El 16 de octubre de 1909 los presidentes de México, Porfirio Díaz, y de Estados Unidos, William Howard Taft, realizaron el primer encuentro entre mandatarios de ambos países
Tal parece que esa mañana hacía mucho calor. El cuerpo voluminoso del presidente de Estados Unidos, William Howard Taft, luce abotagado en las fotografías que los numerosos reporteros gráficos nacionales y extranjeros le tomaron ese 16 de octubre de 1909 en las escalinatas de la Aduana de Ciudad Juárez. Viste una elegante levita.
El pelo se le pega al cráneo con mala leche, desaliñado. Con todo, guarda entre los pliegues de la papada y los bigotes de largas puntas una dibujada sonrisa. Las manos caen a los lados con la proporción —desproporcionada— del obeso.
A su izquierda se encuentra su homólogo y anfitrión, el general Porfirio Díaz. Veamos de cerca a don Porfirio. Nada. Por más que le busco, sigo viendo el mismo dictador impertérrito. El foco de la imagen es el guante blanco que cubre la mano derecha de Díaz y que contrasta con el tono oscuro de sus vestimentas. El rostro, como el del busto que adorna la sala donde recibió a Taft en el interior de la Aduana: frío. Los largos y abundantes bigotes cubren prácticamente toda la boca, de modo que no podemos ver si frunce los labios o esconde una sonrisa o quizá una imprecación. Mil medallas cubren su pecho que luce fornido, resguardado por un uniforme de gala impecable. Y Díaz, como en los libros de historia: ni se despeina.
Poco se sabe de la famosa entrevista Díaz-Taft, menos se ha escrito al respecto. No sabemos, por ejemplo, los “verdaderos” motivos del Presidente estadunidense para provocar el encuentro con el mexicano.
La fotografía referida parece no aportar mayor luz al asunto más que confirmarnos que ambos personajes, efectivamente, estuvieron juntos una mañana de otoño hace 100 años. O, qué tal que... ¿y si la enigmática sonrisa de Mr. William, contrastante con el adusto rostro de don Porfirio, sugiere satisfacción por haber logrado su misterioso objetivo?
Aunque también puede ser, ¿por qué no?, que lo satisfecho le venga de haberse embutido un par de lonches de cola de pavo, o unos huevos con machaca o unas empanadas de Santa Rita, para terminar con algún delicioso dulce de nuez.
Porque no sólo la sonrisa contrasta entre ambos gobernantes: es evidente que el mexicano transpira disciplina, orden en sus rutinas, cuidado en su alimentación diaria, ejercicio constante; no pierde un segundo su porte de mandón, la seriedad del que se sabe todopoderoso. Mientras que el estadunidense manifiesta costumbres laxas, menos rigor en sus hábitos, sin perder de vista cierto brillo de soberbia en los ojos y en las cejas ligeramente levantadas.
La historia de esta imagen comienza más atrás, cuando Taft propone conocer a Díaz, aprovechando que estará de gira por el sur de su país. Por un par de meses, los comisionados diplomáticos mantuvieron un ligero estira y afloja en las cuestiones del protocolo hasta que, finalmente, se acordó que no se trataba de una visita de Estado, que no habría una agenda definida y que tan sólo sería un encuentro informal. Sin embargo, el asunto tenía trasfondo, pues estaban pendientes, entre otros, dos delicados temas: la disputa por los terrenos de El Chamizal que permanecía en statu quo mientras la Comisión internacional no diera a conocer su fallo, y la posición del gobierno mexicano ante el conflicto Estados Unidos-Nicaragua, en el cual Díaz —para disgusto de los gringos— había apoyado al país centroamericano.
Tal parece que no se tocaron tales temas en tanto que, después de la visita, estos asuntos siguieron en los mismos términos.
Todavía hay mucho por investigar pero, como creo verlo en esta foto, el momento retrataba dos posiciones históricas distintas de dos naciones que circulaban por caminos diferentes.
No por nada, Taft le comentó a Díaz, después de su recepción en la Aduana: “Yo le recibí a usted como a un verdadero republicano y usted me recibe como a un emperador”. Mientras que Díaz fue el primer mandatario en pisar tierras de Estados Unidos, Taft fue el primer Presidente estadunidense en venir a nuestro país, bueno, a Ciudad Juárez.
Hace un siglo
Entre 1900 y 1909, Ciudad Juárez registró una tasa de crecimiento demográfico de 1.3% anual: en 1911 se contaban 11 mil 781 habitantes.
El Paso, Texas, ciudad-espejo de Juárez, contó en esos años 39 mil 279 personas.
48 horas le tomó al tren presidencial hacer el recorrido entre la Ciudad de México y la de Chihuahua: salió a las 6:35 del día 11 y paró en la estación norteña a las 5 de la tarde del 13 de octubre.
El tren presidencial contaba con cuatro carros pullman, uno de ellos dividido en “departamentos”; uno para el dictador, otro para su señora decorado al más puro estilo Luis XVI, con madera de “ojo de pájaro” incrustada de otras maderas preciosas.
Porfirio Díaz colocó la primera piedra del monumento a Benito Juárez en Ciudad Juárez el 15 de octubre de 1911. Tan sólo 207 días después, Francisco I. Madero daría un discurso en ese lugar por la toma de la ciudad y el triunfo revolucionario, que precipitaron la renuncia de Díaz.
1889: se inaugura la Aduana Fronteriza de Ciudad Juárez.
1990: se inaugura el Museo Histórico ubicado en la ex Aduana.
Dos mil piezas integraban el servicio de mesa que se usó en la cena en honor a Mr. Taft, herencia de la época de Maximiliano.




