Los cosplayer son una realidad alternativa en varias partes del mundo. La Ciudad de México no es la excepción
Domingo 3 de febrero. 11:45 am. Insurgentes Norte.
Abordo el Metrobús en Indios Verdes. Mi destino, Doctor Gálvez, la última estación de la línea. Las puertas de este largo camión se cierran y comienza su marcha hacia el sur de la ciudad. Casi todos los asientos están desocupados. Escojo uno del lado del sol y a los pocos segundos duermo plácidamente…
De pronto estoy en un mundo diferente al que correspondería a este domingo cualquiera, pues ahora, junto a mí, sentado en el asiento contiguo, viaja un joven (no debe tener más de 18 años), con una descomunal cabeza producto de su extraño peinado, algo parecido a la de un rockero punk, pero no es igual: los émulos de ese agresivo movimiento inglés de los 70, tienen tiesos mechones de pelo que sobresalen de su cabeza cual cráneo con picos. Mientras que la del chaval es una enorme masa de pelos alocados y rubios que asemejan más una piñata de siete picos… como… como…
¡Claro!, como el personaje de esa caricatura japonesa de hace unos años, Dragon Ball, pero no.
Quizá es un avatar, pienso. Sí, uno de esos personajes tridimensionales creados por computadora que habitan mundos virtuales que vuelan y visten ropa extravagante. Que sólo existen en el ciberespacio. Pero casi al momento caigo en mi error. No. Éste ha salido de alguna historieta, y con total seguridad es oriental, me digo en los vapores oníricos que el Sol, dándome a pleno, me provocan.
Y lo veo. No es como Gokú (¿así se llamaba el “supersallalin” de Dragon Ball?). Su ropa no se parece en nada a la de los personajes creados por Akira Toriyama en la década de los 80. Él viste una especie de bata negra o haori con muchos botones dorados al frente y un corte totalmente japonés. Además trae una suerte de largo bastón muy adornado, con un círculo y una figura al centro del mismo, en la parte superior. Parece de madera. Muy vieja, por cierto.
Mientras, el Metrobús avanza hacía el sur. Deberíamos estar a la altura de la estación Manuel González.
Pero aquí, ahora, aborda una pareja también tomada de una historieta. Él está ataviado con una especie de armadura medieval. Con espada y todo. Aunque por el diseño del traje seguramente obedece a otra época diferente al medievo o quizá a otra dimensión... a ésta, seguro producto del inclemente Sol de mediodía y de domingo sobre mi cabeza sin pelo.
Su espada, aun cuando lo parece, imposible que sea real. Dado su tamaño, se requeriría un esfuerzo descomunal para manipularla como lo hace el terriblemente grácil joven que la porta. Como si la gravedad ejerciera una fuerza diferente sobre él. Ella, por su parte, viene de princesa y me recuerda a esa doncella en aprietos, secuestrada por un malvado dragón, que protagoniza el juego de video Mario Bros de la japonesa Nintendo.
Siguiente parada. El camión de mis sueños de éter se va llenando de más seres extrañamente vestidos: una chica con un blanco traje completo (de pies a cuello, pues), elástico y pegado al cuerpo. Con líneas negras que lo cruzan por el frente y la espalda. Cabellera azul, corta. También, algunas colegialas japonesas. Sí, de esas que visten como de marinerito. Y otras extravagantes efigies de personajes que se me antojan de historias muy viejas y muy escuchadas, pero al menos no por mí.
Entre el bullicio que va subiendo conforme se va llenando el camión articulado, cruzamos lo que debería ser Paseo de la Reforma. Y pienso que quizá sí, sí estoy soñando, porque hay la gente que pasea por Reforma en bicicleta como si la gasolina del mundo se hubiera terminado.
Y de pronto se sube. Y es exactamente la chica de mis sueños... uhmm, bueno, cierto es que sólo en un sueño podría haberla imaginado con alas.
En sus manos, algo así como un báculo. En su torso, varios ideogramas en alguna desconocida lengua oriental y con algún oculto mensaje que se me antoja escrito desde milenios atrás justo para mí y con ella como mensajero.
Es guapa. Muy guapa… sobre todo por la minúscula falda, las tremendas piernas que presume, y las coletas de pelo rojo que hacen juego con esa enorme sonrisa que me dirige… justo para después decirme algo en japonés. ¡A mí! Me asusta estar, en verdad, soñando. En todo caso, no me despierten ahora, por favor.
Y el Metrobús, que no detiene su marcha al sur, llega a la estación Poliforum. La verdad me cae cual balde de agua fría e incluso me hace sentir estúpido: son cosplayers —de las palabras en inglés costume y play o juego de disfraces— es decir, jóvenes que se visten como personajes de caricaturas y que asisten a ferias y exposiciones cómic, manga y animé, como la que se celebró el 3 de febrero en el WTC.




