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04-Noviembre-2007

La tamalera que fue leyenda de terror

Trinidad Ferreiro

Cuando la fantasía parece ir lejos, la realidad ofrece historias como la de El caníbal de la Guerrero o ésta, acontecida hace 36 años

En julio de 1971, una mujer asesinó a su marido, lo descuartizó, hirvió la cabeza en un bote para tamales y proporcionó a los capitalinos una leyenda de horror.

Trinidad Ramírez, la tamalera descuartizadora, guardó parte del cadáver de su esposo debajo de su cama para después arrojarlo, encostalado, en un lote baldío.

La mujer, de 45 años, confesó haber dado muerte a Pablo Ramírez Díaz, de 53 años, porque maltrataba a sus hijos.

La policía supuso que la mujer contó con la complicidad de su yerno, Mario Reséndiz Pacheco, y de su hijo, Pedro Martínez Ramírez, para cometer el asesinato.

El homicidio ocurrió en Pirineos número 15, colonia Portales, cuando los hijos de la mujer dormían en la misma habitación.

Los instrumentos utilizados para el homicidio fueron un bate, un lazo de ixtle, un hacha, una segueta y un cuchillo de carnicero.

Los restos de Pablo Día z, quien fuera peluquero del Departamento del Distrito Federal, fueron descubiertos a las 11:00 horas del 20 de julio, a un costado de la casa marcada con el número 508, de Sur 71, en la colonia Justo Sierra.

Seis horas después del hallazgo, el servicio secreto aclaró el caso y capturó a los tres presuntos responsables. María Trinidad afirma que ella sola hizo todo; sin embargo, la policía encontró pruebas en contra de los dos hombres.

Al ser interrogada por los detectives, María Trinidad confesó que asestó tres batazos en la cabeza a su esposo cuando éste dormía en una de las dos camas de su hogar. Pese a que la mujer negó haber estrangulado a su marido, la policía asegura que así lo hizo, porque el cuerpo tenía signos claros de asfixia.

La homicida dijo que, una vez que Díaz “estaba frío y ya no respiraba”, procedió a cortarle las piernas con un hacha. La misma con la que le cercenó la cabeza.

Los investigadores estaban seguros de que María Trinidad trataba de exculpar a su hijo y a su yerno. Los restos presentaban huellas de haber sido cortados con segueta.

El hijo de la inculpada había trabajado mucho tiempo en una carnicería y, al momento del crimen, trabajaba en una carpintería.

La misma noche del homicidio, Trinidad Ramírez pedió el hacha prestada a la dueña de la vecindad donde vivía: María Teresa Rueda.

La policía estableció la hipótesis de que, auxiliada por sus parientes, Trinidad cortó las piernas de su víctima y trató de meter el cuerpo en un costal. Al darse cuenta de que no cabía, le cercenó la cabeza.

Cuando metió los despojos en el saco, se percató de que, aún sin cabeza, no cabían.

Dejó el tronco y las extremidades dentro del costal, lo cosió con un lazo de ixtle y lo ocultó debajo de la cama. El lunes en la madrugada, arrojó el costal en un solar de la colonia Justo Sierra.

Mientras tanto, hirvió la cabeza, la metió en un bote de alcohol y la dejó en un rincón del cuarto que utilizaba como bodega. Para evitar que los niños pudieran encontrarla, aseguraron ese bote con otro encima.

María Trinidad Ramírez declaró que la noche del crimen Pablo Díaz golpeó brutalmente a dos de sus hijos porque brincaron en las camas y arrugaron la ropa que estaba acomodada en una silla, y los mandó a dormir sin cenar. Después se dirigió a ella con estas palabras: “Si no quieres que les pegue, vete con ellos”. Con esa frase él selló su destino.

Trinidad llevaba tres años viviendo con Pablo Díaz, quien la obligaba a vender tamales para vagabundear.

Trinidad ganaba 120 pesos diarios, pero Pablo se los quitaba y sólo le dejaba 15 para el sustento de los hijos. Además, estaba segura de que el hombre le era infiel.

La mujer declaró también que Pablo comentó en tres ocasiones que había sido detenido por tráfico de mariguana.

En los archivos policiacos se localizaron varios expedientes de Pablo Díaz: en 1937 se le detuvo como sospechoso de un delito no especificado; en 1938 fue detenido por lesiones y estupro, pero quedó libre. Ese mismo año intentó ingresar a la policía. En 1939 fue detenido por lesiones y estupro, nuevamente.

Durante dos semanas la prensa siguió la historia. Repasaron hachas, sierras, procesos de descuartizamiento, estado de las vértebras y los miembros aserrados, la tremebundez de hervir una cabeza, el detalle de guardar los restos debajo de la cama. Alimentos todos para la imaginación de los lectores de diarios.

El caso estaba cerrado, sin embargo, no había misterio que develar ni prófugo a quién perseguir. Desde que fue detenida, María Trinidad confesó su culpabilidad.

Un año después, el fiscal de la causa pidió una condena de entre 20 y 40 años, estimando que los actos de Trinidad se enmarcaban en los agravantes de alevosía y ensañamiento.

El defensor de oficio, Francisco Javier Ramos, pidió la absolución, considerando las reiteradas agresiones de Pablo Díaz y la intención de la acusada de defender a sus hijos, y considerar el estado de emoción violenta en que perpetró el crimen.

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