Cada niño tiene algún secreto, alguna característica que lo hace diferente. Pero es también en la infancia cuando la intolerancia puede ser más evidente
Cada niño tiene algún secreto, alguna característica que lo hace diferente. Pero es también en la infancia cuando la intolerancia puede ser más evidente.
En una propuesta que fluye entre la danza contemporánea y el teatro físico, la compañía Teatro al Vacío presenta la puesta en escena Mundos secretos, en La Gruta del Centro Cultural Helénico.
La creación escénica fue conjunta entre los miembros de la agrupación, quienes exploraron en sus recuerdos, en aquello que los hacía diferentes en su infancia respecto al resto de los menores con quienes convivían.
“Son situaciones cercanas a lo que le sucede a los niños cuando se encuentran con otros niños”, afirma Adrián Hernández, uno de los intérpretes.
La dirección es de Haydeé Boetto, quien explica que la intención fue producir un espectáculo universal que pueda llegar a niños desde la edad preescolar.
Los actores no tienen diálogos y sólo emplean algunas palabras para interactuar o para referirse a algunos objetos que usan en escena.
“El guión fue estructurado a partir de las situaciones que hablan sobre la diferencia, la diversidad y la aceptación del otro. Todos los personajes se sienten diferentes por alguna razón”, dice.
Virginia Smith, una de las actrices que participa en el montaje, cuenta que en el proceso creativo cada uno de los involucrados contó un secreto de su niñez y luego lo desarrollaron a partir de improvisaciones con las que se fue formando el espectáculo.
“No quisimos representar el estereotipo del niño, sino demostrar que también lo fuimos, qué nos pasó y cómo nos señalaban.”
Los actores se desenvuelven en un escenario prácticamente vacío, en blanco, y emplean sencillos elementos que provocan la imaginación de los espectadores.
Hernández intepreta a un pequeño berrinchudo que se siente seguro sólo al estar cerca de su objeto favorito: un banco; Smith es una niña egoísta y narcisista que juega con un globo, que difícilmente quiere compartir con los demás.
José Agüero es un chiquillo solitario, que hace de las tapas de refresco un juguete coleccionable y codiciado por los demás, mientras que Carolina Garibay es señalada por tener un enorme lunar en su mejilla derecha; los demás le gritan “mancha” y se alejan de ella.
Estos niños exploran sus diferencias a través del juego y así se acercan unos a otros, igual que los pequeños en la vida real.
La compañía dispuso un tapete a la orilla del escenario, para que los pequeños se sienten cerca y vivan de manera menos seria la experiencia del teatro. Sin embargo, no es una puesta en escena donde los espectadores interactúen con los actores directamente.
La obra tuvo una breve temporada en teatros de la ciudad de Córdoba, Argentina, y serán invitados a mediados de este año por la embajada de México en ese país, pero ahora a Buenos Aires.




