “Pero ahora la gente es mucho más escéptica en relación a la prudencia de estos bancos. Habrá menos confianza”.
La Reserva Federal en la que los inversionistas han aprendido a confiar tanto, se creó después del pánico de 1907, una estampida bancaria clásica que comenzó cuando la Knickerbocker Trust Company en Nueva York no pudo cubrir la exigencia de devolución de dinero de sus ahorradores.
A excepción de la Depresión, en la que se dio la quiebra de miles de bancos pequeños incapaces de sostenerse ante las exigencias de sus clientes, el pánico ha sido raro desde que la Fed creó en 1913 un sistema de bancos que fungían como agentes fiscales del Tesoro estadunidense. Una de las tareas de este organismo es proteger al país contra tales crisis de liquidez. Reducir las tasas de interés e inyectar dinero al sistema son herramientas poderosas porque ayudan a que los bancos volubles retornen al negocio de los préstamos.
Alejar una crisis crediticia como la creada por los préstamos descuidados de los últimos años es un asunto bastante diferente.
La Fed no puede convertir un préstamo hipotecario malo en uno bueno. Y es posible que no pueda convencer a los inversionistas que su dinero está seguro en una institución cuyo manejo del riesgo fue tan poco estricto que sus accionistas han absorbido pérdidas de miles de millones de dólares.
En efecto, mientras que el recorte en las tasas hecho por la Fed tranquilizó a inversionistas, sólo atendió un síntoma de los mercados enfermos y no la enfermedad misma. Esta enfermedad es la de los préstamos incontrolados que produjeron títulos complicados cuyo riesgo fue subestimado tremendamente por las instituciones que los compraron.
Uno de los aspectos más perturbadores de los infortunios actuales, y una razón por la cual esta crisis se está desarrollando en cámara lenta, es la incapacidad de estas instituciones sofisticadas para asignar valores precisos a sus holdings.
Morgan Stanley impresionó a los inversionistas en diciembre cuando, justo unas cuantas semanas después de estimar sus depreciaciones relacionadas con las hipotecas en 2.7 mil millones de dólares, agregó otros 5.7 mil millones a esa cantidad.
Las empresas han tenido dificultades para registrar sus pérdidas porque los títulos centrales en este caos son complejos, incluso incomprensibles. Una acción de un valor es un interés en un negocio. Sin embargo, un título hipotecario incluye miles de préstamos, algunos más riesgosos que otros.
Es claro que los inversionistas que compraron estos títulos no sabían lo que estaban comprando. Confiaron en las agencias calificadoras de créditos como Moody’s Investors Service, Standard & Poor’s y Fitch Ratings para que les dijeran si los intereses eran de riesgo o no. Sin embargo, las agencias calificadoras se equivocaron en forma desastrosa en su valoración del riesgo y pasaron la última parte de 2007 reclasificando a posiciones inferiores títulos que tenía poco habían calificado como indiscutiblemente AAA. Su reputación quedó manchada.
“En la mejor parte de los años setenta y principios de los ochenta, tuvimos el problema de que en Brasil, Argentina y México no pagaban sus deudas”, dijo el economista Henry Kaufman. “Esos fueron asuntos algo nítidos y aislados, y se podían definir con claridad. No fueron tan opacos ni tan heterogéneos como los problemas en el mercado crediticio de ahora”.
Aun cuando la crisis crediticia se ha estado desarrollando durante casi un año, la complejidad de los títulos y el hecho de que su propiedad no se puede rastrear con facilidad significa que todavía se están contando nuevas pérdidas.
En noviembre pasado, Mike Mayo, un analista del Deutsche Bank Securities, estimó que las pérdidas por la caída en el valor de las hipotecas de riesgo podría llegar a 400 mil millones de dólares. Sin embargo, esa cantidad no incluye pérdidas en otras áreas del mercado crediticio como las que pueden surgir de los préstamos hipotecarios preferentes o de las deudas corporativas.
En otras palabras, es probable que se lleve muchos meses más medir la profundidad de este pozo de pérdidas. Y excederá con mucho los 150 mil millones de dólares del plan federal de estímulos que se está negociando en Washington.
“Los mercados financieros se han vuelto cada vez más opacos, de tal forma que no sabemos suficiente sobre dónde están las debilidades y cuál podría ser su magnitud”, indicó Henry Kaufman.
“Hasta ahora la Reserva Federal y otras autoridades de supervisión han hecho poco en cuanto a remover la opacidad y establecer nuevas reglas base para la presentación de información financiera. Y no he sabido que el Congreso llame a una investigación en la que se pregunte a la Reserva Federal, la Comisión de Valores y de la Bolsa, así como reguladores bancarios federales y estatales, ¿qué fue lo que dejaron pasar y por qué?”.
Desde luego que es necesario se dé a conocer más información sobre los riesgos en estos títulos complejos y de las instituciones que los tienen. Y los inversionistas deben tener la confianza de que el valor asignado refleja la realidad del mercado. Hasta ahora, nadie ha salido con un plan para corregir estas anomalías del mercado.
“Uno sólo se entera de quién está nadando desnudo cuando baja la marea”, escribió Warren Buffett en una carta dirigida a los accionistas de Berkshire Hathaway hace seis años. Desafortunadamente, al bajar la marea de esta crisis quedaron expuestas algunas de las instituciones más apreciadas de Estados Unidos. Y aun cuando vuelva a subir la marea, no es probable que se olviden pronto.



