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29-Junio-2008

Gráfica de los 60

Virginia Bautista

Pedro Friedeberg (1937) se integra en 1961 al grupo Los Hartos, liderado por Mathias Goeritz. En 1962 realiza uno de sus primeros Muebles Fantásticos: La Silla Mano, obra que permite sentarse en su palma y cuyos dedos funcionan como respaldo. Su arte repudia la ausencia de ornamento y fantasía, por lo que su pintura, escultura y estampa están llenas de simbolismos.

Dibujante grabador, escultor e ilustrador, de formación esencialmente autodidacta, José Luis Cuevas es la figura más extrovertida de la Generación de la Ruptura. Hacia la década de los 60 se revela como uno de los más prestigiosos litógrafos contemporáneos, gracias a las series hechas en Estados Unidos Recollections of Childhood (1962) y Cuevas Charenton(1964), en Los Ángeles; Crime by Cuevas en Nueva York (1968) y Homage to Quevedo (1969) en San Francisco.

Adolfo Mexiac es a sus 80 años un artista emblemático en cuanto de luchas sociales en México se trata. Fue miembro del Taller de Gráfica Popular, y algunas de sus obras fueron utilizadas por los luchadores sociales de los 50 y resignificadas por el Movimiento Estudiantil del 68, del cual estuvo cerca; además, ilustró diversos libros, revistas y periódicos, principalmente para el Instituto Nacional Indigenista, en donde trabajó a lado de Rosario Castellanos.

Eduardo del Río, Rius (1934) es uno de los caricaturistas que más han contribuido a la formación de la conciencia social y política de los mexicanos. Su trabajo en revistas y periódicos ha sido preciso, didáctico e imaginativo. En 1968, sus caricaturas sobre la represión estudiantil fueron frontales. El resultado: el 29 de enero de 1969 fue secuestrado y conducido con los ojos vendados al Nevado de Toluca. Sus historietas Los supermachos, primero, y Los agachados, después, son piedra angular de este género en México.

José Agustín (1944) ha incursionado en varios géneros literarios como narrador, guionista de cine, periodista, y dramaturgo. Es considerado un representante de la llamada literatura de la onda que se puso de moda en la década de los 60. En 1968, ya había publicado tres novelas, era un escritor reconocido que combinaba la literatura con la publicidad y con su participación activa en pro del Movimiento Estudiantil, al que dedica su novela Armablanca.

La contemporaneidad y la diversidad de estilos caracterizó a la gráfica mexicana de los años 60, ya que para construir sus imágenes retoma la tradición del Taller de Gráfica Popular y de la caricatura política y la enriquece con elementos del arte abstracto y del arte pop, señala Álvaro Vázquez Mantecón.

El maestro en Historia asegura que, aunque el uso combativo de la gráfica en el país se remonta a los años 30, o antes, la sexta década de la centuria pasada logró “una mayor amplitud del espectro de la protesta, pues se recuperaron viejos elementos de lucha, pero se codificaron de una nueva manera”.

“En los 60 despunta una generación más abierta al mundo, a lo que está pasando, y, por consecuencia, mejor informada. Se va gestando un nuevo discurso visual que detona y se consolida en 1968, tanto por el movimiento estudiantil como por las Olimpiadas, que exigieron todo un derroche de diseño”, añade.

El curador afirma que la gráfica se convirtió “en el instrumento ideal para la difusión de ideas políticas, porque permitió la multirreproducción de una obra original, que pudo llegar a más manos y ojos”.

Así, a través de brigadas de producción que se formaban ex profeso para elaborar propaganda, las calles se llenaron de mantas, pancartas, carteles, pegas, volantes y hasta grabados, con símbolos de denuncia como la bayoneta, el gorila, la paloma ensangrentada, el candado en la boca y muchas otras.

“Las imágenes se inspiraron en esos trazos duros del grabado en linóleo; y fueron complementadas con adaptaciones del pop, como el grano reventado simulando las creaciones de Roy Lichtenstein o el alto contraste y las siluetas bien definidas de Andy Warhol”, apunta.

El experto en iconografía cultural destaca la socialización entre los artistas plásticos que motivó la participación de la Academia de San Carlos y La Esmeralda, que se convirtieron en verdaderos centros de producción visual.

