El artista Iker Vicente presenta sus Paraguatoscopios, aparatos rudimentarios para registrar el movimiento
Antes del desarrollo del cine, los hombres crearon una serie de aparatos con los que captaban imágenes en movimiento. Sotropos, transitoscopios o quinoras, entre otros “juguetes”, alimentaron esa ambición.
Esos mecanismo rústicos y su implicación en una época donde la tecnología está al acecho, inspiraron al artista contemporáneo Iker Vicente (Ciudad de México, 1975) para crear Azotea, un proyecto que se exhibe durante septiembre y octubre en El Clauselito, espacio del Museo de la Ciudad de México dedicado al dibujo y sus variantes.
Apoyándose en el fenómeno visual conocido como persistencia retiniana, que demuestra que una imagen permanece en la retina una décima de segundo antes de desaparecer, lo que permite que observemos el entorno como una secuencia de imágenes, Iker creó tres sencillos mecanismos que bautizó como Paraguatoscopios, que el espectador debe manipular para lograr un efecto visual.
Fabricado con un paraguas convencional, el artista anima dibujos simples y figuras tridimensionales que se observan a través de ranuras en la copa del Paraguascopio, luego de que el espectador hace girar el aparato.
La intención, explica el artista, es “seguir explorando otras posibilidades en contraste con el contexto contemporáneo de la alta tecnología. Me gusta buscarle las partes expresivas a viejos recursos, un poco cuestionando la linealidad del progresos y estos aparatos que de alguna forma se quedaron en el camino y ya no sirven para nada, pero que cumplieron su función de antecedentes y que para mí siguen teniendo posibilidades expresivas”.
Iker Vicente trabaja con dibujos simples, personajes tomados de la vida cotidiana, de alguna forma ridículos y con una carga de humor, que con el efecto móvil realizan secuencias de movimientos como caminar, brincar o andar en bicicleta.
“Es como darle importancia a esos actos cotidianos y mínimos que son interesantes de ver, un poco como lo que pasaba en las primeras películas en que se filmaba a los obreros saliendo de la fábrica o el tren que avanza: es registrar un pequeño suceso que es digno de verse”.
A estas secuencias se suman también sencillos objetos tridimensionales en movimiento, como pelotas de espuma, corchos y alambres, que evocan juguetes simples para niños y hacen referencia a las piezas del estadunidense Alexander Calder (1898-1976), cuyos juguetes móviles han hecho eco en la obra de Iker.
“Aunque haya gran tegnología con espacios virtuales y velocidades absolutas, nuestro espacio vivencial sigue siendo igual, seguimos caminando, tocando materiales, cosas muy sensibles y matéricas. Yo trabajo a partir de una tradición de la escultura, de los materiales y el dibujo, son herramientas que me sirven a mí, es como revisar los primeros capítulos del libro y ver qué hay”, indica.
Al mismo tiempo, al artista le interesa que el espectador participe, de ahí la necesidad de aplicar fuerza para girar los paraguas y de que sea el mismo público quien deba acercarse y tomarlos, “verlos desde distintos puntos de vista y generar relaciones espaciales con las personas, ver el efecto de animación que vemos todos los días en la televisión, en la computadora, verlo de una manera sumamente rústica en un material simple”.




