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Nosotros los de los viernes... no somos los mismos
María Luisa Mendoza
26-Dic-2009
Luisa María Leal, vestida por los últimos dioses de la tierra, guapa como hija de un sheik, tan rojo de elegante, bronca yegua...
Catorce años a la mesa de Enrique Mendoza. Desayunos de los viernes. El grupo compacto de hombres buenos y algunitas mujeres. Grandes debates, discusiones arrebatadas, pizcas de enamoramientos y la muerte del rubor helado apersonándose entre nosotros para dividirnos. Primero las damas: Luisa María Leal, vestida por los últimos dioses de la tierra, guapa como hija de un sheik, tan rojo de elegante, bronca yegua de sangre árabe dispuesta a vivir los siete siglos españoles, tan guapa y de ojos enormes, caudal de risa, apetitos, atrevimientos. Abogada, la gran tentación de todos los jefazos, madre amantísima, buena en leyes y en comidas en su casa, enamorada, claro, de quien no debía. Y cuando se rompió su taza prometida, lloraba como un toro en el ruedo…yo la oí. Como oí su inteligencia hasta que Mendoza Morales puso en su cubierto del lugar, siempre ocupado por su persona como un kalifa, la rosa para una campeona de Cides. Tuvo un hijo idolatrado y varios canallas ciegos a su deslumbrar. Olía a albahaca y toronjil. A mar. Amor, el amor por todos nosotros perseguido.
Y los dos colosos… el uno de feria y muchos cohetes como para pensar estábamos en la guerra prometida. Vozarrón, furia de Zeus, enojo fingido. Ricardo Garibay, la pasión, el terremoto, la catástrofe, era al final y al principio una pura ternura. Pobrecito… sí sabía pedir perdón, suave, de terciopelo. Tuvo un perro enormísimo, de esos que le llevan a uno el cogñac cuando se está muriendo en Los Alpes. Ese animalón, que era su hijo de una parranda epopéyica, ha de haber resucitado para llenarle la boca con rico ámbar francés. Mi terrible, ofensivo muchachito. Pura ternura en bruto, dura como el acero, pero él allí estaba, protector, empeñado en ser el formidable, membrudo escritor, el mejor escritor de su generación, el del furor literario enardecido. A Garibay poco y bueno, literato, nobilísimo hidalguense, güero de rancho. ¡Hola, niño!
Y Gastón García Cantú, que vino de Puebla a enseñarnos lo que es un provinciano de a de veras, un hacedor de leyes, historiador, un Luis María Mora con el aliento de Benito Juárez. Nosotros, los vierneros, lo vimos puesto de pie por primera vez, subrayante, decirnos su último pensamiento libertario, sus presentimientos del fin del país republicano construido por sus antepasados. Ya se iba a morir y le pesaban las aguas calmas, el México bronco. Liberal de buena cepa, de herencia, nos exigió la defensa de la patria. Escribió desgarrado por la Nación y el agujero negro de su preciosa vida.
Lo íbamos a enterrar o a esparcir su polvo de oro en el escenario de las grandes batallas poblanas honra de México y ejemplo que no se nos olvide. No se hizo, el patriota dejó de estar y nosotros ni adiós le dijimos. Lo evocamos el viernes pasado; el próximo a propósito, ya será 2010. ¡Así es, muchachos!
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