Aun cuando es la última morada de 111 personajes, entre los que destacan 43 escritores, la Rotonda de las Personas Ilustres muestra el paso del tiempo y el olvido en lápidas, columnas y sepulcros
“Sabed que entre mis labios de granito quedaron detenidas las palabras”, reza el epitafio de la escritora Rosario Castellanos (1925-1974); “Mis pobres manos, alas quebradas”, se lee sobre la tumba del compositor y cantante Agustín Lara (1900-1970), mientras que los restos de los pintores Diego Rivera (1886-1957) y David Alfaro Siqueiros (1896-1974) yacen bajo llamativas esculturas que recrean el estilo de sus obras.
La Rotonda de las Personas Ilustres, creada en 1872 por el presidente Sebastián Lerdo de Tejada como el “más alto panteón de la Patria”, ha tenido a lo largo de su historia una predilección especial por los artistas mexicanos, hecho que queda demostrado en que de las 111 tumbas que alberga a la fecha (105 hombres y seis mujeres), unas 43 son de creadores, en particular escritores.
Ubicada en la primera sección del Panteón Civil de Dolores, en el Bosque de Chapultepec, esta plaza circular que recibió a su primer “huésped” el 21 de marzo de 1876, el militar Pedro Letechipía, ha dejado de reconocer mayormente a los próceres de la República, como lo hizo con los 20 personajes que “entraron” durante el siglo XIX, para enaltecer la contribución artística, cultural y educativa de los nuevos “inquilinos”.
En este “sepulcro de honor”, que hasta el 4 de marzo de 2003 se llamaba Rotonda de los Hombres Ilustres, reposan los restos de escritores como Guillermo Prieto, Ignacio Ramírez El Nigromante, Francisco González Bocanegra, Ignacio Manuel Altamirano, Amado Nervo, Ramón López Velarde, Salvador Díaz Mirón, Manuel José Othón, Carlos Pellicer, Alfonso Reyes, Juan José Tablada, Luis G. Urbina, Mariano Azuela, Agustín Yáñez, Emma Godoy y Rosario Castellanos.
Menor presencia tienen los artistas plásticos, entre los que destacan Gerardo Murillo Dr. Atl, Rivera, Siqueiros, José Clemente Orozco y Juan O’Gorman; y los músicos, entre quienes se cuenta a Jaime Nunó, Juventino Rosas, Manuel M. Ponce, Julián Carrillo, Carlos Chávez y Silvestre Revueltas.
Sin embargo, el enaltecimiento de la memoria de estos artistas contrasta con el deterioro que presentan algunas lápidas, columnas y nichos: el nombre de Revueltas, por ejemplo, no se puede leer, porque las letras han perdido su relieve; el moho ha ennegrecido las tumbas de Chávez y O’Gorman, y el techo de cristales que cubre la lápida de Nervo está roto y sucio.
“Nosotros sólo barremos y regamos el lugar, pero no le damos mantenimiento a las tumbas”, explica Marcelino Reyes, uno de los jardineros del panteón. “No hay personal asignado especialmente a la rotonda, nosotros atendemos todo el camposanto, no sabemos de restauración”, añade.
Tampoco hay simetría ni criterios estéticos en la construcción de las tumbas. Unas son simples lápidas grises y otras fastuosos mausoleos o monumentos con columnas, nichos, bustos o máscaras mortuorias de diversos tamaños y estilos artísticos.
Da la impresión de hacinamiento, a pesar de que la Rotonda tiene capacidad para 145 personajes, es decir, aún quedan libres 34 espacios.
Un rasero para cada caso
Tras 137 años de ceremonias mortuorias, la mayoría realizadas en el siglo XX, pues en lo que va del XXI han sido declarados Personas Ilustres sólo siete mexicanos, la Rotonda no posee criterios claros para seleccionar a sus “huéspedes”, pues el Consejo Consultivo que aprueba las propuestas fija sus reglas en cada caso.
En el decreto publicado el pasado 4 de marzo de 2003 en el Diario Oficial de la Federación por el entonces presidente Vicente Fox se establecen las bases y los procedimientos que rigen actualmente, pero no se detallan la calidad de la obra, los años de trayectoria, la proyección internacional o los grados de innovación.
En el documento sólo se apunta que se concederá este honor a quienes “hubieren tenido en vida los merecimientos por sus acciones heroicas, sus virtudes cívicas, o políticas o sus aportaciones destacadas en los campos de las ciencias, de las artes o de la cultura”.
El Consejo Consultivo, presidido por el secretario de Gobernación, se crea para que el jefe del Ejecutivo Federal, quien tiene la última palabra, cuente con “los antecedentes, informes, opiniones especializadas y demás elementos de juicio, necesarios para emitir la declaratoria respectiva”.
El artículo quinto, de los 16 del decreto, especifica las atribuciones del Consejo, entre las que destacan “acordar la realización de los estudios para lograr la mayor solemnidad, distribución y acondicionamiento de la Rotonda; proponer el mejoramiento o reconstrucción de los monumentos sepulcrales existentes, u ordenar las investigaciones históricas necesarias para localizar los restos mortuorios de los personajes que se proyecte proponer”.
Se pide que el expediente que avale la propuesta, que puede ser hecha por cualquier ciudadano o institución, integre la biografía del candidato “con los datos más relevantes y la valoración y significación nacional de los merecimientos”, información que será analizado por el Consejo bajo las reglas que él determine.




