Desde una cama de hospital, el presunto homicida con fines de antropofagia narra a la policía sus motivos del crimen
“No se vale lo que le hicieron a esta muchacha”, se lamenta José Luis Calva Zepeda al darse por enterado de la muerte de La Jarocha, mujer sólo identificada por su apodo y cuyo cadáver mutilado fue descubierto el 9 de abril en Tlatelolco.
El de La Jarocha es el tercer caso de homicidio con el que se vincula a este presunto antropófago, detenido el pasado 8 de octubre en la colonia Guerrero. “Si estuviera en mis manos ayudarlos, con todo gusto lo haría”, dice a los policías judiciales que recaban su primera declaración ministerial.
Es la medianoche del lunes en el hospital de urgencias Xoco, donde el hombre convalece del traumatismo craneoencefálico que le dejara su fallido intento de escape, que incluyó una caída libre desde un cuarto piso y la embestida de un taxi que, tras arrollarlo, se dio a la fuga.
Postrado, Calva niega cualquier relación con el homicidio de La Jarocha, a quien rechaza haber conocido. En el caso de Verónica Martínez Casarrubia, quien sería presuntamente la primera mujer que asesinó, en 2004, aunque admite haber sido su pareja sentimental, se deslinda de su deceso.
Sólo en una muerte acepta responsabilidad, aunque con atenuantes: en la de Alejandra Galeana, cuyo cuerpo se halló desmembrado en el clóset de su recámara, y narra su versión de los hechos.
Fue a mediados de este año cuando el dueño de un café internet, al que José Luis acudía para escribir, le presentó a una de sus empleadas, Alejandra, quien atendía una farmacia contigua al negocio de computación.
Desde el principio, reconoce José Luis, sintió cierta atracción por ella, así que se dedicó a cortejarla y, tras hacerla su pareja sentimental, comenzaron los conflictos, “entré en un estado depresivo por mi situación económica y por la forma en que Alejandra manejaba la relación”.
Fue el viernes 5 de octubre, temprano, que la joven madre acudió al departamento del supuesto escritor de terror, en la calle Mosqueta. Una discusión maduró con el día, motivada, dice Calva Zepeda, porque él ya no quería continuar la relación. “Se molestó y se alteró manoteando, motivo por el que la sujeté para controlarla, abrazándola por la espalda”.
El hombre de 40 años atribuye a su fuerza que Alejandra se “desvaneciera”. Según su versión, José Luis trató de localizar su pulso, pero pronto se percató de que ya no estaba viva. Recostó el cuerpo de Alejandra en la cama, y después comenzó a pensar la forma en que se desharía del cuerpo.
Comenzó por cortarla en partes, “para poderla sacar poco a poco”. Primero le cortó la pierna derecha, a la altura de la rodilla y después el brazo derecho a la altura del codo. Con torniquetes intentó impedir que el cuerpo se desangrara, pero desistió. Lo que ya había mutilado fue a dar al refrigerador, para evitar que emanara olores, y el resto del cuerpo fue a dar al clóset de la recámara. Luego se fue a dormir.
Fue al día siguiente, por la noche, que decidió cocer la carne para dársela a sus perros.
Cuando el agente del Ministerio Público presente en la habitación pregunta si ingirió carne retirada del cacáver, José Luis lo niega. Luego de que se le hace saber que no sólo fue encontrada carne cocida en su estufa, huesos roídos en una caja de cereal y trozos en refrigeración, sino también carne servida sobre un plato en la mesa, Calva alega no recordar lo que hizo, debido al grado de intoxicación con alcohol y cocaína consumidos a lo largo del día.
En entrevista, el fiscal de Homicidios de la Procuraduría General de Justicia del DF, Gustavo Salas Chávez, pone de relieve una minucia que resulta clave para desconfiar de la versión del asesino confeso: que no tiene perro alguno al cual pudiera haber arrojado la carne cocinada de su víctima, lo que refuerza la tesis de que, tras asesinarla, coció la carne para engullirla él mismo.
Queda también por definir cuál fue el destino de Juan Carlos Monroy Pérez, presunto cómplice de Calva Zepeda en el homicidio de su primera víctima, Verónica, cuyo cuerpo destazado fue arrojado a un basurero en Chimalhuacán.
De hecho, la policía sospecha que entre ambos sujetos medió una relación amorosa, por lo que se le busca “vivo o muerto”.
El fiscal destaca un último detalle de la plática con Calva, a manera de epílogo: cuando el detenido despertó de los anestésicos administrados, “en lo que mayor interés demostró fue en la opinión de los investigadores sobre los libros que había escrito” y que, estaba seguro, habían encontrado en su departamento de la colonia Guerrero.
Si estuviera en mis manos ayudarlos, con todo gusto lo haría”
José Luis Calva Zepeda
presunto homicida con fines de antropofagia, en conversación con agentes judiciales en el hospital xoco
En lo que mayor interés demostró fue en la opinión de los investigadores sobre sus libros”
Gustavo Salas
Fiscal de homicidios de la PGJDF





