La manera en que las burbujas “viven” es igual en todos los casos. Todo empieza con un evento que al parecer no tiene relevancia financiera, un descubrimiento, una invención, un evento político, el final de una guerra; pero que cambia la percepción sobre la realidad. Nacen nuevas oportunidades para hacer dinero, ciertos sectores empiezan a brillar.
Poco a poco la gente empieza a aumentar la demanda del “bien” deseado, provocando que, en un ambiente de euforia prudente, su precio empiece a aumentar y, en vista de las posibilidades que existen, entren nuevos participantes a invertir en el sector. Pero existe un momento en donde esta euforia pierde racionalidad. Todo tipo de gente quiere participar en esta maravilla, como productor o inversionista. Se crea una manía en donde las expectativas pierden contacto con la realidad.
El precio despega de manera estrepitosa, el cielo es el límite. Dado que son un fenómeno social, mientras “todos jueguen el mismo juego” o “estén bajo el mismo embrujo” las burbujas no se revientan (algo así como los esquemas de pirámides).
Incluso las voces de la razón son tachadas de idiotas, hace cinco años Warren Buffett llamó a los mismos instrumentos financieros que hoy quebraron al mercado “Armas financieras de destrucción masiva”. Lo tacharon de senil.
Sin embargo, aun cuando la mayor parte del mercado esta cegado por la sensación de riqueza, algunos pocos participantes, generalmente los más expertos, empiezan a darse cuenta de lo insostenible que se ha vuelto la situación. Se sienten incómodos y empiezan, sigilosamente, a retirarse del mercado.
Tal y como un evento marca el inicio de la burbuja, otro marca su fin. Una señal, rumores de malversaciones o de fraudes o simple prudencia generan una revulsión, la gente se quiere deshacer de estos bienes, ahora aborrecidos, a cualquier precio; pero ya no hay quien quiera comprar. Tal y como la manía llevó al precio a máximos, el pánico lo lleva a mínimos. Quien se queda con “la papa caliente” quiebra.
Las consecuencias de las fiebres especulativas en un primer instante son malas, incluso pueden llegar a ser terribles; generan pérdidas para los inversionistas las cuales muchas veces se traducen en crisis que hoy, dada la globalización financiera, tienen efectos de talla mundial.
Sin embargo, con el paso del tiempo (dicen que la distancia es el olvido) se puede encontrar cierto provecho; durante la exuberancia irracional, se invierte una gran cantidad de dinero en adelantos tecnológicos y operativos que perduran aún después de acabada la euforia.
Las casas que se construyeron van a seguir dando hogar a familias por siglos y los instumentos que se desarrollaron, en formas más cautas, van a sobrevivir.
Las burbujas son inevitables. No sólo porque son capaces, con sus promesas de riqueza de convencer al más cauto y prudente inversionista, sino porque su existencia es esencial para el funcionamiento del sistema financiero. A través de ellas se corrigen fallas que de otra manera sería imposible, o por lo menos más tardado, corregir. Los bancos y las instituciones débiles desaparecieron y el resto serán más fuertes.
Es un hecho, la historia se ha repetido, y continuará haciéndolo, una y otra vez. En cinco, en diez, o en veinte años olvidaremos las lecciones de la crisis hipotecaria que estamos viviendo y volveremos a inflar alguna otra industria (los productos orgánicos, la energía del aire, el sector aeroespacial) y volveremos a caer en euforia. Este artículo volverá a ser vigente otra vez. No hay antídoto para la locura de las masas lo que cada persona puede hacer es protegerse a si mismo ¿cómo? ¿Analizando números y gráficas? No, de una manera mucho más simple, con una lección: Siempre que oigas de un instrumento que te va a hacer millonario lleva en mente que “las cuatro palabras más peligrosas de la lengua son: Esta vez será diferente”.




