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¿Qué hacer con nuestros prejuicios?

Benito Nacif
24-Dic-2007



Uno de los rasgos característicos de la moderna cultura individualista es el prejuicio en contra de los prejuicios. Difícilmente alguien admitiría en público la posesión de uno de ellos. Tal persona sería visto como un fanático, alguien incapaz de examinar críticamente sus opiniones, intolerante con los demás, obsequioso hacia sus superiores o convencido de su propia rectitud. Aspiramos a un mundo sin prejuicios ni discriminación, formado exclusivamente por seres libre pensantes.

El racismo es el arquetipo cultural del prejuicio. Las actitudes en contra de ciertos grupos étnicos motivaron o al menos hicieron posible las peores masacres del siglo XX. En la medida que este ha sido el caso, la historia confirma que los prejuicios son una condición necesaria para el genocidio. Eliminarlos sería, por lo tanto, una especie de vacuna en contra de uno de los peores males de la humanidad: el odio étnico.

Sin embargo, lo que no es posible, tampoco puede ser deseable. ¿Qué tanto resiste la prueba de la razón el prejuicio en contra de los prejuicios? Esta es la pregunta que se plantea Theodore Dalrymple, en Elogio al prejuicio: sobre la necesidad de las ideas preconcebidas (In Praise of Prejudice: the Necessity of Preconceived Ideas), un ensayo conciso, provocador y bien escrito.

Dalrymple, basado en su experiencia como médico siquiatra, analiza primero el caso de la familia. Una crítica pertinaz ha asediado los prejuicios que sostienen a esta institución social. Por más de un siglo, la infelicidad de la vida familiar ha sido quizás el tema más dominante de la literatura occidental. Los horrores de un matrimonio infeliz y la crueldad del prejuicio en contra de los hijos ilegítimos son hoy en día hechos universalmente reconocidos.

Sin embargo, el cambio cultural y jurídico que ha relajado el vínculo del matrimonio ha tenido también sus consecuencias indeseables. “El hecho de que todas las miserias tengan causas específicas, advierte Dalrymple, no quiere decir que podemos abolir la miseria como tal, sin introducir nuevos males que sustituyan a los viejos”.

Cuando George Bernard Shaw caracterizó al matrimonio como una forma de prostitución, lo hizo promoviendo el fin de los vínculos permanentes entre un hombre y una mujer, incluso como un ideal. Pero, la bastardización no ha resultado liberadora para las mujeres, especialmente entre la población de menor ingreso y educación. Dalrymple narra su experiencia clínica con madres adolescentes en Inglaterra, para probar su punto. ¿Acaso no habría sido mejor, desde una temprana edad, inculcar los prejuicios “correctos” acerca de la maternidad? Para el momento en que ellas mismas son capaces de sacar las conclusiones pertinentes (hay evidencia de que esto eventualmente ocurre con la madurez) es ya demasiado tarde.

Dalrymple encuentra las bases intelectuales del prejuicio en contra de los prejuicios en el pensamiento social de John Stuart Mill, la figura más importante del liberalismo decimonónico. Mill era un defensor de la soberanía absoluta del individuo y veía en la “tiranía de las opiniones aceptadas” la principal amenaza a la libertad y el progreso. Para él, el rechazo a las costumbres y las tradiciones era un valor en sí mismo. Promovía el desarrollo de las personas y mostraba a la sociedad formas diferentes de hacer las cosas.

Dalrymple encuentra el individualismo de Mill radical y poco convincente. Subestima el papel de la razón en nuestras decisiones cotidianas. Al descartar la autoridad y las tradiciones, termina rechazando las bases necesarias para la acumulación del conocimiento. Cada persona y generación tendrían que empezar de cero. Asimismo, el culto a la originalidad, implícito en esta fantasía individualista, peca de optimismo ingenuo acerca de las motivaciones y las consecuencias de los “experimentos”.

Para Dalrymple, rechazo al prejuicio no puede ser un bien en sí mismo. Ciertamente, las ideas preconcebidas pueden ser peligrosas. Sobran ejemplos que muestran cómo conducen a manifestaciones de fanatismo y crueldad. Pero también son necesarias. Las virtudes sociales se aprenden primero mediante prejuicios, luego vienen la reflexión y el pensamiento metafísico.

La reforma de las costumbres y el abandono de las creencias del pasado se pueden justificar en casos específicos. Pero un prejuicio siempre será reemplazado por otro y el cambio no necesariamente dejará las cosas mejor de lo que estaban. Asimismo, el deseo de originalidad puede responder más a una egolatría malévola que al interés sincero en el bien y la verdad.

En suma, el prejuicio en contra de los prejuicios debe ser descartado. Necesitamos, tanto la confianza para pensar lógicamente acerca de las creencias heredadas, como la humildad para reconocer que el mundo no empezó ni terminará con nosotros. Los prejuicios, concluye Dalrymple, son como las amistades: se necesita criterio para saber cuándo mantenerlas y cuándo alejarnos de ellas.

benitonacif@gmail.com

Benito Nacif

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