Raúl Macías, murió ayer a los 74 años víctima del cáncer que padecía desde hacía ocho años. Familiares y amigos asistieron a darle la despedida y hoy estarán con él en una misa que se celebrará en la Basílica de Guadalupe. Su leyenda arriba del cuadrilátero se cuenta como la más aplaudida por el pueblo de México
Aquella frase retumba en la memoria medio siglo después: “Todo se lo debo a mi mánager y a la Virgencita de Guadalupe”. La decía el Ratón Macías, aquel que no se rajaba arriba del ring, mientras miles de abuelitas prendían veladoras en su nombre y escuchaban sus peleas en los viejos radios de bulbos.
Aquél que encendió a todo el pueblo mexicano, que lo puso de cabeza en los años 50, que sólo sufrió dos derrotas con los guantes puestos y que llenó la Plaza México ante un rival norteamericano llamado Nate Brooks.
Ayer perdió el último round en un cuadrilátero extraño, rodeado de hombres con batas blancas y ante un enemigo llamado cáncer. Dicen que fue un paro respiratorio, que el Ratoncito dejó de existir a las 20:02 horas, aunque el mal lo acompañó en sus últimos ocho años de vida. Le fue minando columna, cadera, costillas y tórax.
Tenía 74 años de edad y ayer cumplía 52 de estar casado con su amada Yolanda Calderón. Ya no hubo tiempo para el festejo. Sólo un adiós eterno y la promesa de encontrarse más allá de esta vida.
Raúl Macías ya no escucha aquellas oraciones, ya no oye timbrar la última campanada para salir al asalto final en los cuadriláteros de los años 50. Tiempos en que la radio transmitía los combates del ídolo del barrio bravo de Tepito.
Bueno para el danzón, mejor con los puños. Caminante de Peralvillo hasta La Villa, como una manda cada vez que salía bien librado de sus combates. Era momento de ir a pie hasta la casa de la patrona.
Dicen los viejos que se trató de uno de los últimos verdaderos ídolos del boxeo, campeón gallo de la Asociación Nacional de Boxeo.
Amigo de artistas, presidentes y empresarios, el Ratón supo meterse al séptimo arte y llegó a subirse al ring con personajes como Javier Solís. Comentaba una tarde de sobremesa que “un día me subí a boxear con Javier, quien era bueno para la pelea. Más alto que yo, pero más lento, trató de tumbarme. Entonces comencé a castigarlo con golpes a la zona blanda, me le acerqué al oído y le susurré ‘cántame Llorarás’. No le quedó otra más que complacerme.”
Bailador de zapatos de charol en blanco y negro, de los que se metían al Salón Los Ángeles. Bigotito arreglado, vaselina en el cabello y pantalones de pachuco. ¿Cuál era la pasión por la que todo México se rindió a sus pies? ¿Por qué acompañarlo a pie hasta la Basílica de Guadalupe?
Sólo dos ocasiones la Virgen no escuchó sus plegarias. Aquella noche en Los Ángeles, cuando el ídolo mexicano perdió por decisión ante el francés Alphonse Halimi. Aquella noche del 6 de noviembre de 1957 muchas madrecitas lloraron en los barrios de la capital mexicana.
“No pues ni modo, uno no es invencible y perdí por decisión. Fue la noche triste de México”, comentaría un Raúl Macías ya retirado, en la última entrevista que diera a Excélsior, hace apenas un año.
El otro descalabro sucedió también en Los Ángeles, fue ante Billy Peacook y aquella ocasión el Ratoncito perdió por nocaut. También, aquella vez el silencio rodeó el país.
Ídolo más allá de los Púas, Alacranes, Pipinos, Mantequillas y Chávez que quizá hicieron más arriba del ring, pero no tuvieron el carisma del que llegara a codearse con María Félix y Agustín Lara.
Raúl Macías tuvo una destacada carrera amateur que culminó con su participación en los Juegos Olímpicos de Helsinki 1952. Inició su carrera profesional el 1 de enero de 1953 con un nocaut efectivo ante Guillermo Sánchez, en Culiacán, Sinaloa, para una ascendente trayectoria que lo catapultó a la idolatría de la gente.
Macías ganó su primer título continental gallo de la NBA (National Boxing Association), en el Cow Palace de San Francisco, California, por nocaut en once episodios ante el tailandés Chamroen Songkitrat.
Dicen que su mamá sufría cada vez que el Ratón subía al ring y por eso Raúl decidió colgar los guantes ante Arturo Chocolate Zambrano en octubre de 1962 en Guadalajara, a la edad de 28 años.
Hoy volverá a la Basílica de Guadalupe, para agradecerle por última ocasión todo lo que le debía a la Virgencita. Un viaje sin retorno.
El dato
Figuras lo despiden
Rafael Herrera, ex campeón mundial gallo en los 70 y presidente de la Comisión de Box del Distrito Federal, fue uno de los primeros en llegar a la funeraria donde fueron velados los restos de Raúl Ratón Macías.
No le tomó mucho tiempo responder por qué el Ratón marcó la historia del pugilismo nacional, al grado de ser considerado todavía el primer y único gran ídolo del deporte nacional.
“Todos los que quisimos ser boxeadores algún día, simplemente queríamos ser como él”.
A las 20:02 horas el ex campeón mundial gallo en los cincuentas falleció como consecuencia de un cáncer de próstata que a la postre complicó con las sesiones de quimioterapia el funcionamientos de su aparato digestivo y respiratorio.
Mauricio Sulaimán, vicepresidente ejecutivo del Consejo Mundial de Boxeo (CMB), llegó junto a la carroza que trasladó el cuerpo de Macías del hospital 20 de noviembre a la funeraria en la colonia Roma.
El domingo pasado, fue la última ocasión que tanto él como su padre, José Sulaimán, presidente del CMB, platicaron con el ídolo que un día decidió retirarse a los 22 años del boxeo por una promesa que hizo a su madre, con toda la fama que muchos no alcanzan a construir ni en cien años.
“Mi papá (José Sulaimán) platicó con él el domingo y le dijo que ya quería estar en casa. Comer frijolitos y disfrutar de su familia”, recordó Mauricio.
— Por Ricardo Thomas
Estrella de TV
Raúl Ratón Macías no sólo lució dentro del cuadrilátero, también participó como actor en el cine y en la televisión. A lo largo de su vida, fue parte de seis películas y apareció en cuatro episodios en diferentes series de la pantalla chica.
Compartió créditos con figuras como Anabelle Gutiérrez, Mario Moreno Cantinflas, Elsa Aguirre, Sergio Ramos El Comanche y Manuel Flaco Ibáñez.
En la mayoría de las ocasiones, se interpretó a sí mismo.