“A finales de los 60 se generó una nueva noción del arte y de su función. Se encuentran medios de comunicación variados: los camiones por ejemplo, que se transforman en murales ambulantes que llevan mensajes por toda la ciudad”.

A pesar de lo anterior, el también curador considera que el impacto social de la propuesta gráfica y los mensajes políticos fue “minoritario” en su momento, si se compara con la posibilidad que tenía el Estado de dominar los medios masivos. “La gráfica trató de romper con un flujo minoritario el cerco informativo del Estado, presentar otro punto de vista, una contra información. Pero no olvidemos que el gobierno poseía el control del cine, la television y de la prensa.”

Olimpiadas de 1968

>El hecho de que México haya sido sede en 1968 de los Juegos Olímpicos motivó la mayor y más efectiva campaña gráfica que se haya hecho en el país.

Este proyecto integral de diseño agrupó a un brillante equipo de profesionales mexicanos y extranjeros, encabezado por el arquitecto mexicano Pedro Ramírez Vázquez, el diseñador estadunidense Lance Wyman y el británico Peter Murdoch, que asumió el reto de darle identidad a las primeras Olimpiadas que se realizaban en
Latinoamérica.

A partir del lenguaje gráfico, se buscaba el posicionamiento de México como un país moderno, próspero y con una amplia oferta patrimonial, cultural y deportiva. El reto principal era elaborar un sistema capaz de ser aplicado en una de las ciudades más grandes del mundo e informar a personas de diversas lenguas.

Los diseños reflejaban aspectos de la cultura mexicana como resultado de un estudio exhaustivo de antiguos utensilios aztecas y de elementos del arte popular mexicano, principalmente huichol. Wyman estableció el uso de líneas múltiples en repetición, formando patrones y el empleo dinámico de colores brillantes.

Esta campaña transcurrió a la par de los dramáticos acontecimientos sociales en México, cuyos actores no tardaron en intervenir los cinco aros olímpicos y otros elementos para generar un discurso en contra el gobierno, comenta Álvaro Vázquez Mantecón.

Artistas importantes en los 60

Pedro Friedeberg (1937) se integra en 1961 al grupo Los Hartos, liderado por Mathias Goeritz. En 1962 realiza uno de sus primeros Muebles Fantásticos: La Silla Mano, obra que permite sentarse en su palma y cuyos dedos funcionan como respaldo. Su arte repudia la ausencia de ornamento y fantasía, por lo que su pintura, escultura y estampa están llenas de simbolismos.

Dibujante grabador, escultor e ilustrador, de formación esencialmente autodidacta,
José Luis Cuevas es la figura más extrovertida de la Generación de la Ruptura. Hacia la década de los 60 se revela como uno de los más prestigiosos litógrafos contemporáneos, gracias a las series hechas en Estados Unidos Recollections of Childhood (1962) y Cuevas Charenton(1964), en Los Ángeles; Crime by Cuevas en Nueva York (1968) y Homage to Quevedo (1969) en San Francisco.

Adolfo Mexiac es a sus 80 años un artista emblemático en cuanto de luchas sociales en México se trata. Fue miembro del Taller de Gráfica Popular, y algunas de sus obras fueron utilizadas por los luchadores sociales de los 50 y resignificadas por el Movimiento Estudiantil del 68, del cual estuvo cerca; además, ilustró diversos libros, revistas y periódicos, principalmente para el Instituto Nacional Indigenista, en donde trabajó a lado de Rosario Castellanos.

Eduardo del Río, Rius (1934) es uno de los caricaturistas que más han contribuido a la formación de la conciencia social y política de los mexicanos. Su trabajo en revistas y periódicos ha sido preciso, didáctico e imaginativo. En 1968, sus caricaturas sobre la represión estudiantil fueron frontales. El resultado: el 29 de enero de 1969 fue secuestrado y conducido con los ojos vendados al Nevado de Toluca. Sus historietas Los supermachos, primero, y Los agachados, después, son piedra angular de este género en México.

José Agustín (1944) ha incursionado en varios géneros literarios como narrador, guionista de cine, periodista, y dramaturgo. Es considerado un representante de la llamada literatura de la onda que se puso de moda en la década de los 60. En 1968, ya había publicado tres novelas, era un escritor reconocido que combinaba la literatura con la publicidad y con su participación activa en pro del Movimiento Estudiantil, al que dedica su novela Armablanca.

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