La ciudad de Manchester extrañará a uno de sus mejores clientes
MANCHESTER.- Además de los aficionados al Manchester City la gente de esa ciudad lamentará la salida de Sven Göran Eriksson, uno de sus mejores clientes.
Eriksson saldó su cuenta en el Radisson Edwardian, el hotel de cinco estrellas que fue su hogar durante nueve meses y comió su último plato de arroz a la parmesana enSan Carlo, su restaurante favorito, detalla el diaro inglés Manchester Evening News.
Los hoteles y restaurantes de todo Manchester admitieron que están “muy tristes de verlo partir” y nadie más que en el Radisson, donde ocupó una habitación de lujo con un costo de mil 500 libras (30 mil 200 pesos) por noche, desde septiembre.
Se cree que el sueco negoció un descuento. Pero aunque se redujera a mil 250 libras por noche, su cuenta llegaba a más de 300 mil libras (más de seis millones de pesos), además de la lavandería, unas cenas de 40 libras en el Opus One, el restaurante del hotel. Las facilidades se le recompensaron al nuevo director técnico de la selección nacional con un masaje de 60 libras por hora, informó el periódico británico.
Con ese pagó al entrenador podía haber comprado un departamento en el centro de la ciudad o una serie de cuatro casas en Beswick, Inglaterra.
Un clinte del lugar donde se alojó el sucesor de Hugo Sánchez dijo: “Era un gran huésped. Se llevaba muy bien con los trabajadores y con los que se hospedaban aquí. Lo vamos a extrañar.”
En las cenas, su comida favorita, Sven era reconocido en los establecimientos de comida, y el personal le decía que había perdido un “valioso” y “popular” cliente.
Giorgio Balduini, director del restaurante San Carlo, en la calle King Wets, sirvió infinidad de veces (incluyendo su cumpleaños número 60) los platos favoritos del sueco, ternera al limón y arroz a la parmesana; sentado en su mesa favorita: la número tres.
“Siempre pagó la cuenta de sus invitados, era un hombre muy generoso”, dijo Giorgio, aficionado al Manchester City.
Eriksson comió una ocasión en el bar español El Rincón una vez cada quince días con sus vecinos de cuarto.
El dueño de la cantina, Rafael Cabrera, dijo: “fue muy bueno con mis trabajadores y daba muy buenas propinas”.
En una visita a un restaurante japonés de moda Teppanyaqui Sapporo, en una calle de Liverpool, dejó una propina de 100 libras para el personal, después de cenar con tres amigos.
Y en The Lowry, en Salford, (donde permaneció durante los dos primeros meses de su contrato) comió un pastel de queso de cabra en el suelo con su vecino de mesa, después de que cayera a sus pies.




