El Colectivo de Mujeres en el Arte reconoció a la autora que ha hablado por “los inconformes” en su obra
“Cuando Elena Poniatowska se entrega no mira riesgos, se echa el clavado”, comentó anoche la escritora Rosa Nissan.
Ante un público cálido que abarrotó la sala Manuel M. Ponce del Palacio de Bellas Artes, y que incluso formó largas filas afuera, las integrantes del colectivo Mujeres en el Arte reconocieron la trayectoria y la narrativa comprometida con la paz y la justicia de la autora de La Noche de Tlatelolco.
“Elena sabe ver con los ojos y con la piel; saborea a México y deja testimonio de lo que vio y olió”, agregó Nissan, quien fue su alumna en un taller literario que definió su vocación.
Vestida de morado, con zapatos negros y rostro tranquilo, la premio Rómulo Gallegos recibió los halagos y las reflexiones sobre su vida y su persona.
Rosa Beltrán, por su parte, pidió un Ariel y alfombra roja para “la autora más querida y más leída en el país”, aludiendo a la entrega de Premios a lo mejor del cine nacional, que también se realizó anoche en este recinto.
“Desde joven, Elena se vistió con una voz que no pierde la inocencia y que es políticamente incorrecta”, añadió Beltrán, quien destacó la pasión, la coherencia y la inocencia de la autora de la Piel del Cielo.
La directora de literatura de la UNAM dijo que Poniatowska seguía la estrategia del juego “un, dos, tres por mí y por todos mis amigos” al evocar cómo ha dado voz a los ferrocarrileros inconformes, a los estudiantes muertos, a las costureras y a las mujeres violadas y obligadas a parir.
“Pero no te olvides de ti, te mereces todo lo que necesitas”, le pidió Rosa Nissan a la mujer que “no se dejó tentar por el diablo, y que aguantó los temblores de todo tipo que han azotado al país”.
Sujeto de estudio de la academia, memoria viva de México y “motivo de preocupación de la derecha”, Poniatowska ha despertado vocaciones, conciencias, admiración y coraje para vivir con dignidad, coincidieron Nissan y Beltrán.
La periodista que ha logrado sacar los secretos de sus entrevistados con preguntas “aparentemente bobas”, escuchó complacida, sentada en la sala negra improvisada, la lectura de fragmentos de algunas de sus novelas que realizó la coreógrafa Pilar Medina. Y no paraba de observar acuciosamente el rostro de los espectadores que se desvivían en aplausos.
Casi al final de este homenaje se abrieron las puertas de la sala Manuel M. Ponce para dejar pasar al público que esperó paciente para escuchar a la que siguen considerando una escritora joven de espíritu, juguetona y amorosa.




